Paisaje después de la burbuja

Le Monde diplomatique Año III, Número 28, Agosto de 2009

por Olivier Cyran*
Del auge inmobiliario a la tragedia social en Florida, EE.UU.
Olivier Cyran*

El auge de la especulación inmobiliaria en el estado de Florida, que multiplicó casas e hipotecas a un ritmo enloquecido, ha dejado tras la hecatombe económica un paisaje social desolador. De manera encadenada aumentan sin cesar el desempleo y los desalojos de las personas que se ven imposibilitadas de pagar sus hipotecas, y empiezan a surgir movimientos de lucha contra esta situación.

Es una casa como existen miles en Lehigh Acres: un chalet de tarjeta postal con su garaje, su césped para la barbacoa y su mástil donde izar los colores estadounidenses. “Se vende”, anuncia el cartel en la entrada. “Invendible”, corrige Tom (1), un risueño alumno de secundaria de 17 años. El césped está cubierto de basura y la puerta del garaje, arrancada de sus goznes, fue sustituida por una empalizada que se fijó a las apuradas. En cuanto al mástil, ya no se ve flamear la bandera desde que en 2007 el banco arrojó a la calle a sus propietarios. Linterna en mano, Tom va a la parte posterior de la casa y se detiene delante de una ventana cerrada con dos tablas cruzadas. “Vengan, es por aquí”. Silbando, levanta una de las tablas y se desliza en la cocina.

Un fuerte olor de moho recibe a los visitantes; da testimonio de la inundación que se produjo el día en que arrancaron la pileta. Nuestro guía explica: “Mi tío y su mujer rompieron todo cuando se fueron. Todo el mundo lo hace, es normal. Es la única manera de vengarse un poco de estos banqueros cabrones”. Iluminada por el haz de su linterna, una hoja de calendario que muestra una puesta de sol en una playa de Florida yace entre los escombros. Detrás de la cocina, una escalera desciende hasta un pequeño sótano donde Tom nos revela su mínimo emprendimiento: diez plantas de cannabis de prometedor aroma, regadas por goteo e iluminadas por tubos fluorescentes.

“Es una época formidable para hacer negocios. ¡Nunca había conocido un período tan excitante!”, celebraba el pasado 15 de abril el multimillonario Donald Trump en la CNN. Que la crisis ofrece oportunidades a quienes quieran aprovecharlas tampoco se le escapó a Tom, quien se reivindica como “joven empresario independiente”. Su padre, técnico constructor, perdió su trabajo desde que Lehigh Acres, el interminable suburbio de Fort Myers, en la costa oeste de Florida, se convirtió en zona siniestrada. Su descenso a los infiernos de los embargos inmobiliarios obtuvo incluso los honores de la prensa nacional. Al respecto, The New York Times ironizó: “Bienvenido al sueño estadounidense, en total marcha atrás” (2).

Sin embargo, durante el boom especulativo de principios de los años 2000, las casas se vendían como pan caliente. “No era una villa miseria sino una ciudad de crecimiento rápido que en tres años pasó de 30.000 a 80.000 habitantes –recuerda Edward Weiner, un arquitecto miembro de la Cámara de Comercio local–. Pero subestimamos la codicia de los bancos, que quisieron ganar demasiado dinero, y la de los especuladores, ya sean de Brooklyn, Alemania o Venezuela, que compraron casas mediante planes, sin preocuparse de los inquilinos que vivirían en ellas. En la actualidad, dejan que las obras se pudran en pie; el 20% de las diez mil casas construidas en la época nunca estuvo habitado. Los bancos se volvieron más prudentes, pero se obstinan en desalojar a los propietarios endeudados. Es absurdo, ya que los embargos tienen por consecuencia devaluar todas las casas aún habitadas de la vecindad. Los bancos arrojan a la calle a la gente para recuperar lo que saben que no podrán revender”.

Una casa que en 2004 se vendía en 300.000 dólares, ahora apenas si encuentra un comprador y por menos de 100.000 dólares. Con optimismo, Edward Weiner observa, sin embargo, que el número de embargos operados en marzo (2.100) era ligeramente inferior al de febrero (2.300). Afirma que “la reactivación es para dentro de dieciocho meses, a lo sumo”.

Creciente desempleo

Mientras tanto, los empleos siguen desapareciendo por miles. En dos años, la tasa de desempleo casi se cuadruplicó, pasando del 3,5% en marzo de 2007 al 12% en marzo de 2009. La combinación de las pérdidas de empleo y de los foreclosures (embargos judiciales de bienes inmuebles hipotecados), junto con el urbanismo típico de la middle-class estadounidense –una hilera de chalets construidos bien distantes uno del otro, sobre decenas de kilómetros de asfalto sin peatones, y entrecortados aquí y allá sólo por una iglesia, un centro comercial o un campo de golf desafectado–, favoreció las vocaciones… de agricultor. Tom señala: “Las casas vacías se prestan para ello. En la de mi tío, además, no cortaron la electricidad. El banco no puede revenderla, entonces ¿por qué no hacer que sea útil para algo? Vengo de vez en cuando para comprobar que todo vaya bien. Si llega la policía, no sabrán que soy yo”.

La reconversión de los foreclosures en invernaderos clandestinos causa grandes dificultades a las autoridades. En 2008, la policía de Lehigh Acres secuestró más de tres mil plantas de cannabis por un valor cercano a los 7 millones de dólares. Pero ellos mismos confiesan que les es imposible registrar cada una de las aproximadamente mil quinientas casas vacías dispersadas en un territorio cuatro veces mayor que Manhattan. “La gente es cada vez más pobre, lo que implica mucho tráfico de drogas y delincuencia juvenil –reconoce el teniente de policía Richard O. Dobson–. A lo que se agrega que las casas perdieron un 70% de su valor. Los latinos de Miami aprovechan para recomprarlas y cultivar su marihuana. No pasa una semana sin que se produzcan arrestos, y ya se tapiaron más de un centenar de casas. Pero no se puede controlarlo todo”. Cuando Tom escucha las declaraciones del teniente Dobson, se encoge de hombros. “La policía carga las culpas a los cubanos. Es verdad que cuando llegan, ellos no hacen las cosas a medias, pero conozco a mucha gente del lugar que practica el mismo negocio. Es peligroso, pero nosotros somos menos observados que los cubanos”.

Impotente para luchar contra la proliferación de plantaciones, la policía invitó a los habitantes a que les diera una mano, en el marco de un programa bautizado con el bucólico nombre de Weed and seed (hierba –marihuana– y semillas). “Weed, es por los bad guys (tipos malos) –gruñe el policía–. Seed, en cambio, remite a la idea de implicar a la comunidad, en primer lugar distribuyendo entre la gente alimentos y prendas de vestir, a continuación invitándolos a que nos llamen cuando vean algo sospechoso”. Tom hace una mueca, no está convencido. “Esperan solucionar el problema distribuyendo manteca de maní y fomentando las denuncias –dice al tiempo que con la yema de los dedos aprecia la floración de sus plantas–. Pero no se puede impedir que gente que ya no tiene nada quiera encontrar una salida. Quizás mis padres puedan conservar su casa, puesto que mi madre todavía trabaja. Pero están en las últimas y saben que no podrán pagarme los estudios. Entonces, para preparar mi futuro, tenía que elegir entre la hierba y el ejército. Elegí la hierba”.

Horizontes borrascosos

Los dos hijos de una vecina hicieron una elección diferente: uno se enganchó como marine (infantería), el otro en la Navy (Armada). Sus fotos enmarcadas lucen sobre el escritorio de su madre, Pamela Kaye, directora adjunta de Lehigh Community Services, los servicios sociales de la ciudad. “Estoy orgullosa de mis muchachos –dice–. De cualquier manera, tenían que irse. Desde que nuestros vecinos más cercanos fueron desalojados, ya no nos sentimos seguros. Mi marido quiere comprar un fusil, pero no me gustan las armas de fuego”.

La señora Kaye coordina el proyecto de ayuda alimentaria integrado al programa Weed and seed: sachets de leche, mermelada, fideos, arroz, potes de manteca de maní –“un producto muy nutritivo”, dice con aire jovial–. Entre octubre de 2008 y abril de 2009, su equipo distribuyó estas conservas –“nunca productos frescos, que no pueden guardarse”– entre mil doscientas cuarenta y cinco familias. Señala que “algunas ni siquiera tienen agua ni electricidad. En cuanto a los que perdieron su casa, duermen en su auto, se refugian en casa de sus allegados o se van no se sabe dónde, dado que no hay hogar para los SDF (sin domicilio fijo) en Lehigh Acres. Se ayuda como se puede, pero no hay ningún presupuesto, sólo trabajamos gracias a las donaciones y al voluntariado”.

Es cierto que en 2008 la recaudación de las contribuciones urbanas cayó un 47%, creando un agujero de 9 millones de dólares en las finanzas de la ciudad. Para ayudar a sus pobres, las autoridades prefieren pues confiar en la caridad de los ricos y de las iglesias.

En la pequeña sala de espera de Lehigh Community Services, un cincuentón rechoncho con la cara curtida por el sol espera pacientemente mientras hojea los prospectos. Jimmy trabajó durante veintisiete años como plomero antes de ser despedido, hace una semana. Es la primera vez que solicita una ayuda alimentaria. Cuenta: “Mi casa, la construí con mis manos, nadie va a quitármela. Pero a pesar de todo estoy endeudado hasta el cuello, debido a los créditos que tuve que tomar para cubrir mis deudas más antiguas. Entre 2002 y 2004 el valor de mi terreno se había triplicado; en la actualidad, ya no vale nada. Mucha gente quiso sacar provecho: la BTP (empresa de construcción y obras públicas), los agentes inmobiliarios, los bancos… La crisis fue como un martillazo: de la noche a la mañana se terminó todo”.
¿Y el programa de reactivación económica del presidente Barack Obama? ¿Acaso no obliga a los bancos a renegociar sus préstamos a los hogares sobreendeudados? “Eso funciona con los que tienen ingresos, no para los que no tienen nada”, replica Jimmy. La señora Kaye asiente: “Ningún banco aceptó renegociar los créditos de la gente que viene aquí. Y después se asombran de que las familias desalojadas expresen su cólera destruyendo sus casas. Es lo que hicieron nuestros vecinos y yo no los culpo”.

Visiblemente incómoda, una madre cubana entreabre la puerta, también en busca de comida. Afuera, su marido y sus dos hijos esperan en un auto que, en la luneta trasera, lleva pegado un letrerito: “Se vende”. La señora Kaye susurra: “Los desdichados. Cuando se pierde la casa, siempre se puede dormir en el auto. Pero si también pierden el auto, todo está perdido. En particular aquí, donde las distancias son tan grandes y los autobuses tan escasos”. Pero bastará una visita a Plattner’s, el vendedor de coches de segunda mano en Abrams Boulevard, para constatar que no se trata de un caso aislado. “Tenemos cientos de vehículos a cargo, hay más gente para vender que para comprar”, deplora un vendedor que habla de un “mercado saturado”.

El alumno de la secundaria, el policía, el arquitecto, el obrero desempleado y la trabajadora social comparten, no obstante, la convicción de que la crisis ya no puede empeorar aún más, y que mañana todo irá mejor. Jimmy está convencido: “Florida es un estado dinámico, por fuerza la economía va a recuperarse. De todas maneras, no tengo elección: no puedo contar con mi jubilación”. El teniente Dobson también lo asegura, y certifica: “Soy optimista, la construcción va a recobrarse”. “De aquí a algunos meses, encontraré trabajo en otra parte y sólo cultivaré marihuana para mi consumo personal”, concluye Tom muerto de risa.

Este optimismo que desconcierta, ¿es sin embargo infundado? Indudablemente no, si se juzga la profusión de sitios en internet que proponen a una clientela francesa “comprar e invertir en Florida”. En efecto. con 549.414 embargos inmobiliarios en 2008, que la colocan en el segundo puesto de los estados de este país más afectados por la crisis, detrás de California, Florida presenta “inmensas posibilidades para los inversores” así como una “oportunidad de diversificar las colocaciones a precios netamente inferiores a los practicados en Europa”, como lo anuncia el sitio Monappartamiami.com. “¿Una casa en Florida con piscina? Un sueño por fin accesible con un aporte de 20.000 euros”, celebra capfloride.com, cuya página de inicio exhibe un banner con este consejo desacomplejado: “Aprovechen la crisis estadounidense”.
Brigitte Bénichay supo anticipar la invitación. Instalada en Miami desde hace veinte años, esta diplomada en economía de Paris-Dauphine es la satisfecha directora de Rich Homes of Florida, a la que presenta como “la primera agencia inmobiliaria estadounidense dirigida por francófonos”. Según ella, en primer lugar la crisis tiene el inmenso mérito de haber eliminado a algunos de sus competidores. Cuenta que “en 2004 se vendía cualquier cosa a cualquiera: la gente hacía cola a las 5 de la mañana para comprar un departamento. Los precios se tornaban delirantes, ¡6.000 dólares el metro cuadrado! En esa época, todos los franceses de Miami querían convertirse en agentes inmobiliarios. Hay que decir que es muy fácil abrir una agencia en Estados Unidos: basta con obtener una patente que se resume en un test QCM (3). Pero hubo abusos, estafas. Conocí a un colega que se fue dejando una deuda pendiente de 40 millones de dólares. La crisis permitió purgar el sistema, hacer la selección entre los buenos y los malos”.

Por cierto, hoy gana “algo menos de dinero que en el momento del boom”, como lo admite en la terraza de un café de South Beach, el barrio glamoroso de Miami. Pero no se queja. “Me las arreglo bien. Esta mañana he vendido por 400.000 dólares un departamento que hace solamente dos años valía 1,2 millones. En esa época, estaba a dos clics diarios en mi sitio en internet. ¡En la actualidad, voy por los quinientos!”. Su clientela, 100% francesa, ya no se limita tan sólo a los dueños de pequeñas y medianas empresas (Pymes) y a los ejecutivos. La lucha por los buenos negocios se democratizó: “Cada día recibo correos electrónicos de gente que dispone de un presupuesto inferior a 150.000 dólares, jubilados, comerciantes… ¡Nunca he tenido tantos clientes pobres! –confiesa la señora Bénichay echándose a reír–. ¡Oh, sí, Florida siempre hace soñar!”

Al igual que sus colegas gestores improvisados, la patrona de Rich Homes of Florida puede encarar el futuro con confianza: “Estamos en 1,7 millones de embargos inmobiliarios en todo Estados Unidos y se estima que eso va a seguir hasta 2012”. A esta risueña perspectiva se agregan condiciones fiscales radiantes, puesto que aquí, “el abuso de bienes sociales es legal”, de modo que Bénichay vive de los ingresos de su sociedad “sin pagar impuestos”. No es pues sorprendente que se sienta “muy cómoda con la mentalidad estadounidense. La gente es más filósofa que en Francia: no tienen esa relación sentimental con las cosas. Cuando se le embarga la casa a alguien, todos encuentran normal que se saque provecho de la situación. Como se dice aquí: ‘I pay my bill, that’s it!’ (Pago mi cuenta, ¡eso es todo!)”.

Sin embargo, desde hace algunos meses se manifiesta en Miami una mentalidad menos acomodaticia. En el barrio negro de Liberty City, uno de los más pobres de la ciudad –uno de los menos interesantes a los ojos de la señora Bénichay– un colectivo bautizado Take Back the Land (Recuperemos la tierra) recupera casas expropiadas por los bancos para alojar a familias sin techo. Hasta ahora, sólo diez viviendas fueron objeto de una ocupación sostenible. Es cierto que los obstáculos son numerosos. “En primer lugar, hay que encontrar casas que no estén demasiado dañadas –indica Max Rameau, uno de los fundadores del colectivo–. Ahora bien, la mayoría fue saqueada por sus ocupantes en el momento de la expulsión. Nuestro equipo puede efectuar pequeños trabajos, reconectar la electricidad o instalar los electrodomésticos de recuperación, pero no tiene los medios para hacer la obra gruesa. A continuación, es necesario contar con la policía de Miami, una de las más detestables de Estados Unidos. Nuestra ventaja es que la crisis es tan grave que los policías no tienen disponibles el tiempo ni el deseo de emponzoñar las cosas. Saben que el barrio está detrás de nosotros: causar un motín no es su prioridad actual”.

Núcleos de lucha

Hijo de padres haitianos, lector de Franz Fanon y de los Black Panthers, Rameau casi se alegraría de la irrupción de la crisis que, al menos en su barrio, puso un freno provisorio a la voracidad inmobiliaria. Ya que, a pesar de sus vendedores de crack y sus aceras deterioradas, Liberty City no se libró del auge de principios de los años 2000. Lo prueba ese descampado cerrado con chapas en la esquina de avenida 17 y calle 62. “En 2006, el ayuntamiento quiso ofrecer esa parcela a promotores para construir departamentos de alto nivel. Este proyecto se insertaba en el proceso de ‘gentrificación’ (4) que desde los años 90 mordisqueó Liberty City. En Estados Unidos, la mayoría de los barrios negros sufrió la misma evolución: los promotores desembarcaban, compraban a bajo precio, vaciaban los lugares y luego los revendían muy caros. Deliberadamente, no actuaban en el centro del barrio sino en sus orillas. Poco a poco, el barrio se reducía, comido desde sus márgenes por una nueva población, generalmente blanca o negra aburguesada. Para luchar contra esta expropiación creamos Take Back the Land”.

Este fenómeno pertenece tanto a la historia del barrio como a la historia de las luchas. El 23 de octubre de 2006, los militantes de Take Back the Land se apoderaron del terreno prometido a los promotores para construir allí cabañas de madera destinadas a los alojados en malas condiciones de la vecindad. “En primer lugar se organizaron reuniones públicas para convencer a los habitantes, que se mostraban escépticos –cuenta Rameau–. Luego, se creó un grupo más limitado encargado de hacer el puerta a puerta. Cuando se pasó a la acción, la gente quedó pasmada al ver que no exagerábamos y nos apoyó en masa. Lo que explica que el ayuntamiento no nos haya desalojado”.

Inspirándose en el movimiento de los Sin Tierra brasileño y en las aldeas Ashanti en Sudáfrica, el colectivo estableció un lugar de vida autogestionado, donde sólo se prohibían el alcohol, la droga y el acoso sexual. La “aldea”, llamada Umoja (“unidad” en swahili), prosperó durante seis meses, hasta que un incendio la destruyó una noche de abril de 2007. “A partir del día siguiente, las niveladoras habían arrasado con todo lo que aún quedaba en pie. Nunca hubo una investigación” (5).

Desde ese entonces, la crisis tomó el relevo de los militantes sociales para empantanar la ofensiva de los promotores. “Ahora tienen otros problemas, no los veremos por Liberty City de inmediato”, explica Rameau, con una sonrisa socarrona, asombrándose al mismo tiempo de que los foreclosures no hayan desencadenado movimientos de protesta más masivos. El procedimiento que consiste en recuperar lo que los bancos embargaron espanta a muchos estadounidenses, y no solamente a los agentes inmobiliarios, como dan prueba los comentarios indignados vertidos cada semana en la parte baja del blog de Rameau. Un internauta se escandaliza: “Tomar casas que no les pertenecen, no les falta descaro. ¿Y por qué no van a un hotel y exigen que les ofrezcan una habitación gratuitamente?”.

“Se enfrenta el tabú de la propiedad, lo que no es poco en este país –suspira el portavoz de Take Back the Land–. Es bastante curioso: la mayoría de la gente encuentra normal que saqueen su casa cuando el banco los expulsa, pero tienen mucha más dificultad en aceptar que la reparen para albergar a familias”.
No obstante, también él se declara optimista, aunque no por las mismas razones que esgrime Donald Trump: “Nuestras acciones comienzan a ser emuladas en Portland, en Denver, en California… Somos muy minoritarios por ahora, pero la gente no tiene otra opción que hacerse cargo. Es una cuestión de supervivencia. Esto quizás demande diez años, pero estoy persuadido de que estamos en vísperas de grandes cambios sociales”. ♦

REFERENCIAS

(1) Su nombre fue cambiado.

(2) “In Florida, Despair and Foreclosures”, The New York Times, 8-02-09.

(3) Cuestionario de opción múltiple (multiple choice).

(4) Aburguesamiento de un barrio pobre mediante inyección de familias de clase media en una construcción nueva o reparada.

(5) Max Rameau detalla esta experiencia en un libro muy útil para comprender los mecanismos inmobiliarios en los barrios populares: Take Back the Land, Land, Gentrification and the Umoja Village Shantytown, Nia Press, Miami, 2008.

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