Un antídoto contra la guerra

por Altermundo Comuncaciones S.A.C

Cuando Einstein y Freud soñaban con Naciones Unidas
Altermundo Comuncaciones S.A.C

En ocasión de la inauguración del sexagésimo cuarto período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas a fines de este mes, se publicará en Francia el libro Planète ONU. Les Nations unies face aux défis du XXIe siècle (1), del que se publica aquí un anticipo. El sueño de relevantes personalidades de la cultura, como Sigmund Freud, Albert Einstein y Bertha von Suttner de crear una organización internacional para el fortalecimiento de la paz, exigió transitar un camino lento y plagado de obstáculos.

“¿Existe alguna manera de librar a los hombres de la amenaza de la guerra?”. La pregunta fue formulada en estos términos a Sigmund Freud y Albert Einstein en 1932 por la Sociedad de las Naciones (SDN), creada doce años antes, y por su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París. Una cuestión que Einstein calificó como “la más importante en el orden de la civilización”, ya que, al igual que Freud, consideraba inadmisibles la violencia y el sufrimiento causados por la guerra.
En el intercambio epistolar que siguió entre ambos pensadores e investigadores, Freud se asombró, primero, de que “un acuerdo unánime de la humanidad aún no hubiera desterrado la guerra”. Luego, reconociendo implícitamente la razón de ser de la SDN, agregó que “sólo es posible evitar definitivamente la guerra si los hombres se ponen de acuerdo para crear una potencia central con poder de decisión en todos los conflictos de intereses”. Pero la SDN ya había revelado sus imperfecciones, lo que llevó al neurólogo y psiquiatra austríaco a comprobar, con pesar, que “la Sociedad de las Naciones no dispone de fuerza propia y sólo puede tenerla si los miembros de la nueva asociación –los diferentes Estados– se la conceden”.

Una observación particularmente premonitoria, que se refleja en el principal reproche que se le hace aún hoy a las Naciones Unidas, cuya capacidad de acción sigue dependiendo de la buena voluntad de sus Estados miembros.

¿Cómo evitar pues el flagelo de la guerra que golpea a la humanidad desde la noche de los tiempos? Un flagelo nacido –tal como escribía Einstein el 30 de julio de 1932 durante ese mismo intercambio epistolar– de este inconmensurable “afán de poder que manifiesta la clase gobernante de un Estado” –es decir, una “minoría”– esclavizando a “la gran masa del pueblo que sólo obtiene de una guerra dolor y empobrecimiento”.

Y Einstein esbozó a su vez una respuesta: “El camino que conduce a la seguridad internacional impone a los Estados la renuncia incondicional a una parte de su libertad de acción, es decir, a su soberanía; y es indudable que no podría encontrarse ningún otro camino hacia esta seguridad”. Una declaración audaz, y de una sorprendente modernidad, por tratarse de una cuestión tan sensible y que continúa siendo hoy tan polémica.

Concluyendo este cautivante diálogo entre estos dos intelectuales, Freud planteaba esta hipótesis: “Todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra”.

La cultura y la paz

La cultura, ¿antídoto último contra la guerra? Una observación que remite a otra, proclamada en 1889 por una de las más ardientes militantes antibelicistas de la historia moderna, Bertha von Suttner: si “la guerra es la negación de la cultura”, esta última es también un medio de poner fin a la guerra. La cultura, pero también la educación y el simple sentido común, guiaban el pensamiento y la búsqueda pacifista de la baronesa austríaca, cuando declaraba, utilizando un lenguaje muy poco usado en las esferas de la diplomacia internacional: “El futuro pertenece a la gentileza”. Esa misma baronesa que además no dejó de perseguir a su amigo Alfred Nobel cuando éste comenzaba a considerar dejar un legado importante para la paz, pero aún no se decidía. “No califiques de sueño a nuestro plan de paz –le escribió con tono encendido el 15 de febrero de 1893, irritada por sus dudas–. El progreso hacia la justicia no es para nada un sueño, es la ley de la civilización.”

Von Suttner, quien convenció a Alfred Nobel de crear su famoso Premio de la Paz, fue la primera mujer en recibirlo en 1905, nueve años después de la muerte de éste; los primeros galardonados que lo compartieron en 1901 habían sido Henry Dunant y Frédéric Passy (2). Von Suttner expresó ampliamente sus dudas de que las naciones pudieran por sí mismas trabajar honestamente por la paz. “¿Las Naciones? O más bien los diplomáticos y sus Excelencias”, le hace decir a Frederic, uno de los personajes de su famosa novela ¡Abajo las armas! (de enorme difusión en Europa, y que contenía una condena tan virulenta al militarismo que tuvo un profundo impacto en los lectores y fue considerada durante mucho tiempo uno de los principales y mejores argumentos de la educación para la paz). “¡Pregúntenle a la gente y tendrán otra respuesta! El deseo de paz en ellos es auténtico y lo sienten en lo más profundo del corazón”. Y, sin embargo, también reconoció que el único camino verdadero para evitar conflictos y sufrimientos sería un esfuerzo común, real, y sólido entre las naciones, ratificado por un documento al que todas adherirían, y materializado bajo la forma de una estructura internacional: “¿Por qué los Estados civilizados de Europa no participarían todos juntos en un pacto, en una comunidad? ¿No sería la manera más fácil?”.

En el discurso pronunciado al recibir el Premio Nobel, el 18 de abril de 1906, Bertha von Suttner, vestida de negro, con el rostro impasible pero con la voz un poco ronca de la emoción, recordó que cuando Theodore Roosevelt, vigésimo sexto presidente de Estados Unidos, la recibió en la Casa Blanca el 17 de octubre de 1904, le había dicho: “La paz llega, sin duda alguna llega, pero paso a paso”. Y le había confirmado que su gobierno, y los de los demás Estados del mundo, habían reconocido su deber, el de “traer los tiempos en que la espada dejará de ser el árbitro entre las naciones” (3). (…)

Liga de Naciones

La idea de agruparse en ligas o asambleas de naciones o de Estados para intentar, a través del diálogo, evitar lo irreparable, se remonta a los albores de nuestra historia. Desde la Antigüedad, tales formas de uniones representaron, incluso para numerosas tribus o sociedades, la única esperanza de supervivencia, especialmente para resistir al agresor que amenazaba con diezmarlas. A lo largo de los siglos, comenzaron así diversas formas de alianzas, regionales o internacionales. Un ejemplo es el Tratado de Westfalia –adoptado en 1648 durante el primer congreso diplomático moderno–, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años (que había involucrado a varios territorios de lo que hoy se denomina Europa), ratificando así de algún modo por primera vez el nacimiento de Estados territoriales como entidades políticas plenas.

Sin embargo fue el Congreso de Viena, –motivado por el deseo de los países vencedores de Napoleón (4) de protegerse de cualquier otro intento de invasión por parte de Francia y restituirles a los países las fronteras que existían antes de la Revolución Francesa de 1789– el que realmente marcó la primera etapa importante en la construcción de una organización interestatal y del concepto de cooperación internacional. (…)

Luego del Congreso de Viena entró en funciones la primera organización internacional, la Comisión Central para la Navegación del Rhin, establecida oficialmente en 1816 luego de haber echado raíces en 1804, a través de un acuerdo celebrado entre Alemania y Francia. Una institución, con sede en Estrasburgo, con objetivos muy limitados, desde luego, que apuntaba a regular de manera pacífica todas las cuestiones relacionadas con la navegación en el río y sus alrededores, pero que actualmente sigue en funcionamiento. Siguieron la creación, en 1865, de la Unión Internacional de Telégrafos, que en 1932 adoptó el nombre de Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), con sede en Ginebra, y en 1874 la de la Unión Postal Universal (UPU), con sede en Berna. Ambas fueron incorporadas a Naciones Unidas luego de su creación (en 1947, la UIT; en 1948, la UPU), y continúan funcionando.
Otra iniciativa de organización, considerada precursora de la Sociedad de las Naciones y aún en actividad (actualmente en Ginebra, después de haber tenido su sede en Berna, y luego en Bruselas) es la Unión Interparlamentaria (UIP), creada en 1889 por iniciativa de William Randall Cremer, pacifista británico, y miembro de la Cámara de los Comunes, y Frédéric Passy, fundador de la Liga Internacional para la Paz Permanente y miembro del Parlamento francés. Creando un nuevo tipo de pacifismo, basado en el apoyo parlamentario, fue la primera organización política verdaderamente universal, cuyos objetivos eran promover el arbitraje internacional y la paz en el mundo. Una institución cuyo poder es evidentemente limitado, ya que involucra a los parlamentos, y no a los gobiernos, pero que sin embargo desempeña un papel muy útil en la contribución al diálogo y la toma de conciencia internacional.

Poco después, en 1892, se creó en Berna la Oficina Internacional por la Paz (BIP, por su sigla en francés), que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1910, y cuya vicepresidenta fue Von Suttner hasta su muerte en 1914. Actualmente esta organización no gubernamental, con sede en Ginebra desde 1924, es una red global para la paz que reúne a veinte organizaciones internacionales y a alrededor de trescientas organizaciones nacionales y locales o miembros individuales distribuidos en setenta países, y funciona sobre todo como lugar de reflexión. Sigue siendo un órgano de presión muy activo, que milita en favor del desarme e intenta compartir su visión de un mundo sin guerras.

En cuanto a los esfuerzos de paz –consecuencia directa del Congreso de Viena–, estos se observaron sobre todo en la Conferencia Internacional de la Paz, conformada por veintiséis naciones, celebrada en La Haya en 1899 y convocada por el zar Nicolás II de Rusia y la reina Guillermina de los Países Bajos. La conferencia, a la que asistieron con vivo interés Von Suttner y otros pacifistas, condujo a la creación de la Corte de Arbitraje Internacional de La Haya, mecanismo tendiente a facilitar la resolución pacífica de los diferendos internacionales, y sigue actualmente en vigencia.
Un resultado algo decepcionante sin embargo para la baronesa Von Suttner, quien lamentó especialmente que este encuentro se concentrara más en aspectos jurídicos que en cuestiones de principios. A la primera conferencia le siguió un segundo encuentro, celebrado en 1907, que consagró el principio de igualdad soberana entre Estados, abriéndose a un total de cuarenta y cuatro países. Fueron dos conferencias, también llamadas convenciones, consideradas una suerte de vanguardia de las Convenciones de Ginebra de 1949. Pero estos esfuerzos por la paz se vieron momentáneamente quebrantados por aquello que estos encuentros internacionales querían evitar a cualquier precio: la guerra. (…)

Los 14 puntos de Wilson

El Tratado de Westfalia y el Congreso de Viena fueron consecuencia de las guerras y en un intento por restablecer la paz, el “sistema de Congresos”, tal como se lo llamó, que surgió de Viena, tenía precisamente como objetivo prevenir toda interrupción de conflictos armados instando a los beligerantes a reunirse para discutir frente a frente sus diferencias. Sin embargo, estos congresos se rigieron en gran medida por una suerte de acuerdo oficioso y no existe ningún documento oficial o constitución que permita acercarlos, o dar crédito a la organización o a sus acciones y decisiones.
El 8 de enero de 1918, Thomas Woodrow Wilson, vigésimo octavo presidente de Estados Unidos, pronunció ante el Congreso estadounidense un famoso discurso titulado “La paz en el mundo para el establecimiento de la democracia” en el cual enumeró catorce puntos, que consideraba necesarios para alcanzar la paz. Un discurso cuyo objetivo era demostrar al Congreso y al pueblo estadounidenses que la entrada en guerra de Estados Unidos se justificaba plenamente en bases morales. El décimo cuarto punto sugería la creación de lo que se convertiría en la Sociedad de las Naciones: “Una asociación general de naciones debe crearse bajo alianzas específicas cuyo objetivo sea ofrecer garantías mutuas de independencia política e integridad territorial tanto para los pequeños como para los grandes Estados”.

Once meses más tarde, el 11 de noviembre de 1918, se firmaba finalmente el armisticio con los alemanes, inicialmente celebrado por treinta y seis días, pero regularmente renovado hasta la finalización del tratado de paz.

Sin embargo, hubo que esperar hasta enero de 1919 para que comenzara en París la conferencia de paz presidida por el presidente Wilson. Una conferencia cuyos trabajos estuvieron dominados por cuatro miembros principales: el presidente estadounidense, David Lloyd George por Gran Bretaña, Vittorio Emanuele Orlando por Italia y el jefe del Gobierno francés Georges Clemenceau. La conferencia, que reunió a veintisiete Estados (los vencidos estaban excluidos), no sólo daría origen a importantes tratados sino que también conduciría a un acuerdo de principios sobre la existencia de la SDN, ratificado por el Pacto de la Sociedad de las Naciones el 28 de abril de 1919. Y el 28 de junio, al cumplirse cinco años exactos del atentado de Sarajevo, se firmó en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles el tratado de paz entre Alemania y los Aliados, llamado Tratado de Versalles, inspirado en los catorce puntos del presidente Wilson, y cuya primera parte confirmaba la creación de la SDN. ♦

REFERENCIAS

(1) Romuald Sciora, Annick Stevenson (dir.); Planète ONU. Les Nations unies face aux défis du XXIe siècle, prefacio de David B. Roosevelt, postfacio de Ignacio Ramonet y Noam Chomsky, Tricorne, Ginebra, 2009.

(2) N. de la R.: Respectivamente, fundador del Comité internacional de la Cruz Roja (1876) y diputado anticolonialista francés.

(3) N. de la R.: Ese mismo año, 1904, el presidente T. Roosevelt sostuvo que la defensa de la hegemonía de Estados Unidos lo facultaba, como “policía internacional”, para una “intervención preventiva” en caso de “accionar indebido o incapacidad” de los actores regionales en América Latina.

(4) N. de la R.: Austria, Gran Bretaña, Prusia, Rusia.

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