La norma y la realidad

por Claire Brisset*
Convención Internacional sobre los Derechos del Niño
Claire Brisset*

Aunque los Derechos del Niño fueron aprobados hace ya veinte años, un gran porcentaje de la infancia mundial sigue sometido a la explotación laboral y sufre la falta de escolarización, de asistencia médica y violencias tanto familiares como estatales.

Cuando el 20 de noviembre de 1989 la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) reunida en Nueva York aprobó por unanimidad la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño –cuya elaboración había demandado diez años de negociaciones muy difíciles–, la situación mundial de la niñez era más que sombría. Si bien en las dos décadas anteriores –de finales de los años 60 a finales de los 80– se habían logrado avances considerables, el escenario empezaba a manifestar signos de degradación preocupantes. “Los progresos están frenados”, alertaba en ese momento James Grant, director general del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Los presupuestos de salud y educación de los países más pobres sufrían amputaciones drásticas producto de los planes de ajuste que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial les imponían para que “sanearan” su economía. La deuda del Tercer Mundo llegaba al umbral simbólico del billón de dólares, la ayuda pública al desarrollo no lograba superar el 0,35% del Producto Bruto Interno (PBI) de los países ricos y, en algunos puntos del planeta, el ingreso medio de los más pobres se derrumbaba, en pocos años, en un 25%.

Uno de los objetivos de la adopción de la Convención era detener esa tendencia. Catorce millones de niños menores de cinco años morían entonces en el mundo por los efectos combinados de la malnutrición y algunas enfermedades perfectamente tratables o prevenibles con vacunas. Se necesitaba un millón de trabajadores en el área de la salud para atender a los mil millones de seres humanos –entre los cuales la mitad no llegaba a la edad adulta– carentes de acceso a toda estructura de asistencia médica…

Recordar los veinte años de un tratado exige, al mismo tiempo, reflexionar sobre sus fundamentos, su necesidad y analizar su impacto sobre la realidad. Este ejercicio es aquí particularmente arduo: son pocos los temas al mismo tiempo tan subjetivos, pasionales y politizados. En Francia se puede hablar de aniversario a medias tintas: en septiembre último, el gobierno anunció su intención de suprimir el puesto de Defensor de los Niños, una institución creada en el año 2000 para velar por el cumplimiento del tratado. Sin embargo, las reacciones fueron tan fuertes que se puede esperar que se mantenga, aunque sea bajo otra forma. En cualquier caso, este clamor de protesta expresa el compromiso de la sociedad francesa con esta causa.

A fines de los años 80, el concepto mismo de un derecho específico para los menores era aún embrionario en todas partes. Desde luego, en los países occidentales había textos complejos que apuntaban a protegerlos de las violaciones más flagrantes, en particular malos tratos y homicidios. Otras leyes, que resaltaban la dimensión educativa de la sanción, permitían castigarlos menos duramente que a los adultos cuando cometían una infracción; en Francia ésta era la filosofía de la célebre ordenanza de 1945, hoy cuestionada por el gobierno. Finalmente, el derecho de la familia había mejorado notablemente en todas partes, en particular en el tratamiento de los divorcios y la protección del patrimonio de los menores.

La Convención de 1989, denominada “de Nueva York”, aportó una orientación radicalmente distinta a ese grupo heterogéneo y carente de visión de conjunto. Apoyándose en fundamentos conceptuales totalmente nuevos, la Convención enunciaba un principio central: todas las decisiones relativas a los menores, fueran individuales o colectivas, deberían a partir de entonces tomar en cuenta, antes que toda otra consideración, su “interés superior”, incluso en detrimento de las prerrogativas de los adultos. Este principio es precisamente una de las orientaciones que la derecha estadounidense consideró, y sigue considerando, inadmisible.
Alrededor de ese principio central se organizan tres tipos de disposiciones en el texto: todo país debe proporcionar a los niños aquellos servicios que garantizan su supervivencia y desarrollo (salud, nutrición, educación en particular); todos los gobiernos y las personas privadas deben protegerlos de la violencia (violencia de Estado, violencia institucional, violencia familiar); todos los gobiernos y estructuras jurídicas deben recoger el punto de vista de los menores sobre las decisiones que los conciernen.

Este texto complejo parece, así resumido, relativamente simple. Pero sus implicaciones son enormes. Los países del Norte y del Sur del planeta pusieron en marcha progresivamente el proceso de ratificación, es decir, la aprobación del tratado por votación parlamentaria, a sabiendas de que luego se lo debe adaptar a su legislación. Actualmente, casi todos los países del mundo ratificaron el tratado, que pasó a ser la convención de derecho internacional más reconocida. Sin embargo, hay dos países que no responden al llamado: el más rico del mundo, Estados Unidos –cuyo gobierno, harto ya de ser constantemente estigmatizado por este tema, anunció sin embargo la intención de someter la Convención a la votación del Congreso– y Somalia que, por el caos político-militar que atraviesa, se encuentra privada de la instancia necesaria para la ratificación de un tratado, es decir, un Parlamento.

Toma de conciencia

Este texto, una vez adoptado y casi universalmente ratificado, ¿provocó cambios importantes? Es innegable que se produjeron avances. El indicador de la mortalidad, el definitivo, habla por sí mismo: el número de muertes de menores de 5 años por los efectos combinados de malnutrición e infecciones cayó actualmente por debajo de la barrera de los 10 millones contra, como se ha visto, 14 millones en 1989; la educación, de las niñas en particular, también mejoró, especialmente en el África subsahariana.
El derecho de los niños se ha convertido sobre todo en un objeto político. Sus violaciones más brutales ya no son aceptadas por la opinión pública internacional como si se tratara de catástrofes naturales. Algunas de ellas, como la explotación sexual de los menores, se han convertido incluso en motivo de escándalo: varias decenas de países, entre ellos Francia y Alemania, aprobaron leyes de extraterritorialidad que permiten sancionar a los clientes de los menores prostituidos con penas mucho más duras que en el pasado.

Aun en tiempos de crisis, se tolera cada vez menos que se vendan en los mercados del Norte productos manufacturados por menores en condiciones casi esclavistas. Algunas empresas internacionales comprometidas con no vender ninguna mercancía producida por el trabajo infantil lo entendieron perfectamente. También innumerables asociaciones e instituciones estatales originadas en la estela de la aprobación de la Convención, que movilizan incesantemente a las poblaciones por este tema. En este ámbito, la presión de los militantes sobre los políticos resulta una palanca de progreso poderosa.

A condición, sin embargo, de que la opinión pública sea efectivamente esclarecida; he ahí una de las dificultades. Requiere una particular constancia informar incesantemente sobre las violaciones de los derechos de los niños. Sin embargo, esas violaciones son legión, y la mayoría procede de decisiones políticas de los gobernantes o del sistema de intercambios internacionales.

La malnutrición proporciona uno de los ejemplos más significativos, pero no es el único. A escala mundial, unos 270 millones de niños siguen privados de toda forma de acceso a la asistencia médica, así sea elemental –como la que podría ofrecer un dispensario o un puesto de campaña–. Unos 200 millones son explotados en sus trabajos, y la mitad de ellos trabaja en condiciones que amenazan directamente su salud y hasta su vida.
¿De qué trabajan esos niños? El 70% son explotados en la agricultura, un sector que, contra toda expectativa, es considerado uno de los más peligrosos: ausencia de protección de los niños frente a las máquinas, inhalación de pesticidas –aún más tóxicos para ellos que para los adultos, teniendo en cuenta su menor masa corporal–, transporte de cargas demasiado pesadas para su esqueleto todavía en formación, etc. A su vez, también son utilizados masivamente en las minas (oro, plata, piedras preciosas, metales ferrosos), en la fabricación de textiles, alfombras, componentes electrónicos, explosivos, etc.

En estas situaciones los niños no son escolarizados, o lo son a tiempo parcial y por muy pocos años. Y los pedagogos saben que si un niño no ha recibido al menos cuatro años de enseñanza primaria sin demasiadas interrupciones terminará convirtiéndose en lo que se denomina un “analfabeto funcional”, es decir que perderá definitivamente todos los conocimientos adquiridos.

Muchos de esos niños que trabajan forman parte de los grupos que viven en la calle expuestos a todo tipo de violencias: las de la extorsión o la droga y también la de las fuerzas policiales, encargadas a veces, como se da en muchas ciudades de América Latina, de “limpiar” las grandes arterias de la ciudad de su presencia. Los niños de la calle rondarían los cien millones en todo el mundo.

Las peores violencias sufridas, a veces desde el nacimiento, son las que los adultos infligen a la generación que los sucede. Esta violencia no conoce fronteras, atraviesa a las familias, las clases sociales, como ha atravesado la historia. “¿Dónde están todos esos niños de los cuales ni uno solo ríe?”, preguntaba Victor Hugo en uno de los poemas más bellos de Las contemplaciones (1). No ríen, por cierto, los niños golpeados e insultados por sus padres, los que son forzados a actos sexuales que los lastiman. Violencia privada, también violencia de Estado: en todo el mundo, unos treinta países siguen aplicando a los menores la pena capital o castigos tales como la lapidación, el látigo, la amputación.

Los niños sufren, finalmente, la violencia de los conflictos armados cuando salen heridos o mutilados, por no hablar de los que sucumben bajo las bombas. Pero la guerra provoca aun más víctimas indirectas, que mueren por falta de agua, medicamentos, asistencia, alimento. La guerra arrasa todo a su paso, privando a los niños de lo que necesitan para crecer: escuelas y hospitales… cuando no elimina a sus seres queridos, sus padres, su familia, sus maestros.

La guerra también los convierte en refugiados: constituyen por sí solos el 60% de la población de esos enormes campos en los que, a falta de fondos suficientes, las agencias de la ONU (Alto Comisionado para los Refugiados, Programa Alimentario Mundial) deben reducir periódicamente las raciones diarias.

Por último, la guerra transforma a los menores en soldados, cuando ejércitos guerrilleros, o incluso fuerzas gubernamentales, los enrolan por la fuerza, obligándolos a cometer, para servirlos mejor, actos de una violencia inimaginable.
Después de semejante cuadro, ¿qué puede conseguir un texto como el de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño? Pregunta legítima, pregunta insoluble, que plantea el problema del efecto de la norma sobre lo real, del impacto del derecho sobre la fuerza. Para los escépticos, el mundo sigue siendo, más que nunca, el teatro de las violaciones más inauditas de los derechos de los más vulnerables. Los otros, los que creen en la absoluta necesidad de las herramientas jurídicas para regular o atenuar, por poco que sea, el efecto deletéreo de la violencia, verán en este tratado un formidable instrumento de progreso. ♦

REFERENCIAS

(1) Victor Hugo, Les contemplations, “Poésie”, Gallimard, París, 2006.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s