Un cuento casi de Navidad de mi amigo Rodrigo Nuñez

LA SEÑORITA NELLY

Escrito por: rodrigo núñez carvallo el 27 Nov 2009 – URL Permanente
http://lacomunidad.elpais.com/rodrigonunezcarvallo/2009/11/27/la-senorita-nelly

Me acuerdo de ella perfectamente. Era joven todavía y tenía el pelo muy corto y engominado, pero lo que más me llamaba la atención eran sus ojos grandes de un verde triste. Puntualmente, Nelly abría su cortina y le gustaba observarnos mientras jugábamos. Recluida en una silla de ruedas, veía el mundo pasar delante de su ventana, y allí permanecía durante toda la tarde, vestida siempre con un terno gris y una corbata delgadísima que sujetaba con un prendedor. Al atardecer nos hacía pasar y nos contaba cuentos con bizcochos y princesas. Cuando las luces se prendían nos enviaba de nuevo a casa con caramelos en los bolsillos.

 

A veces nos pedía prestadas nuestras muñecas y jugaba con ellas. Inventaba enamoramientos y las llevaba al altar, mientras Rubén, su perrito negro, oficiaba de señor cura. En otras ocasiones sacaba sus tijeras, su canasta de retazos y sus hilos, y nos enseñaba a coser pequeños vestidos, capas, chales, chalecos y chompitas. Nunca nos aburríamos en su casa. Pero lo que más nos gustaba era cuando pedía su acordeón y nos acompañaba mientras cantábamos rondas.

 tras veces iba a su casa con mi mamá porque ellas eran amigas. Pero esas reuniones no me gustaban tanto. Las dos tomaban el té y se ponían a hablar horas. Lo único que me quedaba entonces era mirar sus álbumes de pegatinas o jugar con el antipático de Rubén, que era mordelón y muy engreído. Pero lo peor venía cuando la tía Nelly declamaba sus poemas, con una voz chillona llena de gallos. Mi mamá también se sentía fastidiada después de oírla un buen rato.

 Mi mamá que era su amiga desde chica, decía que había cambiado sus faldas por pantalones para disimular su invalidez. ¿Y por que no puede caminar? Se cayó en el colegio de unas enormes escaleras y se rompió la columna vertebral. Pero no le comentes nada del asunto. No se vaya a molestar. Ya, mamá. ¿Y por que se viste como hombre? insistía yo. Mi amiga Nelly es medio excéntrica. No quieren que le digan poetisa, ella quiere ser poeta y por eso se viste de hombre y prefiere que la llamen Carlos Alberto. ¿Pero es hombre o es mujer? Yo creo que usa pantalones no porque sea paralítica sino porque es un señor. No, hijita. No quiere mostrar sus piernas flacas e inmóviles. ¿Te imaginas? No se puede casar, ni tener hijos. Debe ser muy triste estar en esa silla de ruedas.

 No me atraen los cándidos aromas

 Del hogar, yo preciso el torbellino

 Soy un pichón de cóndor que el destino

 Depositó en un nido de palomas

  La verdad es que no me gustan sus poemas, dijo mi mama cuando volvimos a la casa. Muy rimbombantes, mucha rima y mucho llanto. Yo no entendía nada pero me dejaba llevar por las opiniones de mi mamá. Son demasiado trágicos, hijita, mejor no los oigas. Su vida debe ser una noche sin fin.

 Soledad, porque mi boca / Se ha olvidado de besar / Porque las rosas se mustian / Sin abrirse en mi rosal / Mi madre debió llamarme / Soledad. // Un ángel negro, a mi vera / Siembra mis huertos de sal / Jazmín que mi mano toca / No florece jamás. // Mi madre debió llamarme / Soledad. // Me llaman con otro nombre / suena a plata y a cristal. / Me llaman, mas no respondo; / Pues, en mi lírico afán, / Yo sé que debí llamarme // Soledad. / Soledad de noche oscura / Que presagia tempestad.

 Cuando vinieron las vacaciones, notamos que la tía Nelly ya no estaba en su ventana como siempre. Pasaron los días y siguió sin abrirse. De verdad que extrañábamos sus lonches mágicos y los cuentos del príncipe cojo y su castillo encantado. Cuando le pregunté a mi mamá qué había pasado con Nelly, me dijo que nuestra amiga estaba en la clínica. ¿Y qué tiene? Ha sufrido un accidente, me dijo sin mucha convicción ¿Y se va a morir? No, los médicos la han salvado ¿O sea que podré jugar de nuevo con ella? Así es. Pero no le digas que sabes lo de su accidente.

 Pasó el tiempo y una tarde de otoño se volvió a abrir la ventana. Fui corriendo a darle un beso y a mostrarle a Lucy, mi nueva muñeca que me habían regalado por Navidad, pero que ya estaba cochina y maltrecha de tanto jugar con ella. Hola linda, me dijo apenas entré, pero noté sus ojos de un verde más triste aún. Tenía cara de enferma y estaba más delgada. Cuando la fui a abrazar, me dijo: cuidado hijita con mi mano. Tenía una herida en la muñeca y un reloj grandazo de hombre para disimular el vendaje. Enseguida me pidió a Lucy para arreglarla. Pobrecita, cómo la tienes así. Déjamela. Transcurrió como una semana y el viernes siguiente me dio la sorpresa. Acá la tienes, mírala, qué bonita está. Mi muñeca de tela lucía preciosa. Le había tejido un nuevo ropón, un gorro, zapatitos y mitones. Me puse feliz. Jugué con ella toda la tarde. Cuando mamá vino a recogerme, se la enseñé. Gracias Nelly, le dijo, por entretenerla. Tienes una paciencia…

 Aquella noche mientras me acostaba le dije a mi madre que me trajera a Lucy. Me puse a jugar con mi muñeca y cuando le iba a poner su pijama descubrí que tenía un largo pipilín debajo del calzón. Ay, qué loca la Nelly, exclamó mi madre riéndose, aunque inmediatamente cambio de expresión y añadió: pobrecita.

 Aquella noche mientras me acostaba le dije a mi madre que me trajera a Lucy. Me puse a jugar con mi muñeca y cuando le iba a poner su pijama descubrí que tenía un largo pipilín debajo del calzón. Ay, qué loca la Nelly, exclamó mi madre riéndose, aunque inmediatamente cambio de expresión y añadió: pobrecita.

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