Los indios no son hombres. Rosa Montero, El País Semanal de 26/12/09

Por definición, el prejuicio es algo que antecede al juicio… o sea, es un producto mental que ni siquiera llega a la categoría de pensamiento, porque para pensar se necesita usar la razón y la reflexión, mientras que el prejuicio es como un borrón, como un momentáneo apagón neuronal que impide que veamos la realidad correctamente. El prejuicio, por otra parte, es un precipitado de la costumbre. Quiero decir que los prejuicios se transmiten, desde luego, pero sin que tengamos conciencia de haberlos aprendido: simplemente creemos que el mundo es así; que lo que sostenemos no es una opinión, sino una realidad tan incontestable que no necesita ser probada. Los prejuicios son tan básicos y están tan profundamente hincados dentro de nosotros que ni siquiera sabemos que los tenemos. Son como parásitos ocultos de nuestro pensamiento, y lo peor es que se trata de una plaga que padecemos todos sin excepción.

Pensaba en todo esto mientras leía Momentos estelares de la humanidad (editorial Acantilado), catorce miniaturas históricas, como reza el subtítulo, redactadas por Stefan Zweig. Es un libro interesante y encantador y además yo adoro al pobre Zweig, un escritor inteligente, apasionado y honesto, un luchador de la tolerancia y la convivencia que se suicidó junto con su mujer en 1941, desolado por lo que por entonces parecía la victoria imparable del nazismo. Zweig era judío, y sin duda este dato influyó en su desconsuelo; pero yo creo que su angustia era básicamente humanista, el horror del hombre bueno ante el infierno.

Pues bien, este escritor al que quiero y admiro, y en quien presumo una especial sensibilidad por los débiles, por los sometidos y marginados, desliza en el libro varias afirmaciones sorprendentes que indican una clara ceguera prejuiciosa. Por ejemplo, en el capítulo en el que habla del descubrimiento de El Dorado, y hablando del salvaje Oeste, dice lo siguiente: “(esas) estepas con sus enormes manadas de bisontes y en las que durante días, durante semanas, no aparece un solo hombre, únicamente los pieles rojas las recorren a galope tendido”. Cáspita, qué lapsus tan fuerte: de modo que los indios no son hombres. Y, para demostrar que ese párrafo no ha sido una errata, en el texto dedicado a Núñez de Balboa explica que Enciso, alcalde de una colonia cercana al estrecho de Panamá, “en medio de esa selva nunca pisada por el hombre, prohíbe a los soldados adquirir oro de los indígenas”. En fin, la incongruencia de la frase habla por sí sola.

Como ambos textos abundan en el mismo error, es probable que el humanista Zweig tuviera ese punto de oscuridad en la cabeza; que, siendo sin duda un ferviente partidario de los logros civilizados y democráticos, tendiera a ignorar y menospreciar a los salvajes, un prejuicio enormemente extendido hasta que, en la década de los sesenta, empezó a valorarse la diferencia. La cultura de lo políticamente correcto, que hoy ha llegado a límites aberrantes y retrógrados, tuvo su origen en algo esencialmente justo y razonable: en la necesidad de dar voz a los que nunca la tuvieron. Hoy Zweig jamás diría algo semejante, porque sin duda a estas alturas sería consciente de su etnocentrismo.

Leyendo al escritor austriaco me pregunto con cierta inquietud por mis propias zonas de sombra. Que sin duda padezco. De algunas he llegado a ser consciente; por ejemplo, recuerdo que hace bastantes años vi un episodio de Star Trek en la televisión de un bar de Santiago de Compostela, y cuando salió el vulcano Spock hablando en gallego me desternillé de risa, me pareció grotesco y muy chistoso, cosa que me afeó inmediatamente un amigo del lugar que estaba presente. Y tenía razón: ¿por qué iba a ser más grotesco el gallego que el castellano? Y aún peor: probablemente si hubiera visto a Spock doblado al francés, pongamos, no me hubiera resultado tan risible. Era una vez más el etnocentrismo, la maldita costumbre de la propia horda, el hecho de que, por entonces, hace ya tiempo, todavía no se hubiera normalizado el uso de las otras lenguas nacionales. Vivimos encerrados en la estrecha cárcel de nuestra pequeña realidad, y eso nos impide pensar libremente. Un último ejemplo: mi padre, que fue torero profesional, amaba profundamente a los animales (es algo que les sucede a muchos matadores). Yo aprendí de él ese amor, pero también su gusto por las corridas; en mi infancia y mi juventud asistí a decenas de ellas sin que me parecieran violentas. Tuvieron que pasar bastantes años hasta que pude liberarme de esa ceguera del hábito, del callo de la rutina. Hasta que pude ver la realidad desde otro lado. Los prejuicios se nos enredan en las neuronas y nos atontan.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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