La Sorbonne y el Perú. Luis Jaime Cisneros. La República de 27/12/2009

Por Luis Jaime Cisneros

No puedo callar mi alegría y mi emoción, como colega y como amigo, ante el homenaje que significa el doctorado honoris causa que la universidad de La Sorbonne le ha otorgado a Salomón Lerner Febres, rector emérito de la Católica, que presidió la Comisión de la Verdad y que integra ahora la comisión encargada del Museo de la Memoria. La distinción nos sorprende en momentos en que todavía el tema de la universidad peruana frecuenta una que otra página de escándalo, y por eso constituye un remezón beneficioso para que no perdamos la fe en el trabajo universitario. Y para celebrar debidamente este doctorado quiero enlazarlo con la relectura de unas páginas que dedicó Jorge Basadre, hace más de medio siglo, a reflexionar sobre lo que podría (o debería) ser la universidad del siglo XX.

 De “gesto prudente y sabio” calificaba Basadre el abordar el tema del “mejoramiento universitario”, término con que él evitaba tropezar con los abusos cometidos por ‘la reforma’. Tal vez hoy nos convenga el mismo término para reconocer, por lo menos, que hay instituciones universitarias que hacen honor a su condición. Sí, todavía necesitamos mejorar nuestra tarea universitaria. Y ésta es buena ocasión para decirlo en voz alta.

Uno de los objetivos exigidos por el siglo XX radicaba, para Basadre, en la necesidad de hacer frente al avance tecnológico. Todo el mundo reconocía esos avances, “pero no se habla nada o casi nada de la posición de las universidades frente a esos programas”. Basadre lo decía en 1951. Eco, sin duda, de tal afirmación fueron las palabras con que Salomón Lerner inauguró, como Rector, los cursos de 1995, al recordar que “las exigencias del país nos orientan hacia una progresiva armonización de los contenidos programáticos en función de las necesidades nacionales, sin desmedro de la calidad académica”.

En esta afirmación se encierra lo que significó el doble rectorado de Lerner en la Católica. Reclamaba Basadre la necesidad que era para la universidad investigar: “Una universidad que no investiga o investiga poco… evade una función esencial”. Mucho se ha escrito en los últimos años sobre este tema, y en las últimas semanas la prensa ha destacado el maltrato que viene sufriendo la investigación en los medios universitarios. Lerner supo siempre la necesidad de que la investigación universitaria estuviese vinculada con universidades extranjeras. Comprendió lo útil que era crear plazas “para el otorgamiento de los semestres dedicados a la docencia y a la investigación”, para garantizar de esa manera “mayor viabilidad a la real existencia de profesores-investigadores”. 

 Diez años fue Lerner Rector de la Católica. Fueron años en que el claustro estuvo empeñado “en preservar y fortalecer el sentido de nuestra misión como universidad (…) colocando en el centro de ese esfuerzo la defensa de la palabra, el rescate de la acción humana con sentido y del diálogo razonable como vía para la convivencia y el bienestar en nuestra patria”. Es en estas palabras con que Lerner se despide en el 2004 de su segundo rectorado, donde hay que apreciar y reconocer la necesaria relación entre la universidad y la política, que él supo fortalecer y que le permitió, presidir la Comisión de la Verdad. Es el valor de la palabra el que la universidad cultiva, el que enriquece, porque “su misión es la creación, acumulación y transmisión del conocimiento humano”. Y si hay una palabra por la que Lerner haya trabajado con esmero es la que dice la verdad, la que defiende la verdad, la que respeta la verdad, por cruda y desagradable que fuere. Porque ese es el instrumento de que la universidad se sirve para poner a la comunidad en el camino del conocimiento.

 Estas son, por lo menos, mis razones para celebrar de modo especial que La Sorbonne haya resuelto distinguir con un honoris causa a Salomón Lerner Febres. Es el reconocimiento de una comunidad universitaria a las preocupaciones y los trabajos de un profesor universitario. Y es una manera para que alcancemos a modelar la idea de ‘comunidad’. La verdad que buscamos requiere que estemos conscientes de que constituimos una comunidad. Si lo logramos, estaremos a un paso de la reconciliación.

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