Golpistas, 1; democracia, 0. M. Á. BASTENIER, El País 03/02/2010

Con el exilio de Manuel Zelaya maquillado de asilo en Santo Domingo se ha cerrado la crisis hondureña con la aplastante victoria de los golpistas. El presidente ecuatoriano Rafael Correa, señalaba perceptivamente que el golpe no se había producido durante la presidencia de George W. Bush, sino en la de Barack Obama, con Washington presumiblemente mucho menos comprensivo con las abruptas reacciones de la derecha.

Bajo el presidente republicano los golpistas quizá habrían sentido una menor necesidad de actuar contra un mandatario que se había vuelto casi repentinamente chavista, dándole un giro social a su política, porque esa evolución habría sido menos radical o porque no se habría llegado a consumar el ingreso de Honduras en el ALBA, el container político-económico de los países teóricamente afectos a la Venezuela bolivariana; o, mejor, Bush habría tenido la convicción necesaria propia del jefe de la banda, para urgirle al golpista y sucesor de facto de Zelaya, Roberto Micheletti, que hiciera el favor de no dar golpes sin permiso. Pero eso no obsta para que Bush y Obama estuvieran de acuerdo en lo esencial: que el golpe surtiera efecto y Honduras volviera a su girón histórico pronorteamericano. Y ello se debe a que Estados Unidos no es Luxemburgo, y tiene intereses intransitables en todos los rincones del planeta.

El triunfo del golpismo pone de relieve las profundas fisuras en América Latina, incluso entre aliados o amigos nominales, así como la fragilidad de la vastísima pero heterogénea agrupación de naciones y organismos internacionales -Estados Unidos, la OEA, la UE y el eje chavista- que se lanzaron a exigir la reinstauración del mandatario hondureño, cuando éste fue derrocado el 28 de junio. Pero aunque las declaraciones de todos ellos parecieran inequívocas, sus objetivos recorrían diferente gama de propósitos.

Brasil, que se había erigido por los decibelios de sus protestas en líder del movimiento reinstaurador, perseguía sin duda sinceramente la reposición de Zelaya, pero no con idéntico convencimiento que ejerciera la realidad del poder. Y en ello estaba de acuerdo la mayor parte de América Latina: que recuperara el cargo, pero tan sólo durante las semanas que faltaban para que el 28 de noviembre se celebraran las elecciones presidenciales, y dar el visto bueno entonces a que cualquiera de los dos grandes candidatos que ganase -el presidente en ejercicio, Porfirio Lobo- rompiese la alianza con Chávez, puesto que los dos principales partidos oligárquicos e históricos de Honduras son igual de pronorteamericanos y antichavistas.

Es cierto que el restablecimiento de Zelaya tan sólo habría salvado el aspecto más ritual de la democracia, pero no hay que subestimar el simbolismo de que Micheletti tuviera que retirarse antes de que asumiera Lobo, dejando ese modesto ínterin para que se explayara el presidente derrocado, porque sólo entonces habría podido decirse que el golpe había dado marcha atrás y evitado el ominoso precedente de que unos militares latinoamericanos, tras unos años de buena conducta en todo el continente, volvieran a las andadas.

Y ahí es donde Bush de nuevo habría podido ser mucho más persuasivo que Obama, y Micheletti mucho más obediente; pero con el triunfo del golpe, únicamente ha sido posible la recuperación de una democracia de muy baja densidad, lo que es tan común en América Latina, después de que Lobo jurara el cargo el pasado 27 de enero, y Estados Unidos y sus más fieles escuderos, Colombia y Panamá, reconocieran a su Gobierno.

La naturaleza apenas formal de la coalición contra el golpe se hará aún más patente cuando en los próximos días la OEA envíe una misión a Honduras, que con toda probabilidad recomendará el reconocimiento del Ejecutivo hondureño; y otro tanto vale para España, Alemania, Francia, Suecia, Italia, Suiza y Holanda, que aunque condenaron el golpe, mandaron representante oficial a la toma de posesión, señal inequívoca de que aceptaban las consecuencias del putsch. Como las aguas bautismales, las elecciones parecen lavar cualquier pecado original contra la democracia.

Y aunque las características del golpe, tan funcional, tan modesto que no reclama ningún presunto poder corrector para las Fuerzas Armadas, muestran cómo la asonada clásica ya no es posible, pero exponen, en cambio, las graves deficiencias de la democracia en parte de América Latina. Nadie, excepto el chavismo y en su caso sólo para no perder un aliado, pidió seriamente que se castigara a los golpistas, y casi todos se habrían conformado con que Zelaya hubiera vuelto por unos días a ser presidente para salvar la cara.

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