“Los jóvenes se han olvidado de que el sida todavía existe”.

JOSEP GARRIGA, El País  Barcelona – 06/04/2010

A sus 78 años, Luc Montagnier confiesa que todavía está pendiente de hacer la “revolución”, es decir, lograr que la investigación en Europa se sitúe por encima de otros países como Estados Unidos. Él, en 2008, ya puso su grano de arena en esta ardua tarea: consiguió el Nobel de Medicina por descubrir el virus del sida.
Luc Montagnier

Luc Montagnier, descubridor del virus del sida.- GIANLUCA BATTISTA

A sus 78 años, Luc Montagnier confiesa que todavía está pendiente de hacer la “revolución”, es decir, lograr que la investigación en Europa se sitúe por encima de otros países como Estados Unidos. Él, en 2008, ya puso su grano de arena en esta ardua tarea: consiguió el Nobel de Medicina por descubrir el virus del sida.

Pregunta. En 1993 usted afirmó que había que convertir el sida en una enfermedad crónica como la diabetes. De momento es una enfermedad controlada...

Respuesta. Controlada en parte, no totalmente. Aún no hemos conseguido que sea crónica porque la persona bajo tratamiento terapéutico no está curada. Una infección es crónica si el sistema inmunitario la controla, como ese 20% de los infectados que nunca han caído enfermos. Y este control nos ha llevado a que las nuevas generaciones olviden que el sida todavía sigue ahí. Existe una sexualidad desbocada en la que las drogas y el alcohol son inquietantes.

P. Su compañero de premio, Harald zur Hausen, obtuvo el Nobel por descubrir el virus del papiloma humano causante del cáncer de cuello de útero y ya se está vacunando a adolescentes. No ha sucedido lo mismo con el sida.

R. La vacuna preventiva no es el problema más actual, las pruebas han fracasado. Por el contrario, la vacuna terapéutica que se va a administrar a las personas ya infectadas puede ser útil para deshacerse del virus. Pero para conseguirlo hacen falta tres factores: luchar contra el estrés oxidante para reanimar el sistema inmunitario, estimularlo mediante unas proteínas del virus, y atacar las formas de los virus que son invisibles para el sistema inmunitario y para el tratamiento, que se conocen como depósitos del virus. Con estos tres requisitos se puede erradicar la infección.

P. Podría pensarse que, después de obtener el Nobel, el que ahora fomente tratamientos antioxidantes como la papaya fermentada supone entrar en un terreno menos científico. Pero en 2002, en el mismo Vaticano, ya se lo recomendó a Juan Pablo II para minimizar el Parkinson.

R. En los años noventa descubrimos la existencia de un estrés oxidante muy importante en las infecciones causadas por el virus del sida al principio de la infección, por lo que ampliamos las investigaciones a otras enfermedades. En 1997 organicé un congreso sobre Estrés oxidante: cáncer, sida y enfermedades neurodegenerativas, lo que significa que tratar el estrés oxidante no es un problema menor, sino científico. A partir de ahí me interesé, junto al doctor Hikiyachi, por los extractos naturales de plantas antioxidantes y por la papaya fermentada. En aquella época no existía la triterapia. Ahora mi idea de curar el sida y los antioxidantes forman parte de esa investigación.

P. Los antioxidantes afectan a la variabilidad de las células por lo que es imposible frenar ese proceso de oxidación, fundamental en el cáncer y en el sida.

R. Los médicos ignoran que el estrés oxidante, las oxidaciones de ADN, causan el cáncer. Se piensa en los productos carcinogénicos específicos, pero este estrés puede inducir por sí mismo mutaciones de los cromosomas.

P. ¿Cómo actúan los antioxidantes? Cada infección induce el estrés oxidante. Este estrés oxidante debido a la insuficiencia de defensas antioxidativas, es una lucha, un equilibrio perpetuo. Tenemos productos antioxidantes, los fabricamos, los ingerimos -vitaminas, Resveratrol, vino tinto- que ayudan a nuestro organismo a luchar contra el estrés oxidante, y aparecen unos factores, que son síntoma, causa y consecuencia al mismo tiempo de esas enfermedades crónicas, únicamente cuando ya no logramos combatirlo.

R.Cada infección induce el estrés oxidante. Este estrés oxidante debido a la insuficiencia de defensas antioxidativas, es una lucha, un equilibrio perpetuo. Tenemos productos antioxidantes, los fabricamos, los ingerimos -vitaminas, Resveratrol, vino tinto- que ayudan a nuestro organismo a luchar contra el estrés oxidante, y aparecen unos factores, que son síntoma, causa y consecuencia al mismo tiempo de esas enfermedades crónicas, únicamente cuando ya no logramos combatirlo.

P. O sea que hay que ingerir vitaminas.

R. Las vitaminas son una parte de los antioxidantes y no pueden compensar el estrés oxidante. Es necesario recurrir a una mezcla compleja de productos naturales. El extracto de papaya es un ejemplo, pero hay que tener cuidado de no caer en el puro marketing. Los médicos han de recetar estos productos. La gente no puede comprarlos en los supermercados pensando que cuantos más se tomen, mejor. Al contrario, los antioxidantes pueden ser pro oxidantes en dosis elevadas.

P. En aquella visita al Vaticano expresó sus críticas sobre la posición de la Iglesia católica respecto a los métodos anticonceptivos.Existen dos actitudes posibles ante el miedo del hombre frente al cambio, la muerte. La primera consiste en volver al dogma religioso y seguirlo. Y la segunda, aceptar el cambio porque los conocimientos científicos son más grandes que cuando se fundaron las religiones. Hace tres siglos se creía que el Sol giraba alrededor de la Tierra o se pensaba que los espermatozoides eran hombrecitos que se agrandaban en el útero. Los creyentes deberían adaptarse a estos conocimientos. Pero hay valores universales de esas religiones que debemos preservar. La Iglesia debería aceptar que el hombre, por sus conocimientos, puede controlar la contracepción.

R. Existen dos actitudes posibles ante el miedo del hombre frente al cambio, la muerte. La primera consiste en volver al dogma religioso y seguirlo. Y la segunda, aceptar el cambio porque los conocimientos científicos son más grandes que cuando se fundaron las religiones. Hace tres siglos se creía que el Sol giraba alrededor de la Tierra o se pensaba que los espermatozoides eran hombrecitos que se agrandaban en el útero. Los creyentes deberían adaptarse a estos conocimientos. Pero hay valores universales de esas religiones que debemos preservar. La Iglesia debería aceptar que el hombre, por sus conocimientos, puede controlar la contracepción.

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