El genio de lo mínimo. El País-Ciencia del 28/03/2010

Usted no podría tener un teléfono móvil en su bolsillo sin el matemático Thomas Kailath. Gracias a sus investigaciones se dio el paso decisivo en la miniaturización de los chips

LOLA GALÁN  28/03/2010

En el otoño de 1957, nada más llegar al Massachusetts Institute of Technology (MIT), Thomas Kailath recibió el encargo, como el resto de sus compañeros, de programar un gran ordenador IBM. Para Kailath, un veinteañero procedente de la Universidad de Pune (India), era una papeleta, porque no había visto en su vida nada igual. Pero de inmediato quedó fascinado por el potencial de aquella máquina. Y supo que ahí estaba su futuro. Idear nuevos caminos matemáticos para hacer más potentes los ordenadores.

Décadas después, Kailath lograría, mediante el desarrollo matemático, romper una barrera histórica en la miniaturización de los chips. La barrera de los 100 nanómetros. Hasta hace unos años, se creía que las características más pequeñas que se podían grabar en un chip eran de 100 nanómetros [un nanómetro es una millonésima parte de un milímetro] ahora el límite está en 32. Y sigue bajando.

Una aportación con grandes implicaciones. “Cuanto menor es el espacio entre los transistores de un microchip, mayor número de ellos se puede incluir, con lo que aumenta su potencia”, dice Kailath en conversación telefónica desde su casa de Palo Alto (California).

Nacido en Pune (India) hace 74 años, este matemático e ingeniero acumula medallas, honores y premios conseguidos en más de cuarenta años de actividad como profesor primero y titular después de la cátedra de Ingeniería Hitachi de la Universidad de Stanford, en California. Al impresionante palmarés se suma ahora el premio de la Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento 2009, en la categoría de Tecnologías de la Información y la Comunicación. Un premio que se otorga desde 2008 en ocho categorías, con una dotación de 400.000 euros para cada una, lo que lo convierte en uno de los más importantes del mundo.

La investigación de Kailath ha sido especialmente valorada porque permitió, en palabras del jurado, “fabricar circuitos integrados con componentes menores que la propia onda de luz usada para construirlos, el equivalente a trazar una línea más fina que la punta del lápiz empleado”.

“Es cierto que el ciudadano de a pie no conoce la importancia de sus trabajos”, explica por correo electrónico el presidente de la Sociedad de Procesado de Señal, de la Universidad Carnegie Mellon (Estados Unidos), José Manuel F. Moura, que propuso a Kailath para el premio. “Pero gracias a ellos, se han podido construir chips más pequeños, con posibilidades de llevar billones de transistores y ser utilizados en teléfonos móviles. Eso significa que los móviles pueden funcionar como un ordenador. Que se pueden ver vídeos en ellos y escuchar música. Todo eso ha hecho posible los iPhone, con los que la gente disfruta y se comunica”.

El fulgurante avance de esta tecnología, que ha cambiado la faz del mundo, no deja de plantear notables riesgos. “Aumenta el hacking, y la seguridad de los sistemas está cada vez más amenazada”, dice Kailath. “Por fortuna, se está investigando a fondo en sistemas de cifrado para evitar que estas debilidades sean utilizadas por los terroristas. Al mismo tiempo, creo que habría que concienciar más a la gente sobre los riesgos de Internet. El potencial delictivo en la red es enorme”.

La historia de Thomas Kailath es el sueño de los miles de jóvenes de todo el mundo que llegan a las universidades estadounidenses con una beca en el bolsillo. Pasó de una vida modesta en India, sin otra ambición que ser funcionario, a convertirse en una celebridad del mundo académico. Y fueron las matemáticas, pese a su escasa disposición inicial para la materia, las que le abrieron las puertas del éxito. “Tuve un gran profesor en India que se empeñó en que fuera el primero de la clase también en matemáticas”, recuerda. ¿Cómo se hizo realidad este cuento de hadas? “Mi familia procede del Estado de Kerala. Somos cristianos. Y el padre de un amigo de la parroquia de mi ciudad, que se había doctorado en Estados Unidos, me instó a solicitar una beca allí. Él conocía gente importante. Envié mi petición al MIT y a la Universidad de Harvard. Ambas instituciones me admitieron”. Kailath se decidió por el MIT. De ahí dio el salto a la Universidad de Stanford, cuna de Google y Facebook, de la que ha sido profesor en activo hasta hace ocho años.

Kailath, que tiene la nacionalidad estadounidense desde 1976, es, obviamente, un entusiasta del sistema educativo del país.

“Estados Unidos es líder en tecnología y lo seguirá siendo por sus excelentes universidades y su capacidad de atraer inmigrantes”, dice. “La educación no es memorística. A los exámenes se va cargado de libros para consultar. El estudiante recibe mucha información teórica sobre la que basar su trabajo práctico”. Empresas de primera fila en diversos campos tecnológicos patrocinan investigaciones orientadas a resolver problemas concretos de la propia compañía, del Gobierno o del ejército.

Kailath cuenta que la investigación que le llevó a obtener el premio de la Fundación BBVA partió de un reto que le propuso en 1990 un famoso matemático estadounidense, Louis Auslander. El Gobierno de Washington, preocupado por la superioridad de la industria manufacturera de Japón, estaba dispuesto a invertir grandes sumas en superarla. Eso le permitió a Kailath obtener un contrato para investigar en la industria de los circuitos semiconductores. Un terreno en el que nunca había entrado.

La actividad de Kailath no se ha limitado a la investigación, ni a la docencia, aunque ha escrito más de 400 textos y es miembro de varias academias de ingeniería. En 1980 se dejó contagiar por la fiebre empresarial de Silicon Valley, donde cofundó dos o tres empresas. Con la primera, Integrated Systems, creada en 1980 para investigar en procesado de señales, se hizo rico. Aun así, prefirió no variar el tren de vida que llevaba como profesor ni dejar su casa en el campus de la Universidad de Stanford. Puso dinero en un trust pensando en sus cuatro hijos e invirtió en varias ONG auspiciadas por su esposa, hoy fallecida.

Su carrera empresarial no se ha parado. En 2003, ya alejado de la docencia, contribuyó a crear otra empresa relacionada con su campo de actividad. “He tenido mucha suerte. Dinero no necesito”, dice. Por eso, la fabulosa suma del premio BBVA, “irá a parar casi por completo a las fundaciones benéficas que monté con mi esposa Sarah para apoyar la educación de gente sin recursos y ayudar a las mujeres”. ¿Y el resto? “Organizaré conferencias, encuentros restringidos de especialistas para discutir sobre los nuevos retos que afronta esta tecnología”.

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