Firmar la paz es cosa de dos. BERNARD-HENRI LÉVY, El País – Domingo del 09/05/2010

Hamás y Hezbolá son organizaciones de inspiración estricta y rigurosamente fascista. Pero no es menos evidente que el bando israelí también ha cometido errores importantes. (comentario: quizás)

Si yo hubiera redactado el “llamamiento a la razón” publicado el lunes pasado en Bruselas por Jcall, desde luego no habría empleado la expresión “falta moral”.
Hamás
Manifestantes palestinos pro Hamás recorren las calles de la ciudad de Rafah, en la franja de Gaza, el 26 de marzo de 2010.- Reuters

Habría insistido en el riesgo de parecer arrogantes que implica siempre -cuando no se vive en Israel, cuando no se comparten las alegrías ni tampoco las preocupaciones, los sufrimientos ni, a veces, los dramas que marcan el sino cotidiano de los ciudadanos israelíes- el aparentar querer darles lecciones.

Enterado, además, de que la historia tiene más imaginación que los hombres y de que, por tanto, nunca se sabe qué trampas o sorpresas les reserva, tal vez habría tomado la precaución de recordar que, en uno de sus primeros discursos, el actual primer ministro terminó suscribiendo -sin convicción, con la boca pequeña, pero lo hizo- el principio de dos Estados para dos pueblos.

Pese a estas reservas, creo que el llamamiento es una buena iniciativa.

Y no sólo he aceptado firmarlo, sino apadrinarlo; y lo he hecho por, al menos, tres razones de fondo.

1. No es posible celebrar la excepción…, ¿qué digo?, el milagro que constituye la vitalidad de la democracia israelí, que ha sobrevivido a sesenta y dos años de una guerra larvada, y a veces total, y lamentarse al mismo tiempo de que el viento del libre debate -y, por tanto, la expresión de opiniones diversas y el espíritu democrático- sople entre los amigos de Israel: las comunidades judías no son bloques; no tienen razón alguna para marchar al paso de tal o cual institución ni para alinearse con sus resoluciones; al margen de los propios hebreos (pues, felizmente, la causa de Israel tiene partidarios más allá del mundo judío), el hecho de estar divididos nunca debilita a los demócratas, sino que los refuerza.

2. No se puede ser sionista, es decir, creer no sólo en la legitimidad de Israel, sino -lo que es mucho más importante- en su grandeza, en su nobleza -Levinas hubiera dicho en la realidad metapolítica del Estado nacido del sueño de Théodor Herzl y algunos más-, y confundir esa realidad con los rostros provisionales, inciertos, a veces infieles o desfigurados, con los que lo travisten, como en todas partes, las vicisitudes de una vida política sometida a los caprichos de la opinión pública, cuando no a los de la ley electoral y sus efectos perversos: amar a Israel, amarlo realmente, es, dicho de otro modo, ser capaz de distinguir entre el mismo Israel y el Gobierno de turno; es no temer, como en todas las democracias, y en esta menos que en ninguna, criticar a uno para honrar mejor al otro; es pensar, preconizar, practicar un principio de incondicionalidad que sólo se puede soportar si se subraya, al mismo tiempo, y cada vez que se manifiesta, la inevitable falibilidad de los hombres y de sus coaliciones coyunturales.

3. Es evidente que Hamás y Hezbolá son organizaciones de inspiración estricta y rigurosamente fascista; que no tienen el menor deseo no ya de firmar la paz, sino de reconocer lo que nunca han designado de otro modo que como “la entidad sionista”; que sus adversarios de la OLP tampoco han roto aún con ese arte del doble lenguaje cuyo maestro fue el difunto Yasir Arafat; en resumen, que el bando palestino tiene una parte de responsabilidad importante y, desde mi punto de vista, determinante, en lo que las cancillerías han dado en llamar púdicamente el “bloqueo” del proceso de paz. Pero no menos evidente es que: primero, el bando israelí también ha cometido, y desde hace tiempo, errores importantes y de muy largo alcance; y segundo, que otra diferencia entre estos errores y los otros es que a un hombre dotado de razón no le resulta completamente imposible enunciarlos, por no decir “denunciarlos”, con una pequeña probabilidad de despertar aunque sólo sea un vago eco en aquellos y aquellas que los han cometido o dejado cometer. Dicho de otro modo: no hay un lenguaje común, y me quedo corto, entre los fascislamistas de Hezbolá y yo; las probabilidades de ver cómo un llamamiento a la razón salva el muro de su odio sin cuartel y sin límite están, lo sé, cercanas a cero; hablar con un proisraelí de la continuación de los asentamientos, o incluso con un religioso resuelto a no ceder en lo que respecta a Jerusalén, me parece, en cambio, dentro del orden de lo posible y, por tanto, absolutamente necesario.

He luchado durante toda mi vida contra la deslegitimación de Israel. He defendido la legitimidad de su punto de vista en todas las guerras a las que Tzahal se ha visto empujado desde que entré en la edad adulta. Todavía hoy, cada vez que aterrizo en Tel Aviv, me tomo el tiempo de hacer una visita a mis amigos de Sderot, la ciudad sureña que vive bajo la amenaza de los obuses de Hamás. Pues bien, es esa misma postura lo que me hace dirigirme ahora a los dirigentes israelíes para implorarles, en el fondo, que recuperen la inspiración de sus ilustres mayores: la de Ben Gurión cuando ratificó, en 1948, el plan de partición de Naciones Unidas; la de Isaac Rabin y Simón Peres cuando asumieron, treinta años después, el riesgo de los acuerdos de Oslo, e incluso la del joven Ehoud Barak cuando le propuso a Arafat, hace casi exactamente diez años, un tratado que este no aceptó, pero cuyos principios, e incluso cláusulas, no han envejecido en absoluto. Claro está que firmar la paz es cosa de dos. Pero no está prohibido dar un paso, aunque sea en solitario. Y si es posible, un paso decisivo.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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