Residencia de talento. JAVIER RODRIGUEZ MARCOS. El País Semanal del 20/06/2010

Hace cien años abría sus puertas en madrid una institución única. ‘Laboratorio’ de un país laico y tolerante, que ha sido testigo de un siglo convulso y hogar del mejor talento. Y que mira al futuro con el “espíritu de la casa” intacto. Un espíritu que se resume en dos palabras: libertad y razón.

 La tarde del 12 de junio de 1986, medio siglo después de que la Guerra Civil la convirtiera en hospital, la Residencia de Estudiantes celebró el acto inaugural de su segunda etapa. Aquel día tuvo lugar algo que el fundador de la casa, Alberto Jiménez Fraud, no vivió para ver -había muerto en 1964-, pero a lo que siempre se refirió como la “reconquista de la Residencia”. Al número 21 de la madrileña calle del Pinar acudieron dos antiguos asiduos, dos supervivientes de la Generación del 27: Rafael Alberti con su camisa de flores; Dámaso Alonso con la suya de director honorario de la Real Academia Española. Al final del acto, José García-Velasco, corazón y cabeza de la nueva vida de la institución, acompañó a Dámaso Alonso, de 88 años, hasta la puerta. Cuando se ofreció a llamarle un taxi, la respuesta del poeta, como el acto del que salía, fue todo un viaje en el tiempo: “No se preocupe. Tomaré el tranvía del Hipódromo”.

 García-Velasco, que entonces tenía 35 años, lo recuerda mientras atraviesa el pasillo de romero, tomillo y jara que da a esta entrada un olor único. Pura naturaleza en medio del asfalto. La Residencia de Estudiantes, cuya vida arrancó con el curso universitario en octubre de 1910, es hoy sitio de patrimonio europeo como la acrópolis de Atenas o el palacio de los Papas de Aviñón, pero en España el sangriento siglo XX duró más de cien años, y este lugar al que Juan Ramón Jiménez bautizó como la Colina de los Chopos conserva una parte de sus viejas heridas. También conserva las cuatro adelfas que el premio Nobel de literatura de 1956 plantó en el jardín que diseñó él mismo entre los dos edificios de habitaciones, los Gemelos, levantados por el arquitecto Antonio Flórez entre 1913 y 1915. Hasta entonces, la Residencia estuvo instalada en la calle de Fortuny, no lejos de la sede definitiva.

 Allí vivía Juan Ramón invitado por Jiménez-Fraud, discípulo de Francisco Giner de los Ríos, el impulsor de la Institución Libre de Enseñanza. “Mi cuarto es precioso”, escribió el poeta a su madre en esos días, “tiene tres ventanas grandes al jardín y todo el día lo tengo lleno de sol”. Y al momento le relata las maravillas de su situación de residente de honor (con 32 años): una librería en la que “caben más de 500 libros”, la estufa, el lavabo, el “roperito de pino barnizado”, la cama, “que de día es un diván vestido”, el “desayuno de tenedor” en el que se puede comer todo el pan que se quiera, el agua filtrada y hervida, el baño diario, las clases de idiomas gratuitas…

 Alberto Jiménez Fraud, un malagueño cosmopolita que conocía bien las universidades europeas, tenía solo 28 años cuando se puso al frente de una casa a la que convocó a figuras de las letras, la ciencia y la pedagogía para que, “sin reglamento ni cargos determinados”, influyeran en el ambiente. El espíritu de la ILE y el abrigo de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, dependiente del Ministerio de Instrucción Pública y presidida por Ramón y Cajal, consiguieron que entre 1910 y 1936 la España improbable se convirtiera en posible.

 En un país que olía a cerrado y en el que el binomio educación-religión era algo más que una simple rima, la Residencia de Estudiantes fue, como la propia Junta, el “laboratorio” de un país laico y tolerante, instruido y limpio. Fue, sí, el primer colegio mayor en Madrid desde el siglo XVIII, pero fue también mucho más que eso. Sus instalaciones albergaron el primer partido de tenis de la historia de España y su sello editorial publicó el primer libro de Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote. Las dos cosas dan idea del carácter de un lugar al que Julio Caro Baroja se refirió como “el primer centro cultural de España durante dos decenios”. También da idea de la importancia que se concedía a la formación integral de la mente y el cuerpo. El hecho, además, de que allí se instalara el primer cinefórum del país, o de que su laboratorio de fisiología lo dirigiera Juan Negrín, futuro jefe de Gobierno de la II República, ilustra el esfuerzo de Jiménez Fraud por superar la tradicional separación entre cultura científica y cultura humanística. Cuatro de los siete premios Nobel con que cuenta España tuvieron relación con la Residencia. Dos de ciencias (Ramón y Cajal y Severo Ochoa) y dos de letras (Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre).

 José Castillejo, secretario de la Junta para la Ampliación de Estudios, explicaba así los principios de un lugar que no solo ofrecía una vida alejada del modelo al uso -la insalubre pensión de novela picaresca-: “Su propósito fue sacar provecho de la fuerza educativa en un ambiente espiritual. Juegos, excursiones, conferencias, buenas bibliotecas y contacto directo con personalidades eminentes de las ciencias o las artes, españoles o extranjeros, eran rasgos esenciales”. Al mismo tiempo, tenía que compensar las tres grandes deficiencias de las universidades de la época: la falta de conocimiento de “lenguas modernas”, la precariedad de los laboratorios y la ausencia de atención individual a los estudiantes.

 El programa tenía un pie en la truncada tradición española de los colegios mayores y otro en los colleges británicos, pero Jiménez Fraud defendió siempre que la búsqueda de la excelencia no tenía por qué ser elitista. Aparte de que el decreto de creación de la Residencia establecía un sistema de becas para “alumnos pobres de méritos relevantes”, su director alertó constantemente contra el riesgo de que la formación de una minoría acarreara la creación de una clase “que después de dar vida a valores culturales quiera retenerlos para sí sola”. La idea era educar ciudadanos, no señoritos.

 “Creo que los años del 20 al 27 fueron los más interesantes en la Residencia”. Es lo que escribió en sus memorias José Moreno Villa, uno de los dones (tutores) de la institución, el encargado de llevar cada sábado a los residentes al Museo del Prado. Moreno Villa explica así su predilección: “Fueron los años en que coincidieron allí García Lorca, Salvador Dalí, Emilio Prados, Luis Buñuel, Pepín Bello y otros espíritus juveniles llenos de ocurrencias”. Aunque la sombra de la trinidad formada por Lorca, Dalí y Buñuel es tan alargada que corre el riesgo de oscurecerlo todo, su papel en la literatura, la pintura y el cine españoles ha sido tan determinante, que la atracción, por fatal que resulte, es más que comprensible.

 El propio Jiménez Fraud recordaba con fascinación su primera charla con Lorca cuando este no era más que un aspirante a instalarse en el Cerro del Viento. El poeta granadino viviría allí intermitentemente entre 1918 y 1928. Es decir, entró siendo un genio inseguro de apenas 20 años y salió con el Romancero gitano y Mariana Pineda en el bolsillo. “Daba la impresión de que manaba música”, dijo de él Moreno Villa, que vio en Dalí a alguien que era “todo lo opuesto” a Lorca y, de paso, al histrión que hizo de sí mismo durante la posguerra: “Delgaducho, casi mudo, encerrado en sí, tímido, como un niño abandonado por primera vez o separado violentamente de su padre y de su hermana, melenudo, no muy limpio, enfrascado siempre en las lecturas de Freud y de los teorizantes modernos de la pintura”. Los dos se sentían, dice, “los gallitos triunfadores”. Buñuel, entre tanto, era “el gran loco”, un “mocetón atlético” al que desde muy temprano se veía “semidesnudo” salir a practicar el salto con pértiga y el boxeo de salón.

 Pero si la nómina de lumbreras nacionales es casi enciclopédica, la de conferenciantes que pasaron por la Residencia en sus primeros 27 años de vida es de este mundo, pero de otra galaxia. Marie Curie disertó allí sobre la radioactividad; Howard Carter, sobre su hallazgo, dos años antes, de la tumba de Tutankamon, y Albert Einstein, sobre la teoría de la relatividad. Y con un traductor de campanillas, José Ortega y Gasset. A esa nómina habría que añadir a John M. Keynes, que habló sobre la situación económica que esperaba a sus nietos (o sea, a nosotros) y al escultor Alexander Calder, que desplegó su famoso circo en miniatura y obligó a que todos los invitados (personalidades incluidas) se sentaran en el suelo si no querían perderse la función. Paul Valéry, Chesterton, Stravinsky, Poulenc y Marinetti fueron otros de los visitantes de aquellos años. Muchos dejaron, además, sus dedicatorias dibujadas en el álbum de Natalia, la hija del director. Es lo que hizo Le Corbusier, al que la Residencia dedica estos días una exposición recordando su visita de 1928. A su vuelta a París, el suizo, para muchos el Picasso de la arquitectura, publicó en la prensa sus impresiones del viaje: “La Residencia es una acrópolis sembrada de chopos donde el señor y la señora Jiménez han creado un centro para estudiantes, escuela de solidaridad, de espíritu de iniciativa, de sólida virtud. Es como un monasterio sereno y alegre. ¡Menuda suerte para los estudiantes!”.

 La suerte se acabó en julio de 1936. Con la guerra se izaron en la colina las banderas británica y estadounidense para proteger a los participantes en los cursos de verano, pero los estudiantes terminaron huyendo. Moreno Villa recordaría luego cómo se oían cada noche descargas de fusilamientos en los alrededores. Al amanecer, las criadas hablaban de las víctimas de los “paseos”: un día, un “señorito fascista” con zapatos de charol; otro, un “pobre de alpargatas”. “Se fijaban mucho en el calzado”, añade el don. El apunte de un observador.

 en la casa, convertida sucesivamente en escuela de huérfanos, cuartel de guardias de asalto y hospital de carabineros, no quedó un solo papel. Tras la victoria franquista, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) sustituyó a la Junta para la Ampliación de Estudios y comenzó lo que Alicia Gómez-Navarro, que en 2004 tomó el relevo de García-Velasco al frente de la institución, denomina la “destrucción urbanística” del entorno de la Residencia. La suya iba a convertirse en una memoria proscrita. Así, los edificios de ladrillo que tanto habían gustado a Gropius, el fundador de la Bauhaus, por su “neomudéjar funcional”, vieron cómo sus vistas al Guadarrama quedaban cercenadas por construcciones sin otro mérito que ser las traseras de unas traseras. En las fachadas posteriores, la pinza quedó asegurada por la espalda de un edificio inspirado en la cancillería del Tercer Reich alemán. Ya en la calle de Serrano, el auditorio fue convertido en iglesia. El espíritu crítico tuvo que dejar su sitio al Espíritu Santo. Ese es su nombre ahora. Ni rastro quedó de la traza original ni de la reunión que celebró allí en 1933 el Comité de Artes y Letras de la Sociedad de Naciones. “Quisieron consagrar el lugar en el que había tenido lugar la impiedad“, dice José García-Velasco mientras pasea por lo que queda del jardín primitivo. “Aunque muchos residentes iban a misa con el director a San Fermín de los Navarros, ciertos sectores no perdonaron nunca que esto fuera un islote de tolerancia. Les parecía inconcebible que aquí no hubiera capilla”.

 En 1960, para recordar el medio siglo que había pasado desde la fundación de la obra de su vida, Alberto Jiménez Fraud escribió desde el exilio en Gran Bretaña unas palabras llenas, pese a todo, de fe en la naturaleza razonable de los seres humanos: “La emoción liberal que nos guiaba no persiguió principios absolutos (cuya falta de confines se presta a la vaguedad de las aspiraciones y a la imprecisión de las acciones), sino que se limitó, y se limita, a restaurar las necesidades básicas humanas de libertad y de razón”. No parece mucho: razón y libertad. A algunos les pareció demasiado.

 La primera etapa de la Residencia de Estudiantes duró 27 años. La segunda dura ya 24. El lugar está cargado de historia, alberga la Fundación Federico García Lorca, custodia el archivo de la Junta para la Ampliación de Estudios y legados como los de Manuel Altolaguirre, Emilio Prados o Luis Cernuda. Eso sí, no hay un solo cuadro en las paredes. A Roberto Rubio, un matemático valenciano de 27 años que lleva cuatro como becario, le gusta así: “Está bien que haya espacios en blanco. Que sea un lugar al que hay que venir a poner algo”. También están en blanco las paredes de su habitación, un escueto camarote en el que las ecuaciones conviven con los discos, un catálogo de Goya o un libro de Nick Hornby. Detrás de la puerta guarda la tuba con la que toca en el grupo de jazz que hace un par de años improvisaron algunos becarios. Se llama Banda Tributo a Pepín Bello, en memoria del histórico bartleby de la Generación del 27 que durante años ejerció de puente entre la Residencia antigua y la nueva. Rubio, que en otoño marchará a Oxford con una beca para terminar su tesis, recuerda las fotos de este mismo edificio que había en su libro de bachillerato, pero prefiere “obviar los nombres propios”. Y, por supuesto, la frontera entre ciencias y letras. Para él, su casa actual son tanto Lorca y Buñuel como Cajal y Einstein. Sentado en el pabellón central en una de las espartanas butacas que Torres Clavé diseñó para el pabellón de la República de 1937, toma un programa de actos y señala: una exposición de arquitectura, dos conciertos, una lectura de poemas de Pere Gimferrer y la conferencia de un miembro del Instituto de Física Teórica cuyo título es casi de novela: Seis mil físicos zarpan hacia un “mundo” inexplorado.

 Para Alicia Gómez-Navarro, “la relación interdisciplinar e intergeneracional” es la base de la institución que dirige, un lugar en el que la memoria se demuestra andando, sin nostalgias y sin añoranzas, sin que la historia sea un dique para el futuro. De hecho, la Residencia de hoy ni siquiera necesitaría echar mano de su ilustre pasado durante la edad de plata para colgarse todas las medallas. Desde 1986 han hablado entre estas paredes eminencias como Jacques Derrida, Paul Ricoeur, Pierre Boulez, Stockhausen, Stephen Jay Gould, Roger Penrose, E. L. Doctorow o Seamus Heaney. Y de la cultura en español, todo el mundo. Por lo que tiene de hotel sui géneris para estudiosos y artistas de paso -sui géneris y rentable: todo el mundo paga su habitación- tanto como por lo que tiene de sede continua de actividades, en los pasillos de la Residencia pueden coincidir Doris Salcedo, reciente premio Velázquez de artes plásticas, y el politólogo Sami Naïr, los participantes en un seminario sobre bibliotecas virtuales y los de otro sobre canto coral. Y los becarios. De hecho, Roberto Rubio guarda buenos recuerdos de sus charlas de comedor con José Emilio Pacheco y Tess Gallagher, dos escritores que le triplican la edad. Cuando se les pregunta a un residente estable o a uno de paso qué tiene de especial este lugar, casi todos responden lo mismo: siempre te encuentras a alguien.

 Cien años después de su fundación, ¿qué le falta a la Residencia de Estudiantes? Alicia Gómez-Navarro acaba de estar en El Cairo tramitando el préstamo de algunas piezas del ajuar de Tutankamon para la exposición conmemorativa de las visitas que los grandes exploradores de los años veinte hicieron a la Colina de los Chopos. En la puerta del museo arqueológico hay, cuenta Gómez-Navarro, una “lista de deseos” con las obras que Egipto reclama a otros países. Sentada en un salón de actos que muchas veces se ve desbordado, la directora de la Residencia elabora tímidamente su propia lista: tal vez un salón de actos mayor para compensar la pérdida del auditorio histórico, una sala de exposiciones mejor adaptada…

 Solo tal vez, porque la palabra clave en el cumpleaños de la institución es normalidad. Con todo, no hace falta conocer mucho el turbulento y cainita panorama de los centros culturales españoles para darse cuenta de que la Residencia de Estudiantes tiene un lado excéntrico de puro normal. En muy pocos lugares el director en ejercicio nombraría comisario de los actos del centenario a su antecesor. Es lo que Alicia Gómez-Navarro hizo con José García-Velasco, que aceptó con “carácter honorario”. Traducción: sin sueldo. Otra excentricidad: ninguno de los dos le da la más mínima importancia. Ya esta dicho: lo normal. Prefieren hablar de las dos líneas de trabajo que centran todas las actividades de la casa -la historia intelectual, por un lado; el porvenir de la cultura, por otro-. O del portal Edad de Plata (www.edaddeplata.org), una herramienta revolucionaria para la consulta de los cientos de miles de documentos con los que cuenta la colección digital de la Residencia. El porvenir de la cultura, en efecto.

 Haciendo honor a su relación con la Universidad, el centenario no durará un año, sino un curso. De ahí que hasta 2011 se sucederán las actividades: exposiciones en el Museo del Prado, el Reina Sofía y CaixaFórum, la de los grandes “viajeros por el conocimiento” en la propia sede -no diremos mítica- de la calle del Pinar… En estos días, además, el dramaturgo José Ramón Fernández ultima ya una obra de teatro para el Centro Dramático Nacional: Café en el laboratorio de Negrín.

 Hay cinco palabras, casi siempre entrecomilladas, que se repiten en todas las evocaciones de la Residencia de Estudiantes y en todas las conversaciones con los que viven y trabajan allí: “El espíritu de la casa”. Las usan como un antídoto contra la tentación de convertirse en la casa de los espíritus, por ilustres que sean. ¿Y cuál es ese espíritu? Jiménez Fraud lo resumía en aquellas palabras: libertad y razón (y el hecho de que en su librito del cincuentenario la censura franquista pusiera “amplia formación” donde él había escrito “educación liberal” y “plena libertad” es todo un dato). Sus sucesores añaden otras: conocimiento, tolerancia, espíritu crítico.

 “El reto es que, sin hagiografías, la sociedad española conozca esa tradición y se sienta orgullosa de ella”, apunta Alicia Gómez-Navarro. “Que sepa, por ejemplo, que nuestra democracia viene en parte de allí”. Roberto Rubio, el matemático que apura sus últimas semanas en la Colina de los Chopos, es consciente de la sensación de aislamiento que puede dar una institución construida en un cerro. “Además, hay que pasar por delante de la garita del CSIC”, añade bajando a lo más práctico. “Entiendo que infunda respeto, pero solo hay que decir una frase mágica que no tiene nada de mágica: ‘Voy a la Residencia’. Y entras”.

 © EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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