‘La gente que ha sufrido mucho quiere ahorrarte el dolor’. LUIS MIGUEL ARIZA. El País Semanal del 24/10/2010

Comenzó con un pequeño hospital nocturno en París para atender casos de una extraña epidemia. Ahora dirige el Fondo Mundial contra el Sida. Este francés, hijo de emigrantes rusos, lleva 30 años luchando contra la discriminación y la muerte.

En los tiempos en los que el sida comenzaba a enseñar las garras frente a la estupefacción de los científicos y el público hubo un doctor que no tuvo miedo. Mientras los periódicos recogían los horrores de la nueva peste del siglo XX, cuando empezaba a verse a las claras que no era una enfermedad maldita ni un castigo divino restringido a los homosexuales, sino que sus zarpas podían alcanzar a cualquiera, Michel Kazatchkine se mantuvo firme. “Me acuerdo bien de esos tiempos”, dice este médico cuyos padres, procedentes de Rusia, llegaron a Francia antes de la II Guerra Mundial. “Por entonces era investigador clínico y trabajaba en las enfermedades del sistema inmune, por lo que me llegaban los casos más extraños. Así que a principios de 1983 recibí a una pareja francesa, un hombre y su mujer. Tendrían unos 40 o 45 años y mostraban una inmunodeficiencia severa, fiebres e infecciones oportunistas. No había diagnóstico y nos tomó cierto tiempo pensar en esta nueva enfermedad que se conocía desde hacía tres años en Estados Unidos. En Francia se tildaba como el mal de los gays o de los hemofílicos, pero ahí estaban ese hombre y su mujer que venían de África. Tenían el sida. Y murieron uno tras otro. Fue muy duro. Me impresionó”. Eran tiempos en los que Kazatchkine se reunía con otros doctores los sábados por la mañana para hablar de la nueva enfermedad. El hospital en el que trabajaba, Broussais, era uno de los mayores centros cardiovasculares y disponía de uno de los mayores bancos de sangre. Las donaciones procedían del barrio Latino y de Les Halles, una de las zonas más castigadas por el virus, y los infectados empezaron a acudir con más frecuencia. Kazatchkine abrió una clínica para acogerlos, lo que despertó suspicacias y miedos entre doctores y enfermeras. “Es humano, la gente no sabía cómo se transmitía el mal. Yo no tenía miedo y, no sé por qué, no me sucedió nada. Pero sí tuve problemas cuando alguno de esos pacientes necesitaba hospitalización. Nos quedábamos sin espacio y teníamos que pedir camas prestadas. Y cuando tenía que visitar a uno de esos enfermos, me encontraba a las enfermeras vestidas de buzo. O que pedían cuatro capas de guantes. Los cirujanos decían que no operarían si no sabían si el paciente había dado positivo. Pero si el test lo confirmaba, el paciente tenía un riesgo añadido. Mucho miedo y discriminación”.

Estamos en una sala acristalada y casi insonorizada en la sede central en Ginebra del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, una asociación público-privada que nació en 2002 a instancias de Naciones Unidas. Aquí trabajan personas procedentes de 70 países. Kazatchkine toma café solo y unas bolas de chocolate negro, habla con la musicalidad de todo buen francés, y uno tiene la sensación de que este amable médico –al que todo el mundo llama profesor– ha pasado un día duro, a pesar de que tiene fama de trabajar de forma incansable. Nada de extrañar, estando al frente de una organización que ha manejado unos fondos de 10.000 millones de dólares, donados por un numeroso grupo de países, para hacer frente a estas tres plagas del siglo XXI. Cuando me encontré con Kazatchkine eran vísperas de la reunión definitiva en la que se decidirían los fondos para los siguientes tres años. Finalmente, en la conferencia celebrada a comienzos de este mes, los países donantes decidieron reponer los fondos con 11.600 millones de dólares (8.440 millones de euros), casi un 20% más, para los siguientes tres años, pero por debajo de lo que se había solicitado (entre 13.000 y 20.000 millones de dólares). Según ha destacado la plataforma española de asociaciones Tenemos Sida, ha sido la primera vez que España, quinto donante a este organismo y del que se esperan 600 millones de dólares, no ha anunciado ningún compromiso económico durante la cumbre de donantes.

Usted decidió abrir una clínica nocturna para los enfermos en pleno centro de París. ¿Por qué? Imagine que, en esos tiempos, es un joven a punto de cumplir los treinta, y en plena vida profesional tiene que tomarse al menos medio día al mes para ir al médico, viajar al hospital y esperar. Los médicos siempre se retrasan. Quizá tenga que someterse a un análisis de sangre para volver después al trabajo. Al final, la gente se da cuenta de que es seropositivo. La clínica nocturna ofrecía la posibilidad de acudir fuera de las horas de trabajo. Funcionó, y todavía lo hace, de seis de la tarde hasta medianoche. En aquellos tiempos no disponíamos de enfermeras para trabajar a esas horas. Trabajábamos con una de las ONG más grandes de Francia, AIDES, con algunos voluntarios que respetaban las mismas reglas de confidencialidad que los profesionales y las enfermeras.

¿Qué tipo de experiencia le reportó esta clínica nocturna? Un hospital durante el día es algo muy bullicioso. Pero por la noche no hay ruidos, salvo el sobresalto que arman las enfermeras cuando entran en un pasillo con alimento o medicamentos. La relación con los enfermos resultó muy intensa. Ellos eran conscientes de que no teníamos nada para detener su deterioro; tampoco sabíamos si algunos podían derivar hacia el sida o seguir sanos portando el virus. Cada día que pasaba llegaban nuevos enfermos y sabíamos que estábamos frente a una epidemia. Así que la relación que establecí con ellos durante las noches, los diálogos, era algo que no había experimentado antes. Los pacientes sabían lo mismo que tú. A veces eran conversaciones bruscas. No eran del estilo de: bueno, la investigación está progresando, creo que encontraremos fármacos algún día. En cáncer, ese es un discurso que ha venido funcionando durante muchos años, pero eso no pasaba con el sida. En la sala de espera de esa clínica, todo el mundo sabía que quienes estaban allí eran seropositivos, y a veces se percataban de que algunos empezaban a perder peso y a deteriorarse, o que simplemente desaparecían…, como en ese juego en el que la gente da vueltas alrededor de unas sillas y uno siempre queda eliminado.

¿Recibió críticas de sus colegas? Sí, tuve momentos duros con muchos de mis colegas. Aunque no tenían la culpa, muchos cirujanos se resistían a admitir que muchos pacientes se contaminaron por transfusiones de sangre.

Usted ha aparecido prestando su imagen en un anuncio con la frase: “Si fuera seropositivo, ¿me permitirías ser tu doctor?”. ¿Cree que la actitud ante el sida está cambiando? Sí, y mucho. Aunque no en todos los lugares del mundo. El sida tiene que ver con la sangre, el sexo, y no solo es una enfermedad médica, sino un factor muy revelador de las sociedades. Estamos aún muy lejos de ganar la guerra contra la discriminación. Piense en la homofobia. O en cómo la gente habla de los drogodependientes. O las trabajadoras del sexo. De cómo los hombres de mediana edad abusan de las jóvenes en muchas sociedades.

Me imagino que esas historias aparecen a menudo en sus viajes. Podría contarle muchos ejemplos. Conozco bien la epidemia en Rusia, y la discriminación es muy alta allí. Si fuera seropositivo y viviera en Rusia, dudaría si revelar mi estado al sector médico. En África, muchas de las mujeres que se quedan embarazadas no se hacen la prueba del VIH, y eso que tenemos los fármacos que suprimen la transmisión del virus al bebé en un 99%. Y una de las razones principales por las que no acuden para hacerse el test, o no vienen para saber los resultados, es porque, si dan positivo, serán rechazadas por sus familias y comunidades. Me he reunido con muchas de estas mujeres en muchos países africanos, mujeres que fueron repudiadas por sus maridos y expulsadas a la calle. Tienen que caminar decenas de kilómetros hasta encontrar a un pariente que las acoja.

Hoy sabemos que es posible impedir la transmisión del sida a los bebés en las mujeres embarazadas. Sabemos que los cigarrillos causan cáncer. O que si nos quitamos el cinturón, el riesgo es muchísimo más alto en caso de accidente de coche. ¿Pero cuánto tiempo ha llevado en España que los conductores se coloquen el cinturón? ¿Cuánta gente conoce usted que fuma en su país? Por tanto, explicar a la gente que las cosas son posibles no basta. Muchas de las personas que tienen distintas parejas en zonas de riesgo y que no usan condones se comportan como aquellos que no quieren ponerse el cinturón de seguridad. Pero las mujeres que saben que son seropositivas y son rechazadas… es como ponerlas como diana para la discriminación.

La capacidad de este hombre para conectar con el sufrimiento de la gente es parte de su carácter. Chocaría, en principio, con la imagen de un gestor de un gran consorcio que maneja miles de millones de dólares en una sede de oficinas impersonales instalada en la neutral Suiza. Pero sabe lo que es el trabajo de campo. El Fondo Mundial atiende las demandas de 144 países que piden dinero para combatir el sida, la malaria y la tuberculosis. Un comité evalúa y financia progresivamente los proyectos para asegurarse de que funcionan. El Fondo envía a sus expertos a comprobar los resultados sobre el terreno. Pero ¿cómo luchar contra la discriminación? “Debemos intentar que la enfermedad sea vista como lo que es, algo a combatir con fármacos, que no significa que vayas a morir. Los fármacos funcionan; la investigación está activa… He visto a pacientes que solo pesaban 35 kilos y que ganaban 20 kilos en dos meses; su transformación física es tal, que algunos lo llaman el efecto Lázaro, los que se levantan de la muerte. Así que las cosas están cambiando tanto, que la enfermedad genera cada vez menos miedo”.

El Fondo Mundial paga tratamientos a casi tres millones de personas, pero el dinero no cambia ciertas ideologías. “Conocí a principios de los noventa a un paciente en Rusia que no podía salir del hospital porque había declarado ser homosexual, y la homosexualidad estaba entonces fuera de la ley. Si salía del hospital iba a ser arrestado. Hoy existen leyes contra la homofobia en 80 países, pero en otros 10 se aplica aún la pena de muerte”.

La organización que usted dirige lleva casi 10 años batallando contra el sida, la malaria y la tuberculosis. A estas alturas, ¿se está ganando la partida? Sí. A la malaria le ganaremos esa batalla si tenemos los recursos. No significa que la erradiquemos. Hablo de suprimir la malaria como un problema sanitario de orden mayor. A los políticos les digo que es posible un mundo en el que prácticamente no haya muertes por malaria. Y sí, es posible si combinamos el uso de mosquiteras, los fármacos y los programas de erradicación del mosquito mediante insecticidas. El Fondo Mundial es el mayor proveedor mundial de mosquiteras y fármacos contra la malaria. Hemos distribuido unos 130 millones de mosquiteras. Y en los países subsaharianos en los que la malaria es endémica, el número de nuevos casos y de muertes ha descendido entre un 40% y un 80% en los últimos tres años.

En la conferencia de donantes celebrada el 4 de octubre se lograron unos fondos de 11.600 millones de dólares. ¿Está satisfecho? Estoy satisfecho de que hayamos logrado casi un 20% de incremento respecto a la cantidad de 2007, sobre todo en una época de gran crisis económica. Y tiene una significación política importante, ya que los líderes han comprendido que invertir en salud es algo esencial en el desarrollo.

Pero el Fondo esperaba un escenario de financiación aún mayor para lograr esos objetivos del milenio. Nuestro objetivo original era lograr entre 13.000 y 20.000 millones de dólares. Pero con los fondos obtenidos seguiremos proporcionando tratamientos a millones de personas. Sin embargo, a la hora de comenzar nuevos programas, no podremos hacerlo al ritmo de los tres últimos años.

¿Y la aportación española? España fue uno de los tres o cuatro países que no dieron garantías sobre su nivel de contribución, aunque su representante indicó que lo anunciarían más adelante. Desconozco lo que quería decir; no sé lo que hará. Sé que hace unos días España iba a reducir su contribución, pero mi esperanza es que a lo mejor, al ver la disposición de los demás, se hayan avergonzado un poco y hayan decidido aumentarla.

El Fondo también proporcionó el año pasado tratamientos a más de seis millones de tuberculosos. Respecto a la tuberculosis, estamos en vías de lograr los objetivos, que es reducir su incidencia a la mitad, excepto para la tuberculosis multirresistente, que es una de las amenazas mayores.

¿Y el sida? Las buenas noticias son que en los países africanos el número de nuevos casos está disminuyendo, particularmente entre la gente joven. Pero, si examinamos la evolución en Asia Central y el este de Europa, hay grupos muy vulnerables y países en los que la epidemia sigue creciendo. Podemos lograr salvar unos cuantos millones de vidas más con los tratamientos, prevenir millones de infecciones; respecto a la transmisión de la madre al bebé, creo que es posible lograr que no haya más casos. Es factible. El año pasado hubo unos 400.000 niños que nacieron infectados de VIH de sus madres en África. En España probablemente haya cinco o seis casos. En Francia, el año pasado, hubo cuatro.

Una cuestión muy poco conocida es el papel del anterior presidente estadounidense, George W. Bush. Gracias a su iniciativa, la oficina de la Casa Blanca contra el sida (las siglas en inglés, PEPFAR, el plan del presidente para el alivio del sida) ha puesto mucho dinero, y ahora dos millones y medio de africanos reciben tratamiento. Lo cierto es que Bush no gozó de ninguna popularidad internacional. ¿Cómo lo ve ahora? Nosotros estamos proporcionando más del 50% del coste de los tratamientos antirretrovirales en el mundo en desarrollo; la otra mitad está siendo pagada por el programa que inició el presidente Bush, que estuvo muy comprometido en la lucha contra el sida y también contra la malaria. Bush no fue popular desde el punto de vista internacional, pero sí en África. Solo hay que recordar el viaje que hizo allí. Creo que esa es una de las iniciativas más importantes que permanecerán en su legado. En la etapa de Bush hubo una unión sorprendente de la izquierda, que era partidaria del tratamiento y de la solidaridad global, y la derecha más extrema, que argumentaba que Jesús nos enseñó que debemos salvar vidas.

El papel de Estados Unidos es muy importante. Es el donante número uno. Y estamos trabajando muy bien con ellos. Ocurrió con la Administración de Bush y sucede también ahora. Discutimos con los norteamericanos el programa de intercambio de jeringas, o la financiación de organizaciones que fomentan la prevención entre las prostitutas, asuntos que no podíamos tratar antes. Pero en el terreno del tratamiento hay una gran colaboración. El presidente Obama no ha hablado mucho sobre el desarrollo y la salud, el sida. Pero su Administración está activa, y recientemente Hillary Clinton participó en un curso sobre el compromiso de Estados Unidos, en el sentido de que la salud es clave para el desarrollo y las relaciones internacionales.

Hablemos algo de usted. Uno de sus familiares murió bajo la dictadura de Stalin, y otro, en un campo de concentración nazi. Ambos, bajo el yugo de dos monstruos ideológicos. Y mi padre murió por la tuberculosis que contrajo en Buchenwald cuando fue arrestado en 1943 y liberado en 1945. Fue detenido precisamente porque militaba en la Resistencia… Creo que la gente que ha sufrido frecuentemente guarda silencio sobre su dolor. Mi padre me contó muy poco sobre la vida que llevó en el campo. La gente que sufre, y eso lo he aprendido de mis contactos con los pacientes, son personas con una dignidad extraordinaria que siempre quieren ahorrarte el dolor. Y mi generación es la que ha crecido en la cultura de la posguerra. Me crié con la leche que procedía del Plan Marshall. La II Guerra Mundial siempre estuvo en la cultura de mi infancia. No me eduqué en la experiencia del sufrimiento que trajeron los nazis, sino en la tolerancia. Mi padre era alguien extraordinariamente tolerante. Nació en 1899 y emigró de Rusia cuando era un estudiante, en los tiempos de la revolución. Y la mayoría de su familia sufrió duros golpes. Mi abuelo (su padre) fue enviado, según he averiguado, a un campo de prisioneros en la región de Arkhangelsk, una región muy fría al norte de Rusia. Nunca más pudo comunicarse con su familia. Mi padre emigró a Francia como estudiante, tuvo que ponerse a trabajar, y como intelectual, entró a formar parte de la Resistencia como algo de lo más natural, ayudando a los judíos a esconderse con ayuda de un sacerdote ruso y otros intelectuales. Fue arrestado en 1943. Cuando tienes una vida así, creo que te conviertes en alguien capaz de ver las cosas con una escala totalmente diferente. He conversado con gente en Camboya, con supervivientes del genocidio de Ruanda, y siempre me he quedado anonadado por la cantidad de cosas terribles que han sufrido y por la forma tan tranquila que tienen de contártelo.

¿Se enfada cuando le presentan argumentos basados en la ideología? Sí. Como soy científico, no me cabe en la cabeza por qué se dejan las pruebas a un lado. En mi vida profesional, nunca he podido entender cómo la gente niega, por ejemplo, el acceso a los programas para la reducción de daños en drogodependientes. Una de las evidencias más indiscutibles que tenemos en la prevención del VIH radica en el beneficio de estos programas. España es un fantástico ejemplo. Y en Francia ya no hay drogodependientes que se infecten con el virus. Sabemos cómo impedirlo. En reuniones que mantuve en Europa oriental había una sesión titulada A favor o en contra de la terapia de sustitución con metadona para drogodependientes. La gente que estaba a favor vino con literatura científica para contar su propia experiencia. Una mujer joven de Ucrania habló de cómo salió de la delincuencia para llevar una vida social normal gracias a la metadona. Y la gente que se mostraba en contra era la policía o algunos de los científicos que pedían responsabilidades al Gobierno por inducir a otro tipo de adicción, y no querían ver los beneficios. Así que, sí, me enfado bastante cuando la evidencia se deja a un lado. Los resultados son los que convencen a la gente.

La Iglesia católica sigue sin aceptar la idea de que los condones pueden ayudar a frenar la propagación del virus. El Papa llegó a afirmar que la distribución de condones podría incrementar el problema. Cuando el Papa hizo esos comentarios en Camerún, dije que él simplemente no lo entendía. Eso va en contra de la evidencia de la que disponemos en salud pública. La protección de un condón es casi una vacuna. Puedo respetar las formas de pensar de cada uno, pero negar un beneficio para la salud pública para la gente que no tiene otra opción resulta simplemente inaceptable.

Una carrera sólida y comprometida

A sus 64 años, Kazatchkine conserva, según sus allegados, raudales de energía para proseguir su labor al frente del Fondo Mundial contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria. Es, además, famoso su talante; dicen que es de esos jefes que nunca se enfadan.

Nacido en Courbevoie (Francia) en 1946, hijo de un inmigrante ruso, Kazatchkine se inició en la medicina, especializándose en nefrología y hematología, y completó su preparación en el hospital londinense de Saint Mary y en la Universidad de Harvard. De nuevo en París, creó su propio laboratorio para especializarse en enfermedades autoinmunes. Tras dos décadas y más de 600 artículos en revistas especializadas, Kazatchkine se encontró con los primeros casos de sida en 1983. En 1998 se convirtió en director de la Agencia Nacional de Investigación de Sida de Francia. En 2007 fue nombrado director ejecutivo del Fondo Mundial que lucha contra la pandemia en el mundo.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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