Hans Magnus Enzensberger “La vanguardia tras la vanguardia me cansa, me aburre”. VICENTE VERDÚ. El País Semanal del 14/11/2010

ENTREVISTA EL SENTIDO DE LA VIDA – Dejábamos esta serie de entrevistas en verano con el escritor africano Wole Soyinka. La retomamos hoy, en pleno otoño, con el pensamiento acerado, siempre estimulante, de un pensador que representa como pocos la esencia europea, más allá de modas efímeras y famas de un día.

Hans Magnus Enzensber

Este mes cumple 81 años, pero su sardónica lucidez sigue en plena forma. Es uno de los pensadores más influyentes de las últimas décadas. Por resumir: la Europa contemporánea está en el mundo de las ideas gracias a hombres como este alemán.

Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, Alemania, 1929) es uno de los intelectuales más cultos, poderosos e influyentes de la Europa contemporánea. Ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2002, además de otra docena de importantísimas distinciones en diferentes países del continente y por razones muy diversas. Su compromiso con los derechos de los trabajadores y las sucesivas izquierdas de su historia le han perfilado como un intelectual comprometido al estilo de antes, pero su actualidad no ha cesado en las más distintas cuestiones; desde el sistema de enseñanza hasta el vigente sistema democrático, desde Europa hasta su atribulada Alemania, no han dejado de caer bajo su crítica tan sardónica como acerada.

Poeta en sus principios, poeta en su fundamento, siempre se ha manifestado como un escritor ocupado en la precisión y eficacia de la palabra y la belleza; así, sus ensayos pueden ser leídos como extraordinarias piezas de ingenio literario. Por si no fuera bastante, ha sido autor de libretos, obras dramáticas, manifiestos y media docena de libros de poesía, uno de ellos significativamente titulado Poesías para quien no lee poesía. Sus conocimientos de arte y de historia, su pasión por Humboldt y por la pintura del siglo XVII le hacen no solo un sabio universal, sino un conversador amenísimo que añade a su bonhomía, las bromas y su cariñosa humanidad, el cigarrillo de toda la vida. Nunca hizo deporte, pero se hace imposible seguirle el paso en las caminatas. De nada alardea, en todo admite sus posibles errores, en cualquier ocasión se muestra de buen humor, en cada momento se desearía continuar a su lado. Savater dijo una vez: “De mayor, yo quisiera ser Magnus”. Tan grande como su inteligencia, tan humano y capaz como para incluirnos a todos en ella.

Una de las características más singulares de usted es que ha trazado su vida profesional a su santa voluntad y al margen de todas las clasificaciones convencionales. Ha sido doctor e investigador, pero no académico; ha escrito libros de poemas, pero no se ha presentado como poeta a tiempo completo; ha sido un hombre de letras, pero ha triunfado en el mundo con un libro sobre matemáticas, ‘El diablo de los números’, del que ha vendido más de un millón de ejemplares en treinta idiomas… Sí, no he sido un especialista. Pero esto es una cuestión de temperamento. Porque acaso haya dos tipos de temperamento, uno que sería como el del topo, que se introduce con mucha determinación en la tierra con su proyecto, y otro, que es mi caso, como las cigüeñas, un ave nómada que busca su alimento y pone sus nidos aquí y allá. No tengo paciencia para escribir 600 o 700 páginas. Es como en el deporte: hay carreras de 10.000 metros, de 20.000 metros o el maratón, pero yo no llego más allá de los 1.000. Y hay que seguir lo que es cada uno. Resulta inútil tratar de cambiar. Además, hay otro factor: yo no concibo sufrir con mi oficio. Me gusta divertirme y cambiar, hacer un libreto, un ensayo, unos poemas, me divierte más que seguir con lo mismo. La clase de artista que sufre no es en absoluto mi caso.

El artista/creador. El ‘Cristo’ del siglo XIX que crea sufriendo, que redime muriendo. El artista que alumbra una obra a través del dolor… Eso quiere decir. Aunque, por otro lado, le habrán dicho que se dispersa mucho. Claro que me lo han dicho. Muchas veces, pero yo ni en el caso de mis libros de historia me he demorado mucho.

¿Y no se ha sentido de esa manera un intruso en cada disciplina que practicaba? Sí, efectivamente. He sentido como si en ocasiones estuviera sentado en el comedor de un restaurante donde no perteneciera a la misma clase de gentes que ocupaban otras mesas.

Y en la poesía, que ha sido algo tan fundacional en usted, ¿ también se ha sentido un intruso? Pues no, porque en la poesía no existe tanta competencia ni se está nunca en el centro de la escena. Como tampoco me he sentido mal entre los matemáticos o los científicos, porque al contrario de considerarme un intruso, me han agradecido que divulgara su disciplina.

Y su éxito mayor fue precisamente ‘El diablo de los números’. Sí. Es un libro contra la manera de educar aburriendo a toda la clase. Y traté de mostrar que las matemáticas podían ser no solo accesibles, sino fascinantes para chicos de siete años. Y que son, a esa edad, capaces de captar incluso el mismo concepto de infinitud. Te ponen 0,9999999 y dices que eso se aproxima al 1, pero que nunca llega a él, y hasta el más modesto de los niños puede entenderlo. Y esto, a su vez, es más interesante que enseñar la multiplicación o la combinatoria. Yo creo que el cerebro humano está capacitado para casi todo. Hay quien se considera negado para la música, pero si se sabe presentar y enseñar no es nada difícil lograr que cualquiera la disfrute.

En ese libro sobre los números tuvo algo que ver su hija pequeña… Sí, también. Y si fue el más vendido de todos los míos, si llegó a alcanzar tanto éxito, fue por casualidad. Yo no buscaba nada parecido, sino desquitarme de haber sufrido una pésima escuela. Aunque también, si se piensa, una pésima escuela puede ser una buena escuela porque, por ejemplo, en la época nazi yo aprendí resistencia pasiva, aprendí a crear pequeñas alianzas, estratagemas, que también han servido después de esa mala escuela.

Recuerdo un ensayo suyo, publicado por Anagrama en un libro con varios temas, en el que usted proponía sustituir la escuela por el aprendizaje de los niños en casa. Sí, sería muy interesante para los niños conocer cómo viven los demás. Pero, bueno, es muy difícil que las instituciones se muevan.

Lo sorprendente de su vida profesional es que, no dedicándose a nada en concreto y en profundidad, haya recibido tantos reconocimientos y premios de instituciones muy distintas. Bueno, esto lo he conseguido con tiempo y un poco de fortuna. Porque el mundo no es justo y existe una cierta arbitrariedad en el éxito. Como también las cosas que se exigen para llegar a un determinado grado de éxito son contradictorias. Por ejemplo, alguien que no sea sensible al dinero puede ser un buen poeta, y, en mi caso, el primer estudio que hice sobre el capitalismo fue a partir de conocer el mercado negro. Mediante esta circunstancia entendí cómo funcionaba el sistema. A veces el éxito procede de circunstancias contradictorias. Supe precisamente del capitalismo no estando interesado en el dinero.

Sus avatares personales, las adversidades familiares o de salud, ¿no le han ocupado demasiado tiempo al margen del trabajo? Hablar de lo privado no me gusta. No hay que molestar a los demás con tus problemas. Todo el mundo tiene problemas, y el que cuenta sobre sus padecimientos, sobre los dolores de su divorcio o sobre sus trifulcas con el jefe es un tipo que se hace pesado a los demás.

Y los problemas de salud. Yo me encuentro bien, y mi familia es, además, muy longeva. Mi abuelo murió con 99, mi madre, con 104, etcétera… Pero tampoco hay que hablar de ello, porque puede molestar a los demás. Un escritor que no muere como Günter Grass es un gran inconveniente para los autores jóvenes. Dicen: “Pero ¿por qué no se muere de una vez? ¿Por qué no desaparecerá y nos dejará sitio?”. No es, desde luego, mi caso. Me refiero a esos autores que, como Thomas Mann o Goethe, por ejemplo, son figuras que representan a la nación entera. No es, desde luego, mi caso.

¿Pero ningún acontecimiento de su vida privada ha influido en sus ocupaciones laborales? Nada especial. Un amor que se acaba, un amigo que muere. Nada puedo considerar especial. He sufrido en la vida pública con algunos fracasos rotundos. Especialmente en el teatro he sentido el fracaso como si cayera una guillotina sobre mí. Con un libro no pasa esto. Si fracasas se ve aparecer el fracaso poco a poco, pero en las obras de teatro el fracaso se presenta de manera radical, cortante. En fin, los éxitos se olvidan, pero los fracasos quedan en el recuerdo. Y es interesante el aprendizaje de mis fracasos en el teatro porque te conviertes en una persona que sufre una enfermedad contagiosa o algo parecido. Todos te evitan.

¿Le ha pasado eso a usted? Claro, claro, claro. Pero me gusta, porque eso dice algo interesante sobre la producción de la obra. Dice algo sobre la responsabilidad del escritor, del escenógrafo, etcétera. Sobre la responsabilidad conjunta del grupo, y eso es interesante. Y he aprendido muchas cosas de todos los campos, puesto que, como he hecho casi de todo, he experimentado intrigas, mentiras, traiciones, falsas promesas.

¿También ha hecho películas? También he intentado hacer películas. Dos películas: una sobre Durruti, un documental, y otra que fue solo una colaboración. Pero en muchos casos he sentido mucha frustración respecto a proyectos que desaparecían o promesas de apoyos que no se cumplieron. El año próximo publico un pequeño libro recogiendo varios de estos fracasos. Se llama: Mis fracasos favoritos. Y quiero decir también que a través de mi experiencia con la poesía, que nunca se ha vendido mucho, he sentido también la recompensa de la libertad. Hacer una novela por la que se recibe un gran anticipo conlleva una gran responsabilidad, y esto en la poesía no existe.

También ha escrito novelas… Sí, un par. Pero no creo que fueran de primera clase. De primera división, digamos.

¿Y la música? Bueno, los libretos para ópera que he hecho han sido con la colaboración de una amiga que sabe mucho de música, de canto, de voces.

¿Y su pasión por la pintura previa al barroco? ¿Qué puede decir de ello? Pues que esto puede parecer un gusto reaccionario. Yo no aprecio la pintura abstracta ni nada de la pintura tras las vanguardias de comienzos del siglo XX. La vanguardia tras la vanguardia es una contradicción, y a mí me cansa, me aburre. Pero en todos nosotros existe una parte progresista y otra regresiva, creo yo. Me he convertido en un buen conocedor de la pintura entre 1600 y 1650 y con eso me complazco. No tengo la fortuna necesaria para ser un coleccionista importante, pero cuando tengo algo de dinero me intereso por obras de esa época, incluso aunque los nombres no sean muy conocidos. Hace ya cuarenta años que me intereso por ese periodo y ya tengo una buena biblioteca sobre esos años.

Y el deporte, ¿no le interesa? No. Soy un total ignorante. Es una de mis gigantescas áreas de ignorancia. Pero, por el contrario, soy un buen conocedor de la tipografía. Islas de conocimiento, ¿no?

¿Cómo es su vida diaria? Disfruto del privilegio de no tener jefes y hago cada día lo que deseo hacer. Otra razón para no lamentarse. Soy trabajador, pero porque me gusta hacer lo que hago. De hecho, no resisto unas vacaciones de más de una semana.

¿Y sus hijos? Tengo dos hijas. Una mayor, de 50 años, que vive en Noruega porque yo pasé mucho tiempo allí y tengo familia en esa zona. Ella tiene dos hijos, dos niños etíopes adoptados, de 8 y 10 años. Trabaja de bióloga y al mismo tiempo cría ovejas. Tiene unas 200 ovejas; es su marido el que se ocupa sobre todo de ellas. Él es pastor y músico, un músico de violín. Parece raro, pero en Noruega hay una tradición que se llama “el campesino intelectual”, porque son a su vez labradores y lectores, o músicos o cualquier otra clase de intelectual.

¿Por qué vivió un tiempo en Noruega? Tras mis primeros libros, que levantaron escándalo y me sacaban en la primera página de los periódicos, decidí mudarme a Noruega para apartarme de ese bullicio, y allí, en los años sesenta, pasé unos siete años. No fue, sin embargo, un exilio voluntario. Mi primera esposa era noruega, y por eso nos fuimos allí. Por otra parte, también deseaba aliviarme del peso de Alemania que toda mi generación lleva sobre sus espaldas. Fue, por tanto, en parte, un periodo terapéutico de la enfermedad de ser alemán. Otros, sin embargo, han hecho de ser alemán una profesión de por vida; yo quise evitar eso. Evitar que Alemania se convirtiera en una obsesión; el mundo es mucho más que Alemania. Y, además, en todos los países hay un equipaje histórico que pesa.

¿Y su segunda hija? Mi segunda hija tiene 22 años y es de mi segundo matrimonio. Es soltera y estudia cine en Estados Unidos. Nos vemos unas tres veces al año; o nos vemos allí o viene ella.

Vive usted en Múnich. Vivo en Múnich, lugar donde no se soporta el peso de Berlín, que es una ciudad voluntarista. Múnich tiene un millón y pico de habitantes y es una ciudad que tiene muchas ventajas para mí. Yo soy un gran andarín y allí se puede ir de un sitio a otro caminando.

¿Quién es su mujer? Fue periodista, estudió Literatura, pero no ve ahora la necesidad de ganar dinero. Es como una estudiante sempiterna. Ahora, por ejemplo, está concentrada en la historia de Mesopotamia.

Y están bien ustedes… Estamos bien. Ahora, a estas alturas, he descubierto, acaso un poco tarde y a la fuerza, el encanto de la monogamia. A condición, claro, de que exista cierta inteligencia para no agredirse y saber tolerarse. Y también para saber mantener cierta independencia. La folie à deux no vale para esto. Pero es bueno hacer cosas en común y ella es la primera buena lectora de mis trabajos. Ella me ayuda mucho.

Alemania, Europa, España, el mundo

El polifacético pensador –aunque, en realidad, es lo más lógico, que el intelectual sea polifacético y demuestre su pensamiento en los más diversos formatos– nació en el Estado alemán de Baviera en 1929. Tras estudiar en diversas universidades de su país y en La Sorbona (París), fue miembro del Grupo 47, movimiento que perseguía la regeneración democrática de la lengua y literatura alemanas tras el paréntesis del nazismo y la II Guerra Mundial.

Su relación con España parte de su interés y dominio de la cultura y lengua castellanas, que le han llevado a ser traductor y divulgador de poesías de Rafael Alberti y César Vallejo. Además, ha escrito y realizado un documental sobre el anarquista español Durruti. En 2002 fue reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Siempre ha hecho gala del valor de la inteligencia humilde. Así, en uno de sus últimos libros editados en España, Guía para idiotas (Anagrama), arremete contra la arrogancia de quienes se creen cultos. Él nunca ha perdido la elegancia; de ahí su apuesta constante por la poesía.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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