Los fabricantes de armas son felices. ROSA MONTERO. El País Semanal del 14/11/2010

Rosa Montero

Rosa Montero

Ha caído en mis manos un número de la revista ¡Hola! de mediados de octubre y me he quedado atrapada por un reportaje alucinante. He aquí el titular: “Entramos en el idílico universo de la familia Beretta, la dinastía industrial más antigua del mundo”. Redondeado por el siguiente antetítulo: “Desde 1526 fabrican unas de las mejores y más prestigiosas armas que existen”. Y, en efecto, ahí están retratados a todo color los Beretta, fabricantes de las pistolas Beretta, entre otros ingenios para matar. La doble página de apertura muestra la foto de una de sus casas en Italia, una quinta exquisita que ocupa toda una isla en mitad de un lago, y luego hay una foto más pequeña del Beretta actual, de unos cuarenta y cinco años, con su hijo y heredero, de unos trece, los dos de riguroso smoking, los dos sonrientes y satisfechos, conduciendo una lancha motora que se aleja de la paradisiaca isla, con la espumosa estela del agua a las espaldas y una pose de negligente encanto millonario que recuerda instantáneamente a Bond, James Bond.Oh, sí, un universo idílico, un arma prestigiosa y el suculento y plácido atardecer de un lago italiano. Pero el caso es que no se trata de una película del 007 con pistolitas de guardarropía, sino que estamos hablando de armas de verdad que matan y mutilan. El comercio mundial de armas cortas resulta menos llamativo y amedrentante que el de artefactos de destrucción masiva, pero en realidad es, con gran diferencia, el que mayor mortandad produce en el planeta. Y se ceba sobre todo en la pobreza, en los países infradesarrollados, en las bolsas marginales de las sociedades ricas. Se fabrican cerca de siete millones de armas ligeras al año, y esos chismes tan prestigiosos matan a 1.000 personas cada día y dejan heridas a 3.000 más. Los Beretta venden directamente sus productos a muchos países, algunos tan dudosos como Irak, pero, además, su ferretería da vueltas por el mundo a través de mercados negros, transacciones subsidiarias y remates varios, agujereando las tripas de la gente por todas las esquinas del planeta.

Pero de todo esto, claro, no se habla en el despampanante reportaje de ¡Hola!, que ofrece, página tras página, instantáneas de las tres suntuosas casas de los Beretta (¿solo tres? Me parecen pocas: deben de ser solo las mansiones de Italia), trufadas aquí y allá con algún retrato de familia: el padre, la madre y el benjamín, de nuevo en smoking y en traje de noche, tan sencillos ellos. De hecho, de lo que habla Franco Beretta en la breve entrevista es de sus productos como objeto de coleccionismo o armas de caza. “¿Qué representa el apellido Beretta en el mundo?”, pregunta la periodista. Y él contesta: “Es sinónimo de elegancia, de calidad. No pretendemos definirnos como lujo, pero estamos convencidos de que hacemos productos clásicos y de calidad”. ¡Y tan clásicos! Como las ametralladoras que les enriquecieron un poco más en la Primera Guerra Mundial, o los fusiles y pistolas que usaron los ejércitos italiano y alemán en la Segunda Guerra.

Por cierto que en la entrevista, hecha por una tal Nana Botazzi, he creído advertir una sutil socarronería. Como cuando Franco dice: “Hemos querido regalar a nuestro hijo un lugar en medio de la naturaleza. Por eso hemos hecho traer desde Escocia un equipo que ha construido su casita sobre el árbol”. Y, en efecto, ahí están las fotos de la casita, que es un palacio arbóreo que se extiende sobre varios troncos. O como cuando explican que el opulento salón revestido de madera de una de las mansiones fue construido “en el año de crisis después de la guerra para embellecer la casa con el nogal”. La experiencia como entrevistadora me ha demostrado que, aunque tú creas que tu entrevistado ha quedado fatal, por lo general el personaje se sentirá feliz, porque, si has sido de verdad fiel a sus palabras, si le has reflejado tal y como se mostró ante ti, a él le parecerá de perlas lo que dice, ya que todos los tontos suelen estar encantados de sí mismos. Y así, seguramente Franco Beretta no advertirá que es ridículo edificar un chalet alpino sobre un árbol para acercar a un niño a la naturaleza, ni que suena bastante mal decir que, en el terrible año de crisis después de una guerra, a la familia Beretta le había ido tan bien su negocio de sangre que construyó un salón majestuoso. Incluso la foto de apertura, con el padre y el niño imitando a James Bond, resulta grotesca.

Y lo más inquietante es preguntarse qué puede mover a un tipo tan poderoso a hacer un reportaje semejante. ¿De verdad es tan estúpido? Aunque quizá haya otras razones. Varias oenegés, entre ellas Amnistía Internacional e Intermón Oxfam, llevan años promoviendo la campaña Armas bajo control, con el fin de lograr que, en 2012, Naciones Unidas apruebe una normativa limitando el comercio y uso de las armas cortas. El reportaje de ¡Hola!, ¿será un intento de conquistar cierta simpatía mediática para contrarrestar la campaña? Si fuera así, es un fracaso. Tanto boato y tanta insensibilidad ponen los pelos de punta.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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