Ratzinger defendió en 1970 una reforma urgente del celibato. MIGUEL MORA / LAURA LUCCHINI – Roma / Berlín – 29/01/2011

Un documento de los teólogos alemanes refleja un fuerte debate en la Iglesia

Joseph Ratzinger, después de ser nombrado obispo en 1977

Joseph Ratzinger, con un grupo de niños, después de ser nombrado obispo en 1977.- AP

En 1970 Joseph Ratzinger pensaba que el celibato no era una institución intocable. Más que eso: era partidario de reformarlo y de que la Iglesia católica volviera a la tradición antigua oriental: curas casados, obispos célibes. Lo afirma, negro sobre blanco, un documento nunca publicado, firmado por el actual Papa, que entonces era profesor en Tubinga, y por otros ocho teólogos alemanes, que ha sido dado a conocer por la revista Pipeline, del grupo católico crítico Aktionskreis Regensburg (AKR).

El texto era un informe preparatorio solicitado por la Conferencia Episcopal Alemana de cara al sínodo de los obispos que se iba a celebrar el año siguiente en Roma. Los teólogos alemanes indicaban que la obligación de la soltería era una de las principales causas de la falta de vocaciones y de jóvenes curas. El documento tiene fecha del 2 de febrero de 1970 y fue firmado por estudiosos de fama mundial como los teólogos Karl Rahner, Otto Semmelroth y los hoy cardenales Karl Lehmann y Walter Kasper.”Nuestras consultas y estudios coinciden en la necesidad de un tratamiento distinto de la ley que establece el celibato (…) tanto para la Iglesia alemana como para la Iglesia mundial”, escribieron los teólogos en el informe dirigido a los obispos alemanes.

La noticia es más curiosa que desconocida. El debate sobre el celibato fue uno de los dos argumentos centrales del sínodo celebrado en 1971, bajo el papado de Pablo VI; el segundo tema crucial en la reunión fue la elaboración de un texto sobre el nuevo orden económico mundial, que anticipó la inminente crisis del petróleo.

El contexto general de la Iglesia estaba cambiando radicalmente. Gracias a la apertura favorecida por el Concilio Vaticano II, que duró desde 1959 hasta 1965, un viento de renovación sacudía a la Iglesia y a la sociedad civil. Mayo del 68 en París. Argelia luchando por su independencia. “La Iglesia se sentía ya globalizada. Eran los años del boom de la Iglesia africana y latinoamericana”, recuerda el vaticanista Filippo di Giacomo. “Con la descolonización de África, habían nacido cerca de 50 países nuevos de golpe, en unos meses de 1960, y eso había obligado al Vaticano a crear 46 conferencias episcopales nuevas”.

El celibato entró en el sínodo porque el concilio había ampliado la atención hacia África; porque el caso Lefebvre, depuesto por ordenar obispos africanos, había suscitado mucha polémica, y también, afirma Di Giacomo, “porque la Iglesia preveía que en unos pocos años iba a producirse un enorme aumento de católicos que necesitarían ser evangelizados”.

Para atender esa demanda que se esperaba, el Vaticano pensó que ordenar a curas casados, volver a la tradición antigua oriental, podía ser una solución eficaz. Pablo VI no quiso tomar la decisión solo, y lo sometió a la discusión del sínodo, afirmando que respetaría el resultado de la votación.

Todas las conferencias de obispos europeas pidieron opinión a los teólogos sobre la decisión a tomar. También los teólogos italianos, como el cardenal Pellegrino, los franceses y los españoles apoyaron ante sus episcopados la decisión de reformar el celibato. Solo los estadounidenses se opusieron.

La sorpresa fue que, en el sínodo, los obispos europeos votaron a favor de la reforma del celibato, pero los latinoamericanos y africanos se opusieron mayoritariamente.

“La paradoja”, analiza el canonista Di Giacomo, “es que el episcopado teóricamente más conservador hizo la elección progresista, y los progresistas, entre ellos los que enseguida darían forma a la Teología de la Liberación, pidieron a su episcopado que votara en contra”.

Los autores del documento eran asesores de la Conferencia Episcopal Alemana, y aunque en el texto repetían muchas veces que con su análisis no querían “perjudicar ninguna decisión”, todos los autores se decían “muy convencidos de la necesidad de reexaminar la obligación al celibato por parte de los niveles más altos de la jerarquía eclesiástica, pues”, afirmaban, “es urgente”.

Fuese cual fuese el resultado de la discusión, el celibato debería permanecer como una verdadera y real opción para los sacerdotes que así lo quisieran, según los autores. “Quien sin embargo considera esta aclaración superflua, demuestra tener escasa fe en la fuerza de este consejo del Evangelio y en la misericordia de Dios”.

El documento con la firma de Ratzinger, que no se había publicado hasta ahora, fue entregado por un colaborador de Karl Rahner a otro clérigo de confianza que pertenecía al grupo católico crítico con la Iglesia de la ciudad de Regensburg, Aktionskreis Regensburg (AKR). El documento permaneció cuidadosamente archivado durante 41 años, y aparece ahora publicado por el AKR en su revista Pipeline.

Los autores del documento razonaron entonces acerca de lo que ahora la curia vaticana, y el mismo Papa, demonizan como “espíritu del tiempo”. En aquel texto consideraron posible una revisión del celibato “simplemente porque sería teológicamente incorrecto” que “no se pudiera volver a someter a prueba algo en un nuevo contexto histórico y social”. “Decir lo contrario”, escribieron, “no sería posible a través de ningún argumento teológico”.

Los teólogos mencionaban el ejemplo de la Iglesia oriental, y se refieren a menudo a la Biblia, por ejemplo a la epístola de Pablo a los Gálatas. Del documento se desprende la toma de conciencia de los teólogos de que el Concilio Vaticano II había teniendo efectos en los niveles más bajos de la Iglesia. En 1970, igual que hoy, los teólogos ortodoxos estaban preocupados por la falta de guías espirituales. “Ahora los jóvenes curas se preguntan acerca de la cada vez más grave falta de curas, y acerca de cómo se puede superar el problema vital de la iglesia y de su mismo oficio. Para ellos no es suficiente la mirada ideal hacia el pasado”. El problema sería “poner en duda hoy la factibilidad de una vida célibe para los jóvenes curas de ahora”.

Los principales factores a considerar serían, dijeron los teólogos, la pérdida de un verdadero reconocimiento por parte de la comunidad de fieles, así como la “fragilidad psíquica de los jóvenes en una sociedad sobreexpuesta a la sexualidad”. Los autores consideraban que si no se lograba atraer a curas jóvenes, “entonces la Iglesia tendrá la obligación de llevar a cabo una modificación de su moral”. Más o menos lo que pasa ahora. Solo que ahora son otros tiempos.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s