Doble Castigo para las palestinas. ANA CARBAJOSA – El País Semanal – 30/01/2011

Doble Castigo para las palestinas

ANA CARBAJOSA 30/01/2011

Palestina

Junto a estas líneas, Ghoufran Zamel, en su casa de Nablus, el día después de su liberación. Pasó 10 meses en una cárcel israelí, acusada de escribir en un periódico de Hamás.- VENTURA FORMICONE

Gaza

Fatima al Ziq, con su hijo en la azotea de su casa, en Gaza- VENTURA FORMICONE

Las encierran en prisión, y además, cuando salen, sus compañeros las miran con desconfianza. Ellas no obtienen el pedigrí de luchadoras. Arrastran un doble estigma. Hablamos con tres de estas mujeres.

Cuando Sana Amer habla, es como si las palabras que salen de su boca pertenecieran a otro cuerpo, a otro rostro. El suyo es dulce y amable. Su historia, como la de decenas de presas palestinas, es de una dureza que hiela. A los 16 años, Amer cogió un cuchillo, se lo metió en el bolso y echó a andar. Había tomado una decisión. Apuñalaría a un soldado israelí en la ciudad vieja de Hebrón, el lugar elegido por los colonos más fanáticos para imponer su ley.

“Nos tiraban agua, huevos, nos insultaban. La cama era un bloque de cemento. Parecía más una tumba que una cama”

“Pensé que iba a convertirme en una heroína al salir de prisión, pero las mujeres acarreamos un estigma”

“No hay ginecólogos. En tres años hemos conseguido que las autoridades acepten la visita de un especialista cinco veces”

Corrían los días de la segunda Intifada, de fuego cruzado y máxima tensión en las calles de Cisjordania. No había ni un palestino el 6 de octubre de 2002 en la medina ocupada de Hebrón y Amer. Cuchillo en ristre, se la distinguía a la legua. Los soldados la vieron y enseguida la redujeron. Acabó encerrada durante siete años. “En aquella época veíamos en la televisión y en la calle lo que hacían los israelíes. Cómo mataban e invadían las ciudades. Luego asesinaron a un conocido. Quise hacer algo. Mi hermana había apuñalado a un colono. Ahora soy más racional”, cuenta Amer -convertida hoy en una joven universitaria de 24 años- en el salón de su casa en Dura, una población rural cercana a Hebrón.

A pesar de su edad, Amer pasó los dos primeros años en una cárcel con presas comunes israelíes. “Nos tiraban agua, huevos, nos insultaban. Los guardas nos cacheaban. Si te negabas, te enviaban a la celda de aislamiento. La cama era un bloque de cemento. Parecía más una tumba que una cama”. Durante tres años, su familia no tuvo permiso para visitarla. A su abogado lo vio por primera vez en el juzgado, tras cuatro meses encerrada. Considerada una “presa de seguridad”, se le negó el uso del teléfono y su única vía de comunicación fueron las cartas que enviaba la Cruz y la Media Luna Roja y que tardaban meses en llegar. En prisión, asegura, le pegaron: “Muchas veces, con una porra, en los riñones y en la cabeza”.

La travesía penitenciaria de Amer ilustra la multiplicación de tragedias que viven las presas palestinas. Por un lado sufren condiciones penosas en unas cárceles que olvidan necesidades básicas de las mujeres, como la atención de un ginecólogo, según denuncian Naciones Unidas y los abogados que las defienden. Pero además, cuando salen de la cárcel se topan en ocasiones con el doble rasero de una sociedad tradicional que convierte a los presos en héroes y a las presas en sospechosas.

El de las reas palestinas es un colectivo muy reducido, comparado con el de los hombres. Las cifras oficiales israelíes hablan de 5.700 presos frente a 33 mujeres, aunque las autoridades palestinas manejan números más altos. Addameer, una asociación palestina que vela por los derechos de los presos, calcula que el 27% de la población palestina ha sido detenida al menos una vez. Entre las encarceladas hay una menor de 15 años, encerrada con adultas, en violación del artículo 37 (c) de la Convención de los Derechos del Niño, ratificada por Israel. Hay también una mujer de Gaza que, como el resto de presos de la franja, no recibe visitas de familiares desde hace tres años, debido al embargo israelí.

Bana Shoughry dirige el departamento legal del comité público en contra de la tortura, una organización israelí que defiende a presos palestinos desde hace 25 años. En su despacho de Jerusalén explica que la primera ilegalidad consiste en encarcelar en Israel a presos palestinos, cuando el artículo 76 de la IV Convención de Ginebra establece que “las personas protegidas inculpadas quedarán detenidas en el país ocupado y si son condenadas deberán cumplir allí su castigo”. Esta abogada habla de abusos verbales y tocamientos a las presas, pero añade que el problema es que muchas mujeres no quieren hablar de lo que pasa dentro de la cárcel por miedo a dañar el honor familiar. Shoughry se ha encontrado con muchos casos en los que la mujer retira la querella cuando se da cuenta de que su nombre saldrá a la luz.

Para Fabrizia Falcione, responsable en Jerusalén del programa de Derechos Humanos de Unifem -fondo de Naciones Unidas para la mujer-, el principal problema es la falta de atención médica. “No hay ginecólogos ni psicólogos. En tres años hemos conseguido que las autoridades acepten la visita de un especialista en menos de cinco ocasiones”. Cuenta también que las embarazadas no reciben ninguna atención especial y que ha habido casos en que atan a las presas de pies y manos antes y después de dar a luz. Además, a las presas se les corta cualquier contacto físico con sus familiares. Durante las visitas, una mampara de cristal los separa: “Al salir de la cárcel, les resulta muy difícil restablecer los lazos”.

En el servicio de prisiones israelí niegan las acusaciones. “Si [las reas] creen que han abusado de ellas, pueden poner una demanda. Una unidad especial de la policía lo investigará”, explica un portavoz, que añade que las mujeres están bien atendidas y que las visitas constituyen la regla general, pero que “pueden suspenderse por seguridad o como sanción disciplinaria”. Para Israel se trata de “presas de seguridad” peligrosas para el Estado.

Para los palestinos, el confinamiento en cárceles israelíes es una cuestión política de primer orden. Hasta tal punto que, a diferencia de la gran mayoría de los lugares del mundo, el paso por la cárcel es obligado para hacer carrera política, porque implica haber luchado contra el enemigo israelí. El ejemplo más notable es el de Marwan Barguti, líder palestino que cumple cinco cadenas perpetuas, acusado de organizar y autorizar atentados que causaron la muerte a cinco personas. El carisma de Barguti le sitúa en la cabeza de la lista de presidenciables palestinos y de presos a liberar en futuros canjes.

Sin embargo, para muchas mujeres la cárcel no solo no les da el pedigrí de luchadoras que esperaban, sino que las marca de por vida. Amer relata su frustración: “Yo pensé que me iba a convertir en una heroína al salir de prisión. Pero las mujeres acarreamos un estigma”. Hay padres que cuando sus hijas salen de prisión las someten a un control exhaustivo. En parte porque temen que las vuelvan a detener, pero también porque ya no se fían de ellas después de que actuaran sin permiso del padre o del hermano, explica Sahar Francis, directora de Addameer. El resultado es que las mujeres tienen la sensación de haberse metido en otra cárcel.

Otras ex presas sí se sienten reconocidas, pero sus problemas son otros, aunque también vinculados al hecho de ser mujer. Es el caso de Suna al Ra’i, que ha pasado 11 años y medio en la cárcel por intentar matar con una pistola a varios soldados israelíes. El hermano de esta mujer, conocida como “la decana de las presas palestinas”, había muerto en una cárcel y ella quiso vengarse.

El salón de su casa en Qalquilia está lleno de placas de partidos políticos que celebran su salida de la cárcel. Al Ra’i, militante del Frente Popular para la Liberación de Palestina, ha tenido, sin embargo, un aterrizaje doméstico muy complicado. A los cinco años de encierro, su marido se divorció y se llevó con él a su único hijo, al que solo vio una vez en prisión: “Le eché tanto de menos…”.

Al Ra’i achaca su divorcio a las diferencias políticas con su marido, pero también a algo que piensa que es la norma en la sociedad palestina. “Si la condena es larga, el hombre no espera. O se divorcia o se casa con una segunda mujer. Ellos tienen sus necesidades…”, explica esta mujer, de 42 años; una edad muy avanzada, asegura, para encontrar marido. “Para las mujeres es un doble castigo. Perdemos la libertad, pero también al marido”.

La otra cara de la moneda es Ghoufran Zamel, una joven de 28 años y sonrisa perenne. Acaba de entregar un paquete para su prometido. Un chándal, un libro de historia del islam y una carta es lo que quiere hacer llegar a su celda a través del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Zamel no le ha visto nunca. Su futuro marido lleva 14 años y medio encerrado, una ínfima parte de las 48 cadenas perpetuas a las que ha sido condenado por participar en varios atentados al frente del brazo armado de Hamás. Israel le mantiene aislado de las visitas, incluida la de su prometida. Su familia, de Gaza, hace seis años que no le ve.

Zamel pasó 10 meses en la cárcel acusada de escribir en un periódico de Hamás, la organización islamista que Bruselas y Washington consideran terrorista. Sentada en un café de Ramala frente a un té a la menta, asegura que sufrió torturas en prisión. Pero también entre rejas decidió quién sería el hombre de su vida. A través de los abogados supo de la existencia de su futuro marido y pronto comenzó el carteo. Ahora, Zamel tiene las esperanzas puestas en un futuro canje de prisioneros, por el que cientos de palestinos saldrían a la calle, a cambio de la liberación de Gilad Shalit, el soldado israelí que lleva más de cuatro años cautivo en manos de Hamás. Si no hay canje, Zamel esperará. “Lo he elegido a él, no quiero a otro”.

Las imágenes que ilustran este reportaje formarán parte de la exposición ‘Vidas quebradas: presas palestinas en cárceles israelíes’, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid del 2 al 13 de febrero.

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