Yo y los criminales de guerra. – El País – 01/03/2009

Los tribunales internacionales para Ruanda y la Antigua Yugoslavia fueron los primeros creados tras la segunda contienda mundial para perseguir crímenes de guerra. Su ex fiscal Carla del Ponte cuenta en sus memorias (Ariel) los entresijos de la lucha contra la impunidad

CARLA DEL PONTE

Durante mi primera visita a Washington en calidad de fiscal jefe de los tribunales de Naciones Unidas para crímenes de guerra me dirigí a una de las personas más poderosas del mundo para pedir ayuda. Era un miércoles por la tarde, a finales de septiembre del año 2000, casi al principio de una larga serie de llamamientos que a lo largo de años habría de dirigir a altos cargos gubernamentales y dirigentes de organizaciones internacionales. Los necesitaba para apretar las clavijas a Estados nada dispuestos a colaborar, como Serbia, Croacia y Ruanda; los necesitaba para que nos ayudaran a obtener pruebas, y sobre todo, los necesitaba para que nos ayudaran a capturar a prófugos acusados de crímenes de guerra.

(…) Seguimos un corredor donde se oía el eco de nuestros pasos. Torciendo fuimos a dar luego en un despacho sin rótulo en la puerta, donde nos encontramos cara a cara con George Tenet, director de la Agencia Central de Inteligencia (…) Quedaban once meses para el 11 de septiembre. Necesitaba a Tenet para coordinar las actividades de la CIA con los esfuerzos de nuestro departamento y de otros servicios de inteligencia y facilitar así la detención de dos de los hombres más buscados del mundo, Radovan Karadžic y Ratko Mladic. El tribunal les imputaba cargos relacionados, entre otras cosas, con el bloqueo y el cerco de Sarajevo, diversas operaciones de limpieza étnica que desplazaron a cientos de miles de personas, y los asesinatos de unos 7.500 varones musulmanes prisioneros en Srebrenica, la mayor matanza en Europa tras las semanas previas al final de la II Guerra Mundial. (…) Al cabo de unos momentos parecía que nos entendíamos. Tenet me aseguró que la CIA participaba activamente en esa caza del hombre, pero que atrapar a alguien como Karadžic, que nunca hablaba por teléfono ni firmaba documento alguno, era tarea para descorazonar a cualquiera. Soltó con un bufido el nombre de Bin Laden, y luego añadió: Karadžic es mi principal prioridad.

Debería de haber sido más sagaz. Confié en que Tenet no se quedaría en las palabras. Supuse que no estaba levantando lo que llamamos los italianos el muro di gomma, un rechazo disfrazado de modo que no lo parezca. Cuando se aborda a personas poderosas con algún requerimiento o petición indeseada, suele ocurrir que las palabras reboten y a una le parezca estar oyendo lo que quería oír.

(…) Cada vez que llegaba a sentirme frustrada, o harta, sólo necesitaba recordar a las víctimas de Yugoslavia y Ruanda, en especial a mujeres y niños, y el valor que desplegaron día tras día en La Haya o en Arusha testimoniando contra hombres, y unas pocas mujeres, acusados de haber cometido crímenes de guerra. Una de esas víctimas, el testigo de cargo O, en el primer juicio de Srebrenica, era un muchacho de 17 años en julio de 1995 cuando fuerzas militares serbias, presuntamente cumpliendo órdenes de Radovan Karadžic y Ratko Mladic, tomaron la ciudad y comenzaron la carnicería. El 14 de abril de 2000, a menos de cuarenta pasos de mi despacho, el testigo O subió al estrado a declarar contra uno de los altos mandos de Mladic, Radoslav Krstic, más tarde hallado culpable de instigar al genocidio y colaborar en él. El testigo evocó de manera conmovedora a los soldados serbobosnios en uniforme de camuflaje, y cómo se le ordenó quitarse la ropa, pegajosa de orina aún húmeda, y alinearse en una esquina de un campo de exterminio cubierto de cuerpos muertos.

“Alguien dijo ‘tumbaos’, y cuando empezaba a tirarme al suelo, comenzaron los disparos… y ya no sé qué pasó luego. No pensaba… sólo pensaba que era el final. En un momento dado pude ver una bota militar que pisaba junto a mi cara. Y seguí mirando. No cerré los ojos. Pero el hombre pasó sobre mí, era un soldado, y disparó en la cabeza al que estaba a mi lado”.

(…) Llevaba oídos muchos testimonios similares en la primavera de 2001 cuando tuve mi segunda entrevista con George Tenet. Salió a recibirme al vestíbulo justo antes de nuestra reunión. “¡Carla, mi querida madame fiscal!”, dijo. Vino luego el bacini bacetti, ese besuqueo a dos carrillos que me crispa los nervios. Entramos en una sala de reuniones sin ventanas y con paneles de madera, puede que cerezo. Tenet se sentó en la cabecera de la mesa tras tomar yo asiento a su lado. Soltó unas cuantas naderías en tono informal. Que no podría contarme todo lo que estaba haciendo la CIA: eso era comprensible. Que arrestar a nuestros fugitivos seguía siendo alta prioridad. Que se habían emprendido operaciones sin éxito.

Y esas frases me hicieron sentirme lo bastante cómoda para ir al grano sin recurrir a palabras floridas y expresiones rebosantes de gratitud. (…) “¿Qué medidas se están tomando para asegurar esas detenciones?, pregunté, ¿cómo puede colaborar la CIA con el tribunal?”. Le expliqué que la fiscalía quería formar un equipo para seguir la pista de los fugitivos, y luego le sugerí que elaboráramos una nueva estrategia para apresar a Karadžic. Pensaba yo que, sin rebasar los límites de la ley estadounidense, podríamos compartir información y colaborar con las agencias de inteligencia de otros países, en particular Francia, Gran Bretaña y Alemania. “Y si ustedes no quieren hacer nada, creo que al menos podrían apoyar nuestros esfuerzos”, dije.

“Mire, madame“, replicó Tenet, “me importa una mierda lo que usted crea”.

Enfrentarse a Zagreb

El primer presidente de la República de Croacia, Franjo Tudjman, como sus protégés en Croacia o en las zonas de Bosnia-Herzegovina bajo control croata, se pasaron años prometiendo que colaborarían con el tribunal. Podían pasarse años sonriéndome, estrechándome la mano, prometiendo, construyendo un magnífico muro di gomma, y luego echar mano a la falsedad, el engaño y la artimaña furtiva para atacar por la espalda.

(…) A las pocas semanas de la muerte de Tudjman, los votantes croatas desalojaron del poder a su partido nacionalista, la Unión Democrática Croata, y eligieron como segundo presidente de la república croata a Stipe Mesic, que se había convertido en uno de los más destacados opositores a Tudjman. Ya había en Zagreb un Gobierno en manos de dirigentes que se habían opuesto a la aventura militar de Tudjman en Bosnia-Herzegovina y parecían dispuestos a cumplir uno de los requisitos previos a la entrada de Croacia en la Unión Europea: colaborar con el tribunal. (…) El 22 de diciembre de 2003 asumió el poder en Croacia un nuevo Gobierno, de centro derecha. Nos temíamos que resucitara la política nacionalista y aislacionista de Tudjman; al fin y al cabo, el nuevo primer ministro era el mismo Ivo Sanader que en mi primer viaje a Zagreb me había dicho que Croacia no colaboraría en la investigación de la Operación Tormenta, de la que había resultado la decisión de procesar al general Ante Gotovina. Sin embargo, una de las primeras acciones del Gobierno Sanader fue iniciar un diálogo con representantes políticos de la minoría serbia del país. (…) En una reunión celebrada el 19 de abril de 2005, Sanader afirmó categóricamente que su Gobierno estaba haciendo cuanto podía por detenerlo… le di una pista que apuntaba a que se estaba ocultando en monasterios franciscanos.

Una visita al Vaticano

Me recuerdo en el coche atravesando con mi asistente suizo, Jean-Daniel Ruch, las puertas del Vaticano, protegidas por las largas espadas y alabardas de los famosos guardias suizos. (…) Monseñor Lajolo salió de su despacho, nos saludó y nos invitó a pasar. Empezamos la conversación en italiano, pero sin alzar la voz; su eminencia me explicó que como el Vaticano no era un Estado, nada podía hacer.

Le interrumpí: “Scusi, monsignore, pero eso que me dice me resulta una verdadera revelación. ¿No hablamos siempre del Estado vaticano? ¿No se hablaba antaño de los Estados pontificios?”. (…) Le pregunté entonces si el Vaticano tendría la gentileza de rogar a la Conferencia Episcopal católica de Croacia que intercediera y apaciguara un tanto a sus miembros para que dejaran de vocear desafiantes expresiones de apoyo a Gotovina. Monseñor me explicó entonces que el Papa de Roma no tiene autoridad sobre la Conferencia Episcopal. Contesté que se suponía que los obispos obedecían al Papa, y que hasta me parecía recordar que había habido un cisma a cuenta de ello. “No, no”, fue la respuesta.

Al final acabé pidiendo una audiencia con el papa Benedicto XVI. Sin hacer siquiera una pausa, monseñor Lajolo respondió que el Papa sólo recibía en audiencia a presidentes y ministros de Gobiernos. “Pues acabo de leer en el Corriere della Sera que ha recibido al jefe de un partido político italiano que no es ni ministro ni presidente”, respondí. “Creo que no resultaría inapropiado si recibiera a la fiscal de un tribunal internacional de crímenes de guerra que trabaja para proteger los derechos humanos”.

Monsignore Lajolo me miró de soslayo. “Si quiere usted ver al Papa, venga a la plaza de San Pedro un sábado”, dijo. Se refería a que podría estar allí de pie, delante del gentío, con todos los demás preseleccionados para estrechar su mano y besar el anillo del pescador, y, en medio de una multitud de creyentes con los ojos como platos, pedirle que me ayudara a encontrar a Gotovina.

“Grazie, pero no he venido como peregrina sino como fiscal”, respondí. “Ha llegado a mis oídos que un prófugo de nuestro tribunal se esconde en un monasterio católico romano, y también que el Vaticano tiene el mejor servicio de inteligencia del mundo; de manera que les sería fácil, creo yo, averiguar si de verdad se encuentra en un monasterio croata o no”. (…) Monseñor me lanzó una mirada torva. Había traído una especie de regalo oficial, una colección de medallas vaticanas conmemorativas; me la alargó con un movimiento de muñeca, nos deseó buen viaje y salió de la habitación (…) Ruch se inclinó y me susurró al oído: “Se ha ido a excomulgarte”.

Gestiones con España

La policía croata no lograba localizar ninguna llamada más. Policía y servicios de inteligencia españoles vigilaban los aeropuertos de todas las islas canarias en vano. Habíamos oído algo de que Gotovina se movía en yate, y nos preocupaba que pudiera haber escapado por mar. Entonces, de repente, cambió el viento. Ocurrió que mi portavoz Florence Hartmann se puso a hojear un libro que había escrito Gotovina donde mencionaba que había estado de visita en Canarias y describía un lugar concreto en el que tenía algunos conocidos.

Avisamos a Madrid, y el 7 de diciembre las autoridades españolas lo detuvieron en un restaurante de Tenerife, acompañado de una hermosa mujer.

(…) Pasaron las semanas y el Gobierno de Belgrado seguía prometiendo que redoblaba sus esfuerzos para detener a Mladic. Pero el ejército seguía sin contribuir con nada digno de mención, una buena razón para creer que oficiales en activo y retirados hacían exactamente lo contrario.

(…) Notamos en la Unión Europea cierta tendencia a suavizar sus exigencias (a Serbia) de colaboración con el Tribunal. Empecé a verme cara a cara con los apoyos de Serbia en la Unión Europea. Mi primera parada fue Madrid. (…) En las salas del Ministerio Español de Asuntos Exteriores la atmósfera era tensa cuando aparecí para mi reunión con Moratinos, y mi asesor Jean-Daniel Ruch me dijo más tarde que se la había pasado sentado en el mismo borde del sillón preguntándose quién haría primero el gesto, yo echando mano a mi Louis Vuitton o Moratinos señalándonos la puerta. A mí no podía por menos que asombrarme el que la ansiedad de Madrid tuviera tanto que ver con las semejanzas entre el problema de Serbia con Kosovo y el suyo con el País Vasco.

Agradecí brevemente a España el apoyo brindado al Tribunal, en particular en la detención de Ante Gotovina. “No obstante”, comencé, “me sorprende que España, como Italia, Hungría y otros países, quiera reanudar las conversaciones con Serbia, aun sin colaboración alguna por su parte con el Tribunal”.(…) “Madame“, replicó Moratinos, “a mí lo que me sorprende es que usted, Madame del Ponte, prejuzgue de la posición de España antes de venir y escuchar directamente del Gobierno cuál es su postura. (…) Nosotros queremos ayudar, como lo hicimos tratándose de Croacia, que por cierto era país candidato (al ingreso en la UE) aun antes de haber acreditado su plena colaboración con el tribunal. ¿Por qué no podemos tratar igual a Serbia? (…) Haremos cuanto podamos para que Serbia colabore, y queremos que la colaboración sea efectiva. Cuando acaben las conversaciones, si no hay Mladic, no hay firma”.

“Denme dos meses”, dije, pensando en dos meses desde la formación de un nuevo Gobierno serbio. “Le doy tres”, dijo Moratinos. “De aquí a tres meses volverá usted aquí a pedirme apoyo”. Para ese momento los dos nos habíamos levantado ya.

(…) Una cosa he aprendido: acabar con la cultura que permite a personas poderosas, desde el capo dei capi de la Mafia hasta dirigentes políticos y militares, cometer cualquier ultraje sin tener que rendir cuentas, es cuestión de voluntad. (…) Perseguir judicialmente crímenes de guerra no es un juego intelectual sin riesgos. –

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