Yo estaba en la cocina de la casa de mi madre estudiando para un examen de economía de 2º año de Sociología, mi madre escuchaba la radio en la sala y me aviso

Una jornada particular

El consejero delegado del grupo Prisa y primer director de EL PAÍS cuenta cómo se vivió el 23-F en este periódico y cómo decidió sacar una edición especial a favor de la Constitución en pleno golpe de Estado

JUAN LUIS CEBRÍAN – El País – 20/02/2011

A las seis y veinte de la tarde del 23 de febrero de 1981 bajé el volumen de la radio de mi escritorio al tiempo que el secretario del Congreso pedía a viva voz el voto de los parlamentarios para la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno. Me dispuse a recibir a Antonio Ramos, que aguardaba desde hacía un cuarto de hora para verme y a quien quería entrevistar antes de contratarle como redactor de EL PAÍS en Andalucía. Apenas se aposentó frente a mi mesa, Augusto Delkáder, subdirector del periódico, me llamó por el telefonillo interior. Parecía alarmado.

Varios guardias civiles abandonan el Congreso por una ventana

Varios guardias civiles abandonan el Congreso por una ventana, horas antes de la rendición del teniente coronel Tejero.-

Periodistas leen una de las ediciones de EL PAÍS en las escaleras del hotel Palace

Periodistas de distintos medios, en las escaleras del hotel Palace, leen una de las siete ediciones que EL PAÍS sacó durante la noche del golpe de Estado.-

No esperábamos una escena tan histriónica, pero se rumoreaba la posibilidad de una intervención del ejército

Bajé a la redacción y pedí a los periodistas que ocuparan sus puestos porque íbamos a publicar EL PAÍS

Llamé a Pedro J. Ramírez y le pedí que ellos también publicaran una edición. No podemos, me contestó

Nuestros periodistas alertaron al “New York Times”, a “Le Monde”, al “Times” de Londres para informarles de los sucesos

Cuando Juan Carlos apareció en pantalla, con uniforme y gesto adusto, comprendimos que el golpe había sido abortado

Laína me preguntó mi opinión sobre la conveniencia de tomar por asalto el Congreso y acabar de una vez

No cabíamos en nuestro asombro al ver que los sublevados se iban tan tranquilos a casa o a sus cuarteles

Aquel día pensé que no habíamos hecho sino lo que nos correspondía: contar las noticias y emitir libremente una opinión

-¿Estás siguiendo el pleno del Congreso?

-He bajado el volumen, no me interesan las votaciones.

-¡Sube la radio, sube la radio cuanto antes! -me espetó.

Giré el botón y escuché algunos golpes, voces pocos distinguibles, confusión, y a un locutor que murmuraba aturdido: entra gente armada en el salón de plenos, es la Guardia Civil, no sabemos qué sucede.

-Perdona, Antonio -dije a mi visitante- ¿no te importa esperar un poco más ahí fuera, hasta que se aclare esto? Nos vemos enseguida.

Y llamé a Augusto para que viniera cuanto antes a mi despacho.

En la radio seguía escuchándose ruido a soldadesca. El locutor se preguntaba si los guardias habían entrado persiguiendo a un comando etarra, pero enseguida oímos un estertor, ¡quieto todo el mundo!, y supimos que quien se dirigía a los diputados, pistola en mano desde la tribuna, era el teniente coronel Tejero. Entonces ya no hubo duda. Se estaba produciendo un golpe de Estado.

¿Nos pilló de sorpresa? En absoluto. Desde luego no esperábamos una escena tan histriónica como aquella, pero la posibilidad de una intervención del ejército contra el régimen democrático se rumoreaba desde hacía meses y era comentario habitual en los cenáculos políticos. La reciente dimisión del presidente Suárez había alimentado esos rumores en medio de un espeso ambiente erosionado por la división interna del partido en el poder, y eran frecuentes y sonoras las demandas de un “gobierno fuerte” por parte de los sectores más reaccionarios de la opinión pública, aunque también las expresaban los líderes de la oposición.

Recordé que menos de un año antes, en un congreso celebrado en la Universidad de Vanderbilt, en los Estados Unidos, me había enzarzado en una discusión con el venerado hispanista Raymond Carr, escandalizado porque sugerí que el deterioro político era tal en la España de entonces, esa que apellidaban “del desencanto”, que no podíamos descartar una intervención militar. La posibilidad de la misma se venía barajando desde el descubrimiento, a finales de 1978, de la operación Galaxia, en la que el propio Tejero había colaborado activamente y que en cierta medida resultaba un prólogo de lo que comenzábamos a vivir ahora. La debilidad del Gobierno a la hora de reprimir aquella primera intentona degeneró en una acumulación de incidentes sediciosos protagonizados por el generalato de origen franquista. Todo ello era fiel reflejo de un estado de cosas brillantemente definido por Winston Churchill durante la Segunda Guerra mundial, cuando le preguntaron cuál era la situación. “Toda Europa -contestó- está ocupada por el ejército alemán, salvo España, que se encuentra ocupada por su propio ejército”. O sea que no era preciso tener ningún tipo de información privilegiada para saber que, cinco años después de la muerte del dictador, los uniformados constituían todavía el primer obstáculo y la amenaza más identificable contra la recién estrenada democracia y que el papel fundamental reservado al rey Juan Carlos durante la Transición no había sido el de motor del cambio, como lo definió José María de Areilza, sino el de freno de las veleidades de los milicos. Ahora acababan de entrar en el Parlamento, como Pavía, dispuestos a disolverlo aunque fuera a tiro limpio.

Algunas de estas reflexiones se embarullaban en mi cerebro mientras mi despacho, acosado de visitantes de urgencia, comenzaba a parecerse al camarote de los hermanos Marx. La plana mayor de la redacción y del Consejo de Administración del diario se congregó allí, discutiendo confusamente sobre los acontecimientos cuando todavía faltaba información. Radio Nacional y la cadena SER dejaron enseguida de transmitir desde el Congreso, lo mismo que TVE, pero el descuido de los rebeldes permitió que una de las cámaras siguiera grabando para la Historia lo que sucedía allí dentro. Yo me encontraba entonces bajo protección policial por amenazas terroristas, y mi escolta fue convocado, como el resto de los que hacían ese tipo de servicio, a las dependencias del Ministerio del Interior. “Me quedo aquí, contigo, por si hacen falta pistolas”, me dijo, al tiempo que recomendaba que cerrara los accesos al periódico. De todas maneras todavía algunos dudaban de que aquello fuera un golpe de Estado en toda regla y se apuntaban a la teoría de que se trataba solo de una nueva payasada macabra de Tejero, caricatura viviente de la peor imagen de la Guardia Civil caminera. Como todo el Gobierno se encontraba secuestrado en el hemiciclo, se me ocurrió telefonear al Secretario de la Casa del Rey, el general Fernández Campo, que me informó de que estaban siguiendo la situación pero todavía no tenían un análisis preciso. Poco antes de las siete de la tarde una llamada de Ana Cristina Navarro, redactora de Televisión Española, me alertó de que las tropas habían entrado en las instalaciones de Prado del Rey, e irrumpido violentamente en el despacho del director. Pedí que me pusieran con él y Fernando Castedo me contestó en tono tranquilo, no exento de ironía: te hablo en presencia del capitán Nosequién, que está al mando de los ocupantes del edificio, no puedo comentarte nada. Casi al mismo tiempo Delkáder me entregó los cables que daban cuenta de la proclamación del estado de excepción por el general Milans del Bosch en Valencia, y ya no cupieron más vacilaciones: el golpe era algo organizado y afectaba a otras regiones militares aparte de la de Madrid. Jesús Polanco se puso en contacto con el capitán general de Burgos, pariente lejano suyo, quien le comentó que la mayoría de sus colegas -por no decir todos- apoyaban la conspiración, aunque al parecer (yo no asistí al diálogo, que se desarrolló desde mi secretaría) él aseguraba no estar implicado. Ese fue el momento en el que comuniqué a los reunidos en mi despacho que en mi opinión debíamos sacar una edición especial de inmediato, de acuerdo con lo acostumbrado por EL PAÍS cuando sucedía una noticia de extraordinario interés. ¿Una edición para qué?, me preguntaron. Para lo que un periódico como el nuestro tiene que hacer: contar lo que pasa y emitir una opinión al respecto. El debate se convirtió en discusión y luego en caos. José Ortega y Jesús Polanco no estaban seguros de que aquella fuera una buena decisión. Javier Baviano, gerente del diario, puso de relieve que no habría furgonetas para distribuirla y que los quioscos habían cerrado ya que las gentes, atemorizadas, se habían recluido en sus casas. Además, aunque muchos redactores se encontraban para esa hora en el periódico, la mayoría de los operarios de talleres había terminado su turno y no podíamos contar con ellos. Carlos Montejo, representante del Comité de Empresa, se apresuró a decir que él convocaría a los que fueran necesarios y que si se precisaban voceadores los sindicalistas venderían la edición en las calles. Alguien comentó que eso era muy peligroso, que podían agredirlos los fachas. Delkáder y Martín Prieto, mis dos subdirectores, me urgían a tomar una decisión, la única posible según ellos: sacar el diario cuanto antes. El consenso parecía imposible y el guirigay de alteradas voces, incontrolable, o sea que al fin di un manotazo sobre la mesa de cristal de mi despacho y dije: aunque sea lo último que haga como director, vamos a sacar esta edición. A partir de ahí cesó el desorden y todos se pusieron a lo suyo. Bajé a la Redacción, que hervía de rumores y pedí a los periodistas que ocuparan sus puestos de trabajo porque íbamos a publicar EL PAÍS. Era lo único que estaba en nuestras manos para contribuir a parar el golpe. Añadí que me habían comunicado que tropas del regimiento Saboya nº 6 avanzaban hacia la capital con la misión específica de ocupar nuestras instalaciones. Por lo tanto, como el miedo era libre, si alguno quería marcharse y no participar estaba en su derecho de hacerlo. Mi única preocupación, concluí, era que los soldados llegaran antes de que hubiéramos sido capaces de terminar la edición, paralizándola, con lo que el esfuerzo habría sido vano y la amenaza contra nosotros subiría de tono al comprobar los militares lo que estábamos haciendo. De modo que era preciso no perder ni un minuto. Nadie lo dudó, dejaron de hacer corrillos y comenzaron a organizar el trabajo. Yo sí lo hice: por un momento fui presa del miedo al que me acababa de referir. Entonces imaginé que si en vez de salir solo EL PAÍS hubiera otros diarios que hicieran lo mismo, todos estaríamos más protegidos. Me encerré en un despacho, en presencia de Eduardo San Martín, un combativo periodista de izquierdas que luego fue director adjunto de Abc; y llamé a Pedro J. Ramírez, a la sazón director de Diario 16. Le expuse mi preocupación y le pedí que publicaran también ellos una edición extraordinaria. No podemos, me contestó, en ese tono de dubitante seguridad que todavía utiliza cuando habla por la radio. A estas horas no tenemos obreros, no tenemos periodistas, no tenemos capacidad técnica. Pensé que lo que no tenían en realidad eran huevos y se lo dije, aunque no con esas mismas palabras. Comprendí por lo demás que estábamos solos, que aquella era una decisión que solo los periodistas compartíamos, con el apoyo de los trabajadores del taller, y otra imagen del pasado me vino a la mente: la del presentador de la televisión checa, en agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos invadieron el país y acabaron con la Primavera de Praga, el experimento de liberalización llevado a cabo por Dubcek. La cara descompuesta del locutor, reflejada en una pantalla llena de interferencias, y su llamada de auxilio me habían perseguido desde entonces: “Nos invaden, ayúdennos”. Pensé entonces que era necesario contar fuera lo que estaba pasando, que precisábamos de la solidaridad de la prensa y la opinión pública internacional si queríamos que el golpe no triunfara. Pedí a Jesús Hermida, a Ángel Luis de la Calle, a Sol Álvarez Coto, que se pusieran en contacto con el New York Times, con Le Monde, con el Times de Londres, con las agencias extranjeras, para informarles de los sucesos y les aconsejé que mantuvieran abiertas las líneas telefónicas. Mientras tanto Javier Pradera comenzó a escribir el editorial que debería aparecer en la edición y yo telefoneé a mi amigo Francisco Pinto Balsemao, primer ministro portugués, compañero de estudios del Rey, para contarle con precisión lo que sucedía. También hablé con mi padre, un periodista del Régimen que había dirigido el diario de la Falange, y después de tranquilizarme sobre la seguridad física de mis cuatro hijos me animó a que sacara el diario cuanto antes. A lo largo de la tarde haría lo mismo repetidas veces con el propio Delkáder, con quien hablaba para saber cómo andaban las cosas, pues no quería interrumpirme a mí.

En muy poco tiempo la edición estaba preparada. Sólo cambiamos de momento dos páginas del periódico del día. La cuestión era estar a la venta cuanto antes. No habían llegado todavía las fotos de la intentona que fue capaz de escamotear el reportero de la agencia Efe y decidimos ilustrar la primera página con una estampa de la fachada del Congreso. El editorial, como todos los de Javier, era preciso y contundente, pero quise añadirle un párrafo introductorio con dos ideas clave: 1. EL PAÍS sale a la calle en defensa de la ley y la Constitución. 2. Los españoles deben movilizar todos los medios a su alcance en defensa de la voluntad popular. Luego quedaba por definir el titular. Desde que fundáramos el periódico la página de opinión y los titulares de la primera eran decisiones reservadas a la única voluntad del director. Jesús Hermida vino en mi ayuda. Discutimos brevemente. Yo quería dar la noticia, pero también el mensaje que transmitía el editorial. Entre los dos, creo recordar que en realidad la idea se debió más a él que a mí, al final escribimos: GOLPE DE ESTADO. E inmediatamente abajo: El país con la Constitución. A los pocos minutos Jesús volvió a mi despacho con la prueba de la primera página. Nos quedamos contemplándola y me vino una intuición: si pusiéramos El País, con mayúsculas, los lectores entenderían que no solo los ciudadanos en general, sino el periódico en particular, nos pronunciábamos contra los rebeldes. Tuvimos dudas, pero las resolvimos enseguida. Aquello funcionaba. A las ocho y media de la tarde las rotativas comenzaron a escupir papel.

Los quioscos estaban en su mayoría cerrados, según Baviano había advertido, y decidimos enviar unos miles de ejemplares al centro de la ciudad y al hotel Palace, donde se habían concentrado la cúpula militar, los jefes de la policía y guardia civil y decenas, quizá centenares, de periodistas que trataban de seguir desde allí los sucesos. El general Sáenz de Santa María, que años atrás había decidido aplicarme la ley antiterrorista y enviarme a casa una decena de guardias civiles de paisano armados hasta los dientes en busca de Antonio María de Oriol, presidente del Consejo de Estado secuestrado por el Grapo, estaba ahora del lado de los buenos. A raíz de aquella bárbara intrusión, y pese a la brutalidad contra mí ejercida, habíamos terminado por trabar una buena amistad. Cuando recibió la edición especial de EL PAÍS decidió enviar una mano de ejemplares al interior del Congreso. Poco después Tejero se presentaba en el hemiciclo desplegando con descaro las páginas de nuestro periódico. Javier Solana me contaría más tarde que al verlo pensó: si EL PAÍS ha salido a la calle es que el golpe no ha triunfado fuera. A él y a otros rehenes ese detalle sirvió para insuflarles ánimo.

Más tarde me llamó Balsemao. Había hablado con el Rey y le había encontrado tranquilo. Juan Carlos estaba telefoneando a todos los capitanes generales, a fin de desarticular minuciosamente tanto el golpe como la patraña de que se trataba de algo dirigido o apoyado por la Corona, pero Milans se resistía a acatar órdenes. Balsemao me dijo que si quería pedir asilo político podía acercarme a la embajada portuguesa y me lo concederían de inmediato. Ni se me había pasado por la cabeza y además yo estaba seguro de que el golpe no acabaría triunfando, en cualquier caso mi obligación era seguir en el periódico. Lo comprendo, comentó él, pero te lo digo porque Fulano está cenando precisamente hoy allí y le ha pedido asilo al embajador. Aproximadamente a esa misma hora, un valiente gudari representante de la izquierda abertzale proetarra escapaba a Francia a bordo de una chalupa fletada en Ondarribia.

La radio había estado transmitiendo durante toda la tarde música, pero a partir de cierto momento la SER retomó sus emisiones y comenzó a narrar el golpe. En provincias, algunos alcaldes reunieron a la Corporación y a cientos de sus convecinos en los salones del Ayuntamiento: siguieron así todos juntos los acontecimientos a través de las ondas. Juntos andaban igualmente los obispos españoles, reunidos en conferencia por casualidad esa misma tarde, y protagonistas de un silencio más culpable que cobarde. La misma Iglesia que había bendecido y apoyado décadas atrás el levantamiento fascista del general Franco, callaba ahora ante una agresión armada contra la libertad y la paz de los ciudadanos. Aunque se había anunciado una comparecencia del monarca en televisión, ésta se hacía esperar. Decían que por motivos técnicos pero los rumores apuntaban que antes de dirigirse al país debía estar seguro de que Milans había depuesto su actitud. El convencimiento de que los cazas de la base de Manises estaban dispuestos a abrir fuego contra los tanques desplegados por el capitán general en las calles de Valencia, si éste no se rendía, habría inclinado finalmente el fiel de la balanza. Cuando Juan Carlos apareció en la pantalla, con uniforme militar y gesto adusto, comprendimos que el golpe había sido abortado. Pero Gobierno y congresistas seguían secuestrados y los ocupantes del Parlamento no parecían dispuestos a deponer las armas. Cundía el temor de que el exceso de alcohol y el cansancio de la tropa degenerara además en incidentes violentos que pudieran ocasionar una masacre. Fue entonces cuando Francisco Laína, jefe del gobierno de subsecretarios creado por Juan Carlos para evitar que la cúpula militar ocupara el vacío de poder, tal y como habían pretendido los generales, me preguntó mi opinión sobre la conveniencia de que los geos tomaran por asalto el Congreso y acabaran de una vez con el problema. Le expresé mi sorpresa ante semejante interrogante, me faltaba información para hacerme un criterio al respecto. En realidad, añadí, lo que me preguntas es qué va a decir EL PAÍS mañana si ordenáis el ataque y sale mal, pero a eso no te puedo responder ahora. Luego hablé de nuevo con el general Fernández Campo para comentarle esa conversación y para confirmar que, aunque estaba previsto desde hacía semanas que el Rey me recibiera precisamente el día 24 de febrero a las diez de la mañana, daba por hecho que la audiencia quedaba cancelada.

Mientras todo esto sucedía la situación parecía cada vez más controlada, el periódico producía edición especial tras edición especial, con las imágenes de Tejero empuñando el arma bajo su tricornio de charol, y la televisión difundía los planos en que el general Gutiérrez Mellado se enfrentaba a los rebeldes mientras solo Suárez y Carrillo permanecían impasibles en sus escaños en medio de la balacera desatada. Pero la ocupación del Congreso continuaba y los nervios de los derrotados golpistas no auguraban nada bueno. En la madrugada acabó la euforia de los conspirados y comenzaban a llegar anécdotas ilustrativas. Un capitán general de una de las regiones más extensas e importantes había celebrado medio borracho y rodeado de bellas damas el triunfo del golpe, mientras un embajador en un importante país europeo hacía un brindis por el fin de EL PAÍS y de todo lo que representaba. En cuanto a la columna motorizada encargada de ocupar el periódico, las disputas entre los oficiales que la mandaban por el número de walkie-talkies e impedimenta correspondiente a cada unidad y la necesidad de parar en la gasolinera de la esquina para repostar los camiones les habían hecho perder un tiempo precioso, o sea que nunca llegaron hasta nuestras instalaciones. Durante toda la noche, centenares de personas mantuvimos la vela, como en el resto de los medios de comunicación, aguardando la liberación de los rehenes y el fin de la dramática charlotada. A mediodía del martes, y tras intensas negociaciones, por fin comenzaron los rebeldes a abandonar, a través de las ventanas, las instalaciones del Congreso. Los policías y guardias civiles que estaban en la calle les ayudaban a salvar la distancia con la acera, sujetándoles el subfusil. Luego los sublevados recuperaban el arma y se iban, tan tranquilos, a sus casas o a sus cuarteles. Algunos no cabíamos en nuestro asombro pues esperábamos ver cómo aquellos criminales eran esposados y conducidos a las comisarías en coches celulares. La mayoría de los sediciosos nunca fue castigada. Pero en aquel momento, la alegría inevitable de los liberados y la sensación de alivio de todos los españoles bastaron para superar cualquier actitud crítica.

Salí del periódico hacia las tres de la tarde del día 24. Nadie habíamos pegado ojo en toda la noche pero no nos sentíamos cansados. Javier Baviano me entregó las llaves de un apartamento que había alquilado a nombre de un desconocido por si yo estimaba que era peligroso volver a casa. Lo mismo había hecho, sin consultármelo, un hermano mío. Yo no había sentido otro temor durante toda la jornada que el que me inspiró brevemente la decisión de publicar la edición especial. Desapareció de inmediato gracias a la actividad desplegada y al convencimiento de que la única manera de resistirnos ante la barbarie era cumplir con nuestra obligación profesional. A la hora de la siesta, tumbado sobre el lecho, me dije que en realidad los redactores y trabajadores de EL PAÍS no habíamos hecho sino lo que nos correspondía: contar las noticias a nuestros lectores y emitir, libremente, una opinión al respecto. Pero ahora pienso que fue precisamente aquel día el que consagró a nuestro diario, dentro y fuera de España, como el icono mediático de la Transición.

Cuatro años más tarde, en la presentación de la edición andaluza de EL PAÍS, en Sevilla, se acercó una persona a darme un abrazo. ¿Te acuerdas de mí?, me preguntó con una sonrisa iluminada. La verdad es que no, le confesé entre tímido y aturdido. “Soy Antonio Ramos. Estuve en tu despacho el 23-F y me pediste que te aguardara diez minutos mientras se aclaraba lo que pasaba en el Congreso”. No nos habíamos vuelto a ver desde entonces.

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