Tras el rastro del patriarcado. SARA VILA – El País – Sociedad – Santiago – 07/04/2011

Un congreso desmonta las deducciones de los historiadores en torno a las mujeres

Ginecocracia. Así definió, escandalizado, la forma de vida en los castros gallegos prerrománicos el historiador griego Estrabón. La idea de que el noroeste peninsular fue un matriarcado en algún tiempo se mantuvo a lo largo de los años, incluso Emilia Pardo Bazán escribió: “No desmiente la mujer gallega las tradiciones de aquellas épocas en que estando dedicados los varones de la tribu a los riesgos de la guerra o a las fatigas de la caza, recaía sobre las mujeres el peso total, no solo de las faenas domésticas sino de la labor y cultivo del campo”.

Representación de una pareja de australopitecus

Mar Llinares muestra una representación de una pareja de australopitecus.- ANXO IGLESIAS

El griego Estrabón definió la sociedad castrexa como una ginecocracia

Pero según explicó Mar Llineras en el I Encontro Interdisciplinar de Historia do Xénero, que se celebra estos días en la Facultade de Filosofía de la Universidade de Santiago de Compostela, no existe ninguna prueba que lo pueda demostrar. De hecho, existió una corriente de autores que consideraron que hubo un tiempo en el que la mujer, en concreto la fecundidad, fue adorada como diosa madre universal, algo que según la historiadora es insostenible. Aún así, la del matriarcado gallego es una teoría creíble y lógica. Los indicios no se quedan en las crónicas de los autores clásicos. También en los monumentos funerarios queda patente que la mujer estaba, por lo menos, más presente que en otras comunidades. Hay un número importante de inscripciones dedicadas a mujeres. Además, se encontraron lápidas en las que solo se nombra a la madre del fallecido, sin hacer referencia al padre. Todo ello apunta a una dirección, pero es imposible saberlo a ciencia cierta. “Probablemente habría una división de tareas: la mujer trabajaba la tierra mientras el hombre realizaba expediciones para la caza”, explica Llinares, “para alguien de la Grecia del siglo I, donde las mujeres estaban totalmente sometidas, esto ya era una razón para escandalizarse”.

Los investigadores de períodos anteriores, como la prehistoria, tampoco han sabido ser independientes de los estereotipos de sus tiempos, y constantemente se ha venido mezclando naturaleza y biología con roles sexuales adquiridos con el tiempo. El mejor ejemplo son las representaciones de homínidos, donde las hembras siempre aparecen en actitud pasiva mientras el macho está cazando o afilando lanzas, siempre haciendo algo productivo para proteger y alimentar a hembras y crías. “Hay imágenes en las que solo les falta el bolso y los pendientes”, bromea Llinares. Se da por sentado que las hembras permanecían la mayor parte del tiempo con sus crías en el regazo, amamantándolas, sentadas y siempre en la cueva. “Los textos en los que se hacen reconstrucciones del pasado están llenos de supuestos en relación a los roles de macho y hembra sin que existan pruebas para intuir que el papel de la hembra en la evolución fuese nulo”, cuenta la historiadora.

Fue en los años setenta cuando las arqueólogas empezaron a cambiar la situación. Primero denunciándola y luego elaborando estudios de género que abarcaban todos los ámbitos de la prehistoria. En las conocidas ilustraciones que representan la evolución de la humanidad, del mono al astronauta, solo aparece representado un sexo. El protagonismo en la evolución lo había acaparado el varón a través del modelo de hombre cazador. Esta afirmación implica que el varón fue el motor de la transformación y la mujer desempeñó un papel secundario vinculado a la reproducción. Incluso hubo quien insinuó que las mujeres perdieron el celo para ser sexualmente receptivas siempre y ofrecer sexo al varón a cambio de alimento. De este modo, se asegura que, como el macho era quien salía de la cueva, fue el primero en caminar erguido. El bipedismo llegaría más tarde a la mujer por cuestiones genéticas: el padre transmitía esta característica, pero no la madre. “Esto lo defendió gente muy respetada en el mundo de la antropología, y nadie indicó que existiesen argumentos ideológicos”, explica Llinares.

Por el contrario, cuando se pusieron en marcha las teorías feministas, fueron ignoradas por “usar argumentos políticos”. Lo que proponían se conoce como el modelo de la mujer recolectora, opuesto al del hombre cazador. Esta teoría daba más importancia a la dieta vegetal, que en un principio constituiría el sustento de los homínidos. Se supone que la caza fue más tardía y que las mujeres se ocupaban de la recogida de vegetales. Incluso se cree que estas primeras agricultoras inventaron algunas herramientas.

“Sería muy difícil confirmar cualquiera de las hipótesis”, cuenta Llinares, escéptica. Lo que está claro es que ningún estereotipo actual puede aplicarse al estudio de la prehistoria. Peor es utilizar la prehistoria que se supone o se intuye para justificar las desigualdades del presente entre hombres y mujeres como algo natural.

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