La fractura irresuelta 2.0. Por Nelson Manrique

Por Nelson Manrique

Tomado de:

http://www.nelsonmanrique.com/2011/06/03/la-fractura-irresuelta/

Apenas unas horas nos separan de una elección crucial para el destino del Perú. El proceso electoral nos ha dado numerosas sorpresas; una de las más llamativas es la flagrante contradicción entre la fuerte desconfianza que proclaman buena parte de los peruanos con relación a los dos candidatos y el apasionamiento con que respaldan a uno y tratan de cerrar el paso al otro.
Dos días antes de las elecciones las encuestas confirman que se mantiene un empate técnico que no ha podido romperse a lo largo de un mes. Los representantes de las empresas encuestadoras afirman que es imposible señalar quién será el ganador, debido a lo estrecho del margen que los separa y a que los resultados de los sondeos serios, que otorgan una ligera ventaja a un contendor, se distribuyen más o menos uniformemente a favor de uno y otro candidato.
El país se encuentra dividido pues en dos, pero la cesura no es uniforme: mientras Lima otorga un fuerte apoyo a Keiko Fujimori el interior del país -especialmente las regiones centro y sur- respalda masivamente a Ollanta Humala. La escisión entre el Perú costeño y globalizado y el Perú serrano e indígena vuelve a plantearse descarnadamente. Este no es un fenómeno excepcional: si se observa la distribución geográfica del voto existe una clara continuidad en el respaldo a Ollanta Humala en el centro y el sur desde el 2006; gruesamente estás regiones se han identificado históricamente con la izquierda, mientras que existe una clara asociación entre Lima y la costa y las opciones conservadoras. Hace unos años un amigo historiador me hizo una aguda observación: la forma cómo se divide políticamente el país hoy reproduce en buena medida las fronteras que vigentes durante la Guerra de la Confederación Peruano-Boliviana (1836-1839). Yo añadí que gruesamente estas fronteras son las mismas que se establecieron ante el levantamiento de Tupac Amaru. Aparentemente persisten pues problemas de larga duración no resueltos.
¿Cómo explicar esta terca fractura? Creo que una clave se encuentra en la escisión histórica entre el Perú criollo y la nación indígena. Cuando a fines del siglo XIX Manuel Gonzales Prada proclamó que no formaban la nación los 200,000 “encastados” que residían en la franja litoral y que el verdadero Perú estaba constituido por la muchedumbre de 3 millones de indios desperdigados al otro lado de la cordillera puso sobre la mesa una cuestión clave: la limitadísima base de legitimidad de una República cuyo principio de fundación proclamaba que la soberanía residía en el pueblo, al mismo tiempo que excluía, en la definición misma de lo que era ese “pueblo”, a más de las nueve décimas partes de la población. El desafío para la nación era cómo integrar a esa inmensa mayoría indígena excluida de la ciudadanía. La cuestión nacional, se decía, era cómo integrar el indio a la Nación. Pero la república criolla prefirió desentenderse del problema.
Existe una diferencia muy importante entre el Perú y otros países de América Latina que tienen una importante población indígena. En México, Guatemala, Ecuador y Bolivia las capitales -los centros neurálgicos del poder político y económico- se establecieron en la sierra, en zonas densamente pobladas por indígenas. El indio no podía ser pues obviado pues su sola presencia física lo convertía en un tema inevitable del debate nacional. Pero Lima es una ciudad situada en el litoral, que históricamente ha mirado hacia afuera, poniéndose de espaldas al país. La exclusión de los analfabetos del derecho al voto perpetuó la exclusión de los indígenas de la ciudadanía por más de un siglo: en un país donde se alfabetiza en castellano, un indígena monolingüe es por definición un analfabeto. Recién en la Constitución de 1979, más de 150 años después de nuestro nacimiento a la vida independiente, se les otorgó el derecho a votar, el más elemental derecho ciudadano.
Aparentemente la fractura debiera haberse resuelto con la masiva migración de millones de peruanos de la sierra a la costa y del campo a la ciudad, que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX “andinizó” a Lima y las otras grandes ciudades del litoral. Pero los profundos cambios objetivos vividos por la sociedad peruana -que la hicieron transitar de su pasada condición serrana, rural e indígena, a la presente, costeña, urbana y mestiza- no fueron acompañados de similares cambios en las subjetividades. Aquí no se vivieron revoluciones antioligárquicas de raigambre popular, como las que experimentaron México (la revolución mexicana), Argentina (el peronismo), Brasil (Getulio Vargas), o la revolución boliviana de 1952. En el Perú la posibilidad de una revolución antioligárquica popular se frustró cuando el Apra (en sus orígenes el partido antioligárquico y antimperialista por excelencia) decidió aliarse con la oligarquía a través de la Convivencia (1956-1962) y la Súperconvivencia (1963–1968). El reformismo representado por Fernando Belaunde, por otra parte, se mostró incapaz de realizar los cambios que había prometido.
A la paradoja de un partido antioligárquico que terminó aliándose con la oligarquía que debiera haber destruido se sumó entonces la de una fuerza armada que abandonó su función de defender a la oligarquía y que terminó liquidándola. La revolución antioligárquica en el Perú fue realizada por los militares; el velasquismo acabó con la oligarquía: liquidó a los barones del azúcar y del algodón, a los terratenientes costeños y serranos y al “imperio Prado”: la columna vertebral del poder financiero de una clase dominante cuya base de poder era la propiedad de la tierra. Nunca, desde la independencia, se había realizado un cambio tan radical. Pero el proyecto militar fue una revolución “desde arriba “, vertical y autoritaria, que rechazaba la participación de las masas cuyos intereses había decidido defender y era abiertamente hostil a cualquier forma de participación popular. Esa ausencia de participación popular permitió que el poder de la oligarquía en el terreno simbólico permaneciera más o menos indemne y creó la escisión –fundamental para la comprensión de nuestros problemas políticos contemporáneos- entre una sociedad que durante las últimas décadas ha experimentado muy profundos cambios objetivos, mientras que las subjetividades se han quedado estancadas.
La realidad cambia radicalmente, pero los ojos con que se la observa siguen aprisionados por los viejos esquemas mentales oligárquicos. El racismo expresado por jóvenes ppkausas durante la primera vuelta (aún deambulan por las redes sociales algunos melancólicos especímenes derramando su bilis, luego de que el gringo reconociera que los meció) expresa esa incapacidad de reconocer los cambios que el Perú ha experimentado; ese permanecer aprisionado por lo que Fernand Braudel denominó “esas cárceles mentales de larga duración”. Pero la discriminación es un camino de doble vía: la ejercida de arriba hacia abajo genera una reacción proporcional en la dirección contraria. La oposición entre los criollos costeños y los serranos indígenas, por otra parte, tiende a reproducirse en el corazón mismo de la capital; en esta Lima donde, paradoja de las paradojas, reside ahora la población de quechuahablantes más grande del país, aunque nunca se oiga en las calles hablar quechua, como es normal en Quito o La Paz.
La carencia de una derecha liberal en el Perú es la consecuencia de la ausencia histórica de una clase dirigente. Hace unas semanas Julio Cotler me hizo la observación de que mientras que México se da el lujo de tener a un intelectual de derecha del vuelo de Enrique Krauze en el Perú en ese espacio político impera un páramo intelectual. Una clase dirigente se distingue de una simple clase dominante por su capacidad de presentar sus propios intereses como los intereses generales de la nación. Enrique Florescano ha mostrado cómo desde fines del siglo XVIII los criollos mexicanos buscaron apropiarse de la tradición azteca para presentarse como la continuidad de un proyecto histórico nacional que hundía sus raíces en el México prehispánico. Los criollos peruanos, en cambio, se preocuparon más bien por marcar distancias con el legado histórico incaico y reivindicar su castiza identificación con la “madre patria” hispánica. Por eso, mientras en México en la plaza principal -el Zócalo- se rinde homenaje a Cuauhtemoc, el líder de la resistencia indígena contra la conquista (ahora están restaurando el imponente Templo Mayor) en Lima tuvimos en la Plaza Mayor la estatua de Francisco Pizarro y la pequeña delegación que, al conmemorarse el quinto centenario del eufemísticamente denominado “Encuentro de Dos Mundos”, fue a depositar una ofrenda floral ante la piedra que recuerda a Taulychusco -el último curaca que gobernó Lima- terminó en la comisaría.
La adhesión militante de la derecha peruana al fujimorismo en estas elecciones repite simplemente el viejo reflejo de mirar el Perú como su hacienda. Mientras que en Chile Augusto Pinochet -otrora el héroe de la derecha – se enterró políticamente cuando se supo que había usado su poder para robar, aquí la derecha prefiere mirar a otro lado y silbar ante el pillaje de 6000 millones de dólares por la banda de Fujimori y Montesinos, la organización del grupo Colina y los crímenes de lesa humanidad, la esterilización forzada de 300,000 mujeres indígenas, la destrucción de la institucionalidad sometiendo a las fuerzas armadas, los poderes ejecutivo, legislativo y judicial bajo el control de una camarilla delincuencial atrincherada en el Servicio Nacional de Inteligencia -que fue elevado al rango de cuarta arma de las Fuerzas Armadas, al mismo nivel que el ejército, la marina y la aviación-, la compra al contado de medios de comunicación, jueces y parlamentarios y la corrupción y el narcotráfico erigidos en política de estado. Ahí están los 120 kilos de pasta básica de cocaína encontrados en el año avión presidencial como el símbolo de una era. Semanas atrás se usaba como justificación el argumento de que Keiko era diferente de su padre. Ahora hasta ese taparrabos ha sido abandonado y se reivindica abiertamente el legado fujimorista como su principal carta de presentación. Esta es una derecha capaz de vender su alma al diablo para defender sus intereses económicos.
Cuando en la época de Juan Velasco Alvarado una investigadora amiga empezó a entrevistar a empresarios para conocer sus actitudes frente a la comunidad industrial se dio con la sorpresa de que su resistencia se basaba no tanto en la defensa de sus intereses económicos como en que les parecía inconcebible tener que sentarse en la misma mesa con “los cholos”. Los reflejos coloniales por encima de la conciencia de clase burguesa.
Votar por Keiko Fujimori no es pues sólo legitimar el crimen y la corrupción que históricamente han caracterizado al fujimorismo que ella encabeza. Es votar por mantener esa escisión fundamental que desgarra el país desde su fundación. La vieja escisión entre el Alto Perú y el Bajo Perú sigue proyectando su sombra sobre nosotros. Nos condenamos, así, a permanecer atrapados en ese círculo vicioso que cierra el camino hacia cualquier futuro previsible. Permaneciendo, como escribió José María Arguedas, “sin embargo, separados sus gérmenes y naturalezas, dentro de la misma entraña, pretendiendo seguir sus destinos, arrancándose las tripas el uno al otro, en la misma corriente de Dios, excremento y luz”.

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