La tumba del líder es un mensaje. M. ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO – El País – 29/10/2011

El mausoleo de Néstor Kirchner, ejemplo de pompa funeraria con interés político – El culto a la personalidad permite la pervivencia del sistema

Mineros sacan en procesión una estatua de Néstor Kirchner

Un grupode mineros saca en procesión en Buenos Aires una estatua de Néstor Kirchner.- A. ARCE (REUTERS)

Desde las pirámides de Egipto al mausoleo de quien fuera presidente argentino entre 2003 y 2007, Néstor Kirchner, pasando por las tumbas de Lenin, el vietnamita Ho Chi Minh o el icono revolucionario Che Guevara, los sepulcros donde reposan los líderes políticos suelen revestir una apariencia tan poderosa como lo fuera en vida la dimensión del personaje. Salvo contados casos de sepelios secretos (el libio Muamar el Gadafi en un lugar desconocido del desierto, o el líder de Al Qaeda Osama bin Laden en el mar), la pompa que rodea los ritos funerarios de las personalidades políticas se trasluce también en su última morada: mármol, granito y apariencia colosal son la norma, como los 11 metros de altura del panteón de pórfido patagónico e iluminación led del marido de la actual presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, por citar solo el último ejemplo incorporado a la iconografía funeraria mundial. Porque los mausoleos de grandes líderes son, más que tumbas que cobijan despojos, una representación a la medida -muchas veces ampliada- del propio régimen o sistema político del fallecido. Una foto fija ante el vendaval de la historia.

Felipe II ordenó levantar El Escorial para centralizar su reino peninsular

La momia de Lenin ya no es casi divina como era en la Unión Soviética

En la Edad Media se pensaba que las reliquias conferían poder a su guardián

Los usos políticos prescribían hasta la época de la caída del muro de Berlín (1989) toda la grandiosidad imaginable, especialmente en el caso de los mandamases soviéticos y los de su órbita, sin desdeñar técnicas de conservación como el embalsamamiento. La ostentación también es palpable en el Valle de los Caídos, última morada del dictador español Francisco Franco, como si la imagen post mórtem de las figuras enterradas pretendiese seguir proyectando poder. Algo de eso hay, un intento de evitar que la muerte biológica suponga la política: no es tanto la posteridad del individuo como la pervivencia del sistema lo que está en juego, algo especialmente palmario en el caso de la momia de Ho Chi Minh en Hanoi, visitada a diario entre un silencio reverencial por miles de vietnamitas y turistas.

En el caso de Argentina, “Néstor Kirchner, que no fue nunca una figura carismática, es utilizado ahora por su viuda [Cristina Fernández de Kirchner, CFK] para lograr un segundo mandato” como presidenta, señala la politóloga Susanne Gratius, del think tank FRIDE. “Tiene mucho que ver con el populismo, una marca política propia de América Latina; pero en el caso de Argentina, con el modelo K, que nadie sabe lo que es, lo que quiere Cristina Fernández es refundar la política nacional. La transformación de la política argentina empieza en los años cuarenta con Juan Domingo Perón, y Cristina Fernández hace eso, retomar el mito fundacional”, relata Gratius.

“CFK está copiando deliberadamente el modelo de Perón y Evita; incluso ha aludido a la posibilidad de que se ruede una película sobre su historia de amor. Invocando su viudedad, ha hecho una utilización política de la muerte de su esposo”, concluye la experta. La sombra de Evita Perón es alargada por demás: los detalles de su agonía, muerte y cuasi resurrección -las vicisitudes que corrió su cadáver, secuestrado y desaparecido durante 14 años- han dado pie a relatos tan apasionantes como el de Tomás Eloy Martínez, Santa Evita, o Esa mujer, un cuento de Rodolfo Walsh que recrea el secuestro de la primera dama. Pese a ello, Evita Perón descansa en la bóveda familiar del cementerio de La Recoleta de Buenos Aires.

La necrofilia es un factor evidente, y especialmente en el país de los Kirchner, donde, como recuerda el escritor Martín Caparrós en su blog Pamplinas (blogs.elpais.com/pamplinas), “no hay político más poderoso que la muerte”. O, dicho de otra manera, la del candidato a las últimas presidenciales Eduardo Duhalde: la campaña electoral fue “un duelo entre una viuda [CFK] y un huérfano [Ricardo Alfonsín, hijo del expresidente Raúl Alfonsín]”. En los mausoleos, como señala Cristina Manzano, subdirectora de FRIDE, “hay un evidente culto a la personalidad, pero también necrofilia. En el caso de Néstor Kirchner, su imagen y su papel han estado muy presentes después de muerto”.

La imagen del Bicentenario que aparece en el mausoleo de Río Gallegos tampoco es casual, sino que encaja a la perfección en el ánimo de “retomar para ahondar en la búsqueda de identidades y afirmaciones nacionales, quiénes somos, cuáles son nuestras raíces…”, explica Susanne Gratius.

Pero ejemplos de mausoleos los hay para todos los gustos y en todas las épocas. La profesora María García Alonso, del Departamento de Antropología Social y Cultural de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), recuerda el caso de El Escorial. “Para consolidar su poder, para centralizar su reino en la península, Felipe II manda construir El Escorial y, dentro de él, el panteón, para concentrar los restos de todos los reyes muertos. El panteón refuerza la idea de la monarquía”, cuenta García Alonso, que, en referencia a la tumba desconocida de Gadafi ve una clara intención: “Hacer desaparecer un cadáver significa querer borrar su recuerdo político, es decir, añadir a la muerte biológica la muerte política, porque siempre que hay un cadáver violento, puede hacerse una relectura si cambia el escenario político. El caso de la momia de Lenin, que era casi divina en la Unión Soviética, lo demuestra: ha cambiado el régimen y ya no reviste la sacralidad de antaño”.

Las dos expertas aluden como ejemplo de instrumentalización política a los restos del Che, el icono revolucionario que América Latina exportó al mundo. Hallados en 1997 en Bolivia, fueron trasladados a La Habana como si de un héroe nacional se tratara; su relativamente modesto mausoleo en Santa Clara, donde fue inhumado con honores militares, sigue siendo escenario de homenajes y celebraciones. “El cadáver del Che estuvo mucho tiempo desaparecido en Bolivia y nadie pareció interesarse por él”, dice García Alonso. “Sus restos fueron hallados tarde, en 1997, y se convirtieron en instrumento de poder y legitimación del régimen cubano. A partir del derrumbe de la Unión Soviética [años noventa del pasado siglo], cuando se acabó la alianza con Moscú, había que sustituir el pacto económico por algo, y ese nuevo discurso es el nacionalismo, el mito revolucionario, para apuntalar un sistema que amenazaba ruina”, asegura Gratius.

Los despojos del poder tienen en ocasiones una consideración parecida a la que tuvieron las reliquias de santos en la Edad Media. “Un muerto puede tener una vida política post mórtem, por eso funcionaron tan bien las reliquias y el tráfico de las mismas en la Edad Media: porque se pensaba que conferían poder a quien las guardaba”, señala la antropóloga. De ahí también que a menudo se conviertan en lugares de peregrinación: “Es el caso, por ejemplo, del mausoleo del rey Mohamed V de Marruecos, en Rabat, o el de Lenin en Moscú; son un punto de referencia simbólico que legitima su recuerdo entre las generaciones venideras”, explica Cristina Manzano.

La dimensión religiosa de los mausoleos lo es a veces en el sentido más literal de la palabra, como en los monasterios de El Escorial o el Valle de los Caídos, “casos en los que la religión tenía un papel hegemónico en el régimen”, explica Manzano. El Valle de los Caídos no solo cobija los restos de Franco, también los del líder de Falange José Antonio Primo de Rivera.

“Primo de Rivera fue inhumado y exhumado un montón de veces, luego trasladado desde Alicante [donde fue fusilado] a hombros de falangistas hasta El Escorial y, finalmente, enterrado en el Valle de los Caídos” por decisión de Franco, recuerda García Alonso (y ello, pese a la mala relación entre ambos).

Reconvertir el monumento dedicado a inmortalizar la victoria de Franco en un lugar de reconciliación, como prevé la Ley de Memoria Histórica, es la tarea de la comisión de expertos nombrada por el Ejecutivo, que hará público su informe tras las elecciones del 20-N y dos de cuyos miembros han declinado la invitación de EL PAÍS para valorar su existencia (y su futuro).

“Es un ejemplo de mausoleo fascista y, aunque no hay ningún escrito que demuestre que Franco quisiera ser enterrado allí, una tumba faraónica, además de la mayor fosa común de España, pues alberga los restos de más de 20.000 personas”, señala la historiadora Queralt Solé, profesora de la Universidad de Barcelona.

“A diferencia de los Inválidos de París, donde está enterrado Napoleón, o incluso del Panteón de Hombres Ilustres, que pueden verse como el homenaje de un país a personajes clave en su historia, el Valle de los Caídos es un homenaje de Franco a sí mismo”, añade la historiadora. “Desde 1940, cuando se redacta el decreto que establece su construcción como gran cementerio para los héroes y los mártires de la Guerra Civil, es decir, para los soldados y los franquistas represaliados, hasta su conclusión en 1959, cuando se decide dar cabida también a muertos del otro lado, ha cambiado la situación y también la relación del régimen con la Iglesia. En su inauguración, el franquismo hace ver que ha transformado el significado inicial, pero no lo consigue: no solo porque es la mayor fosa común de España, sino también por el espacio que ocupa, muchas hectáreas, y porque está al lado de El Escorial y su panteón real. Es como si rivalizara con él”.

La voluntad de perdurar en el tiempo es manifiesta, según Queralt Solé: “La gran cripta, la gran cruz, los grupos escultóricos; el traslado de los benedictinos… Aunque se intenta maquillar la victoria, no se consigue. Ahora se plantean distintas opciones, desde destruirlo hasta convertirlo en un museo”, con o sin los restos de Franco dentro. “Pero seguro que el Valle de los Caídos volverá a sufrir una transformación”, afirma Solé.

Puede que en la larga lista de mausoleos, el más innecesario de todos ellos, y a la vez el más famoso, fuera el de Halicarnaso, dedicado a Mausolo, rey de Caria, un monarca cuya vida no tuvo más de extraordinario que su tumba -en su día, una de las siete maravillas del mundo antiguo-, preparada con empeño mucho antes de morir. Y a fe que el aliento de posteridad le lució mucho.

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