Muertes silenciosas. Por: Pablo Gentili – El País – 16 de enero de 2012

De la muerte de Aparecido Nunes casi nadie se enteró. Tampoco se dieron muchas explicaciones sobre las razones que la provocaron. El informe policial fue, como siempre en estos casos, breve e incompleto, ínfimo, como lo fueron los 16 años que tenía Aparecido Nunes cuando murió, aquella noche húmeda en la que la luna carecía de gracia y de poesía, allí, en la periferia de Recife, Estado de Pernambuco, Brasil, sexta potencia del planeta: “joven muerto asesinado sin causa aparente”.

La vida de Aparecido Nunes era igual a la de miles de jóvenes brasileños pobres. El color de su piel también. Trabajaba de aprendiz en un taller mecánico, estudiaba por la noche, le gustaba el fútbol y Minerva, una muchacha vecina de la que Aparecido se había enamorado y cuando sonreía le decía que era mucho más bonita que una diosa.

La vida de Aparecido Nunes terminó como termina la vida de miles de jóvenes brasileños que, como él, no han hecho otra cosa que comenzar a vivir.

 La muerte y los jóvenes en Latinoamérica

América Latina posee algunos de los índices de violencia más altos del mundo. Las estadísticas oficiales ponen en evidencia una realidad escalofriante y que rechaza cualquier explicación simplista o convencional. En efecto, los importantes esfuerzos realizados durante los últimos años en el combate a la pobreza, así como la implementación de políticas redistributivas de gran impacto en términos ciudadanos, no parecen haber tenido la capacidad de disminuir o limitar los altos niveles de violencia que poseen estas sociedades.

Sin lugar a dudas, la disminución de la pobreza y, en particular, de la miseria extrema, constituye uno de los principales desafíos para los países latinoamericanos. Entre tanto, la suposición de que una mejoría en las condiciones de vida de la población es suficiente para una reducción drástica en los altos índices de violencia social, no puede demostrarse de forma muy convincente en Latinoamérica. En muchos países de la región la pobreza tiende a disminuir y la violencia a aumentar.

Un mapa de la tasa de homicidios a nivel mundial pone en evidencia que América Latina es una de las regiones más violentas del planeta.

Índice de homicidios en el mundo – Mapa interactivo

El Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, de México, en un reciente estudio indica que de las 50 ciudades más violentas del mundo en 2011, 40 eran latinoamericanas, entre ellas, 14 brasileñas, 12 mexicanas y 5 colombianas. El mismo informe detalla que las diez ciudades más violentas del mundo, considerando la tasa de homicidios oficiales, fueron: San Pedro Sula (Honduras), Ciudad Juárez (México), Maceió (Brasil), Acapulco (México), Distrito Central (Honduras), Torreón (México), Chihuahua (México), Durango (México) y Belem (Brasil). En las tres ciudades más violentas del mundo, la tasa de homicidios cada 100 mil habitantes resultó aterradora: 158,87 (en San Pedro Sula); 147,77 (en Ciudad Juárez); 135,26 (en Maceió). Los datos quizás sean difíciles de ponderar para alguien no habituado a este tipo de estadísticas. A los efectos de dimensionarlos mejor podemos observar que, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la tasa de homicidios promedio a nivel mundial es de 8,01 asesinatos cada 100 mil habitantes; la de Francia de 1,33; la de España 1,0; la de Alemania 0,78 y la de Japón 0,45.

Índice de las ciudades más violentas del mundo (informe completo)

De manera general, las investigaciones sobre el tema destacan dos tendencias con un alto grade de regularidad en casi todos los países: la concentración de la violencia en los grandes conglomerados urbanos y la alta incidencia de los homicidios entre los más jóvenes.

En el caso de América Latina y el Caribe, estas tendencias se presentan con muchísima claridad. Por ejemplo, Honduras posee la ciudad más violenta del mundo, cuya tasa de homicidios es 158,87, mientras su tasa de homicidios a nivel nacional es de 19,66. Lo mismo ocurren con México, Brasil y Colombia, cada uno con tasas nacionales de 17,61; 29,68 y 45,16, respectivamente, aunque sus mayores ciudades superan ampliamente esos indicadores. Si bien las áreas rurales son, en esta región del planeta, escenario de una enorme impunidad, la violencia tiene su epicentro en las grandes ciudades latinoamericanas.

Del mismo modo, la principal víctima de esta violencia suele ser la población juvenil, como lo revela el excelente estudio de Julio Jacobo Waiselfisz, Mapa da Violência: Os jóvens da América Latina (2008):

Tasa de homicidios de jóvenes y no jóvenes en diversas regiones y continentes

Región / Continente Joven No Joven Total
África 16.1 8,5 10.1
América del Norte 12,0 4,6 5,6
América Latina 36,6 16,1 19,9
Asia 2,4 2,1 2,1
Caribe 31,6 13,2 16,3
Europa 1,2 1,3 1,2
Oceanía 1,6 1,2 1,3

Fuente: Mapa da Violência, página 16

Además de la altísima tasa de homicidios en América Latina y el Caribe, la información evidencia la alta concentración de la misma en la población joven, superando ampliamente la relación existente en cualquier otra región del planeta, inclusive en África. Cada 10 personas asesinadas en América Latina y el Caribe, 7 son jóvenes.

Un nuevo récord para Latinoamérica: ser la región del planeta con mayor número de asesinatos de jóvenes.

Como sostiene Julio Jacobo Waiselfisz, a diferencia de lo que habitualmente se afirma, la violencia juvenil no es necesariamente un fenómeno universal. En Europa, Asia y Oceanía la relación entre homicidios de la población joven y no joven es muy semejante, mientras que en América Latina y el Caribe es significativamente superior.

La mayor incidencia de homicidios en los jóvenes latinoamericanos se manifiesta no sólo en los casos de países con altos índices de violencia sino también en los de los que los tienen más bajos. El caso de Uruguay es, en este sentido, singular. En un estudio de 83 países realizado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), Uruguay ocupa la posición 35, la más baja de América Latina, en su tasa general de homicidios. Sin embargo, cuando se considera la tasa de homicidios en la población juvenil, Uruguay sube a la posición 27, entre los países seleccionados.

Tasa de homicidios de jóvenes y no jóvenes en países de América Latina

Región / Continente Joven No Joven Total
Argentina 9,4 5,0 5,8
Brasil 51,6 19,3 25,2
Chile 7,9 4,9 5,4
Colombia 73,4 37,4 43,8
Costa Rica 9,2 7,1 7,5
Cuba 7,7 5,7 6,0
El Salvador 92,3 37,9 48,8
Ecuador 26,1 16,0 18,0
Guatemala 55,4 21,5 28,6
México 10,4 9,0 9,3
Nicaragua 16,6 8,7 10,4
Panamá 17,8 8,7 10,4
Paraguay 22,3 10.1 12,3
Rep. Dominicana 9,1 4,7 5,6
Uruguay 7,0 4,0 4,5
Venezuela 64,2 21,6 29,5

Fuente: Mapa da Violência, páginas 18 y 19

Los datos son elocuentes y describen una realidad que nos interpela a todos y obliga a los gobiernos de la región a desarrollar políticas públicas efectivas para contrarrestar los efectos de lo que no es otra cosa que una brutal violación de los derechos humanos. Naturalmente, la lucha contra la pobreza debe continuar y profundizarse, aunque la experiencia latinoamericana muestra que sólo de ella no depende la posibilidad de que los índices de violencia contra las personas y, en particular, contra los jóvenes disminuyan.

Nuevas y más efectivas políticas de seguridad pública son fundamentales no sólo porque los índices de violencia son elevadísimos y porque gran parte de las víctimas son jóvenes, sino también porque los que casi siempre mueren son los más débiles, los más desamparados, los abandonados de siempre, los que “nadie” conoce, los que no salen en la prensa, los que nunca son recordados, los invisibles, los silenciados: los más pobres.

La violencia, ya deberíamos saberlo, es siempre cruel y selectiva. Unos suelen sufrirla más que otros. En América Latina, la violencia es un problema social de características endémicas. Sin embargo, sus consecuencias suelen ser diferenciadas, especialmente, cuando se es joven, mujer, negro, indígena, campesino, o todas esas cosas juntas.

En Brasil, menos de 2% de las muertes en la población adulta es producida por homicidios. Entre los jóvenes, llega a casi el 40%. Un promedio nacional que esconde que, en algunas ciudades, más de la mitad de las muertes de los jóvenes se produce por homicidios. Los pobres, claro, no ganan nada por estar primeros en este ranking: la principal causa de muerte entre los jóvenes negros brasileños es el homicidio. La de los blancos: los accidentes de tránsito. Una brutal evidencia de cómo la muerte parece entretenerse dividiendo a la gente en clases. O quizás, claro, no sea a la muerte, sino los que viven de ella.

Las causas de la violencia (y sus urgentes soluciones) deben ser buscadas más allá del sentido común con el que generalmente las analizamos. La población negra en Brasil, por ejemplo, está constituida por 97 millones de personas, casi la mitad de los habitantes que tiene el país, y es significativamente más pobre que la población blanca. Todos los indicadores sociales muestran que, entre negros y blancos, los niveles de pobreza, de exclusión y marginalidad son diferentes, siendo siempre peores para los primeros. Sin embargo, durante los últimos años, los niveles de vida de la población negra han mejorado de forma paulatina, pero sistemática. En particular, los niveles de educación experimentaron un crecimiento significativo, con un impacto especial entre los negros y negras más jóvenes, gracias a políticas de promoción de acceso a la universidad que han comenzado a modificar, lenta pero sostenidamente, un padrón de discriminación racial que se había institucionalizado en la educación como en todos los niveles de la vida social brasileña. Los datos, en este sentido, brindan esperanza y muestran que con políticas públicas apropiadas, ciertas formas de exclusión y ciertas dinámicas de desigualdad limitan sus efectos.

Entre tanto, la realidad nos muestra, una vez más, su cara más perversa. De modo general, siempre se ha dicho que si mejoran las condiciones de vida de la población y aumenta su nivel educativo, la violencia social tendería a disminuir. En Brasil, aunque las condiciones de vida de los más pobres mejoran y sus niveles educativos aumentan, los niveles de violencia suben. En otros países de Latinoamérica también. Mientras que las víctimas por asesinatos en la población blanca brasileña ha disminuido 22,3%, entre 2002 y 2008, las víctimas negras han aumentado 20,2%. En casi todos los estados del Nordeste brasileño, el número de víctimas negras es 12 veces superior al de víctimas blancas.

Nuevamente, los estudios de Waiselfisz nos aportan datos de gran valor. Entre 2002 y 2008, los asesinatos entre jóvenes blancos disminuyeron 30% y entre jóvenes negros aumentaron un 13%, ampliándose la brecha de mortalidad entre ambos grupos a más del 43%. Si en el año 2002 morían 58,8% más negros que blancos, en el 2008, morían 134,2% más.

Un informe reciente del Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada (IPEA), analizando la dinámica demográfica de la población negra en Brasil, confirma estas tendencias. Así las cosas, los esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de los más pobres deben continuar y multiplicarse. Sin embargo, depositar en ellos toda nuestra expectativa para que la seguridad y la protección del derecho a la vida sean garantizados, parece insuficiente.

La violencia contra los jóvenes tiene, naturalmente, diversas implicaciones para el campo educativo. Mucho se ha dicho y escrito sobre el papel que puede jugar la educación en la prevención de la violencia y en la mitigación de sus efectos. Los aportes han sido siempre muy variados y, sin lugar a dudas, casi todos muy valiosos. No pretendo referirme a ellos ahora, sino a otro asunto que considero no menos relevante: la necesidad de que la escuela haga visible esta realidad, la vuelva motivo de análisis, de debate, de comprensión, de reflexión crítica. También, motivo de indignación compartida. La educación puede ayudar a prevenir la violencia si en la escuela, desde pequeños, ayudamos a nuestros niñas y niñas a comprender sus causas y a saber por qué unos mueren antes que otros, por qué hay que cuidarse de los coches, pero también por qué algunos seres humanos que no tienen coches ni viajan habitualmente en ellos, mueren más rápido, sin que siquiera hayan comenzado a vivir. La escuela debe trabajar activamente para que esta realidad cobre relevancia cognitiva, ética, social; amplificando su sentido, entendiendo sus efectos, haciendo con que estas muertes silenciadas por la negligencia o la indiferencia ganen visibilidad y nos interpelen a todos, no sólo a sus víctimas.

La escuela tiene un papel fundamental en la construcción de una sociedad más igualitaria y, para eso, debe contribuir a que todos los que transitan por ella comprendan las razones que hacen que algunos, por la simple razón de ser pobres, mueren antes, de muertes que podrían ser evitadas, de muertes mucho más crueles y desalmadas de lo que ya son, por su misma esencia, todos los tipos de muertes.

La escuela debe hacer algo por los miles de jóvenes que, como Aparecido Nunes, mueren día tras día en nuestros países. Quizás, la mejor forma de hacerlo es enseñarles a nuestros niños y niñas que la muerte de Aparecido podría haber sido evitada, que ninguno de nosotros merece vivir en una sociedad donde la vida de los más pobres valga casi nada, donde su muerte parezca un hecho banal y sea descripta como un asesinato “sin causa aparente”. Merecemos todos, y en especial los millones de Aparecidos que hay en nuestros países, vivir en una sociedad mejor. La escuela puede ayudar a construirla si en ella aprendemos a indignarnos y a actuar colectivamente ante estas tragedias que no tienen nada de naturales.

…..

La música resuena en los rincones de esas barriadas de dignidad y sufrimiento, allí, en la periferia de Recife, Estado de Pernambuco, Brasil, sexta potencia del planeta. Cuando la noche llegue, la luna continuará triste y sin brillo, indiferente ante las poesías de amor. Quizás ella también extrañe a Aparecido Nunes, como Minerva, esa muchacha de ojos dulces, que Aparecido amaba como si fuera mucho más que una diosa. Nosotros, mientras tanto, deberemos continuar el esfuerzo por desaprender la indiferencia, ayudando a construir un futuro en el que los jóvenes pobres se mueran de amor, de risa, de felicidad o de lo que sea, pero nunca más de esas muertes sin sentido, que nos roban cada día pedacitos de vida a todos.

(Desde Montevideo)

Lecturas recomendadas:

Una de las más destacadas investigadoras sobre violencia y juventud en América Latina es Miriam Abramovay, coordinadora del Área de Estudios y Políticas sobre Juventud de FLACSO Brasil. Sus publicaciones pueden consultarse en la presente lista.

Una fuente indispensable de consulta sobre el tema son los mencionados Mapas de la Violencia producidos por Juan Jacobo Waiselfisz y publicados por el Instituto Sangari.

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Sobre el autor

Pablo GentiliPablo Gentili. Nació en Buenos Aires en 1963 y ha pasado los últimos 20 años de su vida ejerciendo la docencia y la investigación social en Río de Janeiro. Ha escrito diversos libros sobre reformas educativas en América Latina y ha sido uno de los fundadores del Foro Mundial de Educación, iniciativa del Foro Social Mundial. Su trabajo académico y su militancia por el derecho a la educación le ha permitido conocer todos los países latinoamericanos, por los que viaja incesantemente, escribiendo las crónicas y ensayos que publica en este blog. Actualmente, es Secretario Ejecutivo Adjunto del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y Director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Sede Brasil).
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Un comentario en “Muertes silenciosas. Por: Pablo Gentili – El País – 16 de enero de 2012

  1. si bien es cieto la violencia es un problema social, y se han planteado propuestas o soluciones alternativas, que en su mayoria son dificiles de realizar, no podemos ser indiferentes ante este fenomeno que carcome el contexto real de la sociedad, ¿seguiremos dándole la espalda al mundo?…

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