Garatea. Ronald Álex Gamarra Herrera. La República del 13/05/2012

Gastón Garatea es un ciudadano ejemplar. A sus 72 años de edad tiene una trayectoria larga y limpia de permanente servicio a los demás. Nunca buscó el beneficio, el poder ni el brillo personal, pero siempre cumplió con lo que entiende como un compromiso de vida cristiana. Es un hombre esencialmente modesto y estoico, a quien deben disgustarle estas líneas que elogian su calidad humana. Pero, igual, las escribo, porque se limitan a constatar lo ya demostrado con el testimonio de toda una vida.

Es sacerdote de toda la vida, integrante de la congregación de los Sagrados Corazones. Ha sabido vivir su religiosidad compartiendo los problemas de la gente sencilla. Ha sido cura obrero en lugares difíciles y extremos como la Tierra del Fuego, en el vértice austral del continente, y ha trabajado extensamente con los pobladores de nuestras barriadas. Ha sido y es docente, maestro de niños y jóvenes de toda condición social. Dejó una huella imborrable, junto con Hubert Lanssiers, en el colegio La Recoleta. Qué maestros de lujo.

En el 2001 aceptó el encargo de presidir la Mesa de Concertación de Lucha contra la Pobreza, y durante varios años desempeñó este cargo, convirtiendo a esta entidad en un eje clave y precursor de la labor de inclusión social, contribuyendo a sembrar conciencia sobre esta tarea impostergable. En el mismo año el gobierno le nombró como uno de los doce integrantes de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Son los dos únicos cargos públicos que ha desempeñado y lo hizo gratuitamente, con la más plena entrega.

Paradójicamente este sacerdote de trayectoria irreprochable, acaba de quedarse sin licencia para ejercer su ministerio por decisión del cardenal Cipriani. Sólo queda especular sobre el porqué de la sanción, pero no cabe duda que le pasan la factura por decir, en una entrevista, que el celibato “se ha extendido equivocadamente a todos los sacerdotes; está bien para los que viven en congregaciones como yo, pero no para los del clero secular que viven en sus casas”. O por aceptar la posibilidad de la unión de hecho de personas del mismo sexo.

No puede sorprendernos que sancione la libertad de pensar quien, como el cardenal, ha hecho de la intolerancia su bandera de guerra y desprecia los derechos humanos como “una cojudez”. Garatea es sólo uno más de los perseguidos por el Opus Dei. Con su arbitrariedad, Cipriani le da un lugar de privilegio al lado de Gustavo Gutiérrez, sacerdote admirado en el mundo, dentro y fuera de la iglesia Católica, pero igualmente impedido de ejercer en la diócesis de Torquemada.

No será entonces la primera vez que una pretendida sanción encierre dentro de sí, muy a pesar de quien la dispone, un homenaje involuntario a quien se quiere escarmentar. Esa condecoración que Garatea, por su modestia, no hubiese aceptado, finalmente le llega bajo la forma de este úkase.

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