La gran transformación del nacionalismo. Por: Alberto Adrianzén

Fuente: Revista Ideele

Parlamentario Andino
(Foto: Andina).

La Revista Ideele pregunta cómo veo al Gobierno, si este Gabinete le va a dar un poco más de aire o si más bien su futuro será estar atrapado entre los conflictos y la corrupción. También pregunta por cuál será su rumbo y si hay esperanzas de que retome el camino del cambio. Finalmente, cuál es el error o cuáles los errores principales y si se le puede dar alguna ventaja.

En realidad, el error más importante del Gobierno es haber dejado de lado el talante reformador y las promesas de cambio que el candidato Ollanta Humala predicó por plazas y calles. Sin embargo, el error no está solo en el viraje que se produjo días antes de asumir el Gobierno, sino en que éste no tenía sentido, porque no coincidía con el estado de ánimo de la opinión pública ni respondía al contexto económico y político. Dicho en términos más sencillos: el viraje aparecía como arbitrario, no necesario y, por lo tanto, gratuito. La presencia de Miguel Castilla en el MEF y de Julio Velarde en el BCR fue, como se dice, un regalo inesperado de los dioses (o de los lobbies) para la derecha.

Y es que, en realidad, el Perú no estaba en una situación económica y política similar a la del momento, por ejemplo, en que Lula asumió por primera vez la presidencia en Brasil. Aquí había orden macroeconómico, baja inflación, abundancia de reservas internacionales y un crecimiento que causaba envidia en la región. Por lo tanto, no había necesidad de pactar para dar tranquilidad a una derecha que, con remilgos y soponcios, había terminado por aceptar el triunfo de Ollanta Humala y el cambio de personal en los sectores estratégicos de la administración del Estado. La estabilidad no estaba en juego. Soy un convencido de que si desde el inicio del Gobierno se hubiese nombrado a Kurt Burneo como ministro de Economía y Finanzas y a Oscar Dancourt en la presidencia del BCR, las consecuencias no habrían sido negativas ni hubiesen generado intranquilidad en los famosos mercados. Un buen ejemplo fue la designación de Ricardo Soberón como director de Devida y que sirvió como una suerte de prueba ácida. Como se recordará, su nombramiento causó revuelo en las filas de la derecha (y sospecho que también en la Embajada de los Estados Unidos), para ser finalmente aceptada por todos los sectores, incluyendo a la propia administración norteamericana.

Por eso creo que las primeras concesiones a la derecha fueron un gran error. Es como tomar un castillo luego de una lucha heroica para darle, una vez terminada la batalla, el control del puente levadizo a los que perdieron, para que sean ellos quienes decidan quién entra y, sobre todo, quién sale. Fue esa decisión la que, finalmente, marcó el rumbo futuro del Gobierno.

Una frase de Shakespeare resume esta situación: lo que comienza bien termina bien, y lo que comienza mal acaba mal. Y eso fue lo que pasó. La salida del Gabinete Lerner, en este contexto, fue una consecuencia de esta primera decisión, aunque no puede dejar de reconocerse que se debió también a la falta de organización de los sectores progresistas en el Gobierno. Fue la derecha la que hizo política creando una correlación (me refiero al control del puente) que terminó por desbancar a los progresistas de puestos clave porque se ubicaban en el entramado de los grandes intereses empresariales. Me refiero a Energía y Minas, Trabajo, Medio Ambiente y Devida. Estos ministros y funcionarios salieron no porque “solo sabían hablar”, como acaba de decir el Presidente en una entrevista a un medio de comunicación, sino más bien porque se oponían a la decisión presidencial de que “Conga sí va”. El diálogo propuesto por el Gabinete Lerner fue torpedeado por el radicalismo de izquierda pero también por sectores del propio Gobierno. Ya en ese momento el ministro de Economía y Finanzas, Miguel Castilla, había logrado establecer una sólida alianza con el presidente Humala.

El error más importante del Gobierno es haber dejado de lado el talante reformador y las promesas de cambio que el candidato Humala predicó por plazas y calles. Sin embargo, el error no está solo en el viraje, sino en que éste no tenía sentido, porque no coincidía con el estado de ánimo de la opinión pública ni respondía al contexto económico y político.

En este nuevo contexto, el Gabinete Valdés implicó un doble viraje: por un lado, un mayor control de la administración del gobierno por la derecha; y, por el otro, un cambio en la relación con los movimientos sociales. Se pasó del diálogo político —durante el Gabinete Lerner— a una estrategia de represión y derrota de los movimientos de protesta y de mayores concesiones a los inversionistas. Como sabemos, esto último no fue posible. El Gabinete Valdés no pudo derrotar al movimiento de protesta más importante durante su gestión: la oposición a la explotación de la mina Conga, en Cajamarca.

La salida de Valdés, más allá de sus propios errores —que fueron muchos—, obedeció a su fracaso en Cajamarca. Sin embargo, la colonización del Estado o, como diría Francisco Durand, la captura del Estado, siguió su curso.

Me temo que es poco lo que podrá hacer el Gabinete de Juan Jiménez Mayor. Hasta ahora no despega y tengo mis dudas de que un día lo haga. Según una encuesta publicada por el diario La República (23/9/12), solo un 14% de la población aprueba la gestión del Presidente del Consejo de Ministros.

Y es que, en verdad, el Gabinete Jiménez, más allá de los méritos de algunos de sus miembros, es una suerte de pálido reflejo de lo que fue el Gabinete Lerner. La diferencia es que el control de la política y de la administración que hoy tiene Jiménez es mucho menor que el que tuvo aquél en su momento. Además, es un Gabinete que se mueve entre el control que ejerce, por un lado, lo que hoy se llama “la  pareja presidencial”, en especial Nadine Heredia, y el control que la derecha económica tiene al interior del Gobierno. Si se contabilizan los ministros leales a Miguel Castilla o que forman parte de su grupo, uno puede concluir que la cuota de poder de Jiménez es bastante menor.

También temo que el actual Gabinete tendrá que seguir moviéndose en un contexto muy difícil, entre las presiones de la protesta social y las de la derecha (sobre todo del fujimorismo y de los grandes grupos empresariales). El problema es que su capacidad para resolverlas es menor. En este contexto, la conflictividad, como sucede en estos días, aumentará, lo mismo que las presiones de la derecha, que buscará imponer una política de mano dura.

Si se observa bien, se puede concluir que el proceso político tiene un doble ritmo: por un lado, una polarización social —como hoy puede verse en las calles—, que no es más que la lucha por una mejor distribución de los logros del crecimiento; y, por otro, un mayor conservadurismo en la escena política oficial. No es extraño, por ello, que figuras como Juan Luis Cipriani, Keiko y los fujimoristas, PPK, Alan García y los apristas, sean hoy, además de Nadine Heredia, las más destacadas.

Lo que se busca es la derrota de la corriente progresista, tanto al interior del Gobierno como en la sociedad, y el fin de las promesas también progresistas que el propio Ollanta Humala se comprometió en cumplir. Lo que hoy viene sucediendo con la postergación del gasoducto del Sur (convertido en un enredo), con el Presupuesto de la República, los ataques a los derechos humanos y las críticas al informe de la CVR, así como las arremetidas contra la alcaldesa Susana Villarán, son una muestra de este creciente proceso conservador y del control que hoy ejerce la derecha en el Gobierno y en los medios de comunicación.

Por eso me resulta difícil creer que este Gobierno sea capaz de producir un viraje de signo progresista o de retomar el camino de las promesas electorales de Ollanta Humala. En ese sentido, lo más probable es que se dé una acentuación del viraje del Gobierno encabezado directamente por la derecha. Dicho en términos más simples: ésta terminará por ocupar el castillo que perdió en las últimas elecciones presidenciales, para enterrar definitivamente la Gran Transformación que un día, en medio del calor de un mitin y ante una masa que reclamaba cambiar el orden, se prometió.

Sin embargo, eso no será fácil. Como muestra la misma encuesta publicada por La República, el costo del viraje comienza a ser cada vez mayor: la popularidad del Presidente ha bajado a un 37% (también la de Nadine Heredia, luego del vergonzoso escándalo de los niños “secuestrados” por el terrorismo), y la razón principal es que el Presidente “no cumple sus promesas”. Por eso, creo que hay un espacio para continuar luchando por la Gran Transformación del país.

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