la codicia era la madre de todos los males…

Viaje a la cintura de la Tierra.

Madrid 4 ENE 2013

Jorge Juan participó en la expedición científica que demostró la forma de la Tierra

Nacido hace 300 años, denunció la explotación de los indios en América en un informe secreto


Balsa de Guayaquil, dibujada en el viaje de Jorge Juan y Antonio de Ulloa. / ARCHIVO MUSEO NAVAL

Hace tres siglos los científicos discrepaban a propósito de la forma exacta de la Tierra con la misma pasión con la que hasta hace pocos años discutían sobre la plasticidad del cerebro humano.

Uno de los primeros en tener constancia fehaciente del talle del globo fue Jorge Juan y Santalices (1713-1773), que nada más licenciarse como guardamarina tuvo la oportunidad de embarcarse en una misión histórica para averiguarlo. Justo ahora, cuando se cumplen 300 años de su nacimiento, instituciones como el Museo Naval o la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes rescatan el legado de un hombre al que salva de la amnesia absoluta dar nombre a una famosa calle madrileña, a pesar de que en su tiempo fue conocido por Europa como “el sabio español”.

Jorge Juan fue un renacentista del XVIII: científico, marino, ingeniero, astrónomo, cronista, matemático y espía al servicio de Su Majestad. Ingresó en las principales academias de ciencias de Europa, denunció la esclavización de los indios y juntó ciencia y aventura con maestría. Además de la peripecia americana, documentos poco conocidos que se conservan en el Archivo del Museo Naval arrojan luz sobre su misión de espionaje en Reino Unido sobre técnicas de construcción naval y el fichaje clandestino de decenas de operarios ingleses para desarrollar nuevos barcos en España.

La naval debió ser la ingeniería espacial de la época. Jorge Juan fue un firme defensor de los patrones británicos en detrimento de los franceses, que se impusieron en la Armada. Poco antes de morir, escribió una carta secreta al rey para alertarle del peligro que entrañaba aquel diseño: “La actual construcción de navíos y más buques destinados al uso de la Armada de Vuestra Majestad (que debería ser temida) no solo es inútil en todas sus partes sino que preveo el horror de las armas, vasallos y estados de Vuestra Majestad en peligro inevitable a perecer en un solo día”. Algunos expertos, aclara Pilar del Campo, responsable del Archivo del Museo Naval, “consideran que aquel modelo de buques pesados contribuyó, entre otros factores, al posterior desastre de Trafalgar”.

Volvamos al inicio del siglo XVIII. La bronca entre académicos era descomunal: los ingleses defendían a Newton y los franceses a Cassini, que discrepaban sobre la forma de la Tierra. Para resolverlo, la Academie Royale des Sciences de París organizó dos expediciones geodésicas —una al norte de Europa y otra al ecuador, bajo dominio español— con el objetivo de medir los grados terrestres y determinar el perfil del globo.

A cambio de incorporar al equipo a los tenientes de navío (fulminantemente ascendidos para la expedición) Jorge Juan y Antonio de Ulloa, el español Felipe V autorizó el trabajo de los franceses movido por las ganancias: hacía un favor a su sobrino, Luis XV; estrechaba la alianza francoespañola y extraía información de primera mano de sus territorios.

El 26 de mayo de 1735 Juan y Ulloa zarparon de Cádiz con un mandato público (información científica) y otro secreto (información política, militar y social). Diez años después regresaron —milagrosamente— tras haber afrontado aventuras impredecibles, peligros presumibles y tareas ingratas, narradas por ellos mismos, como este pasaje sobre sus días en una cueva del volcán Pichincha mientras hacían las triangulaciones para medir el arco del meridiano: “Por una parte los pies tan hinchados y doloridos que ni el calor era soportable en ellos, ni posible pisar sin una gran penalidad: las manos por lo consiguiente casi heladas; y los labios hinchados, encogidos y rajados, que al movimiento al hablar, u otro semejante empezaban a verter sangre”.

El éxito de la expedición encumbró ante todo al astrónomo francés Charles Marie de la Condomine, que hegemonizó la gloria —la misión pasó a la historia con su nombre—, y eclipsó no solo a los dos españoles sino también a su colega francés Louis Godin (que acabó sus días en Cádiz, apartado de la Academia de París).

Cuando Jorge Juan y Antonio de Ulloa pisaron de nuevo España eran dos eminencias en ciencias (gracias a ellos también se fijó el meridiano que demarcó los dominios de España y Portugal, hasta entonces imprecisos), a la vez que descarnados cronistas. En un vastísimo informe reservado denunciaban abusos de corregidores y curas españoles, que titularon Memorias sobre el Perú y Chile y que elaboraron bajo instrucciones del marqués de la Ensenada. El texto, presentado al rey Fernando VI con la finalidad de reformar los virreinatos, se publicó antes en Londres en 1826 con el título Noticias secretas de América que en España.

La codicia les pareció la madre de los males. “Nace la tiranía que experimentan los indios de la insaciable hambre de riquezas que llevan a las Indias los que van a gobernarlos”, escriben en un texto, cuyo original se conserva en el Archivo del Museo Naval.

Su informe —que también detallaba puertos, arsenales y tropas, además de las rutas del contrabando y el fraude fiscal— es el resultado de un trabajo de campo de años casi periodístico, en el que Ulloa y Juan entrevistaron a multitud de fuentes. Tanto los civiles como los religiosos salen mal parados. De la avaricia que corroía también a los enviados de Dios da buena fe este episodio en una iglesia cuyo coro estaba ocupado por telares: “Y aunque empezó a decirse misa no por eso dejaron de trabajar y ese ruido con ellos causaban la irreverencia que se puede considerar. Después que se acabó la misa y salió la gente cerraron la iglesia y quedaron los indios en ella”.

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