¿Qué tienen en común las revueltas de Bulgaria, Turquía, Brasil y Perú? Bernardo Gutiérrez. Diagonal. Sao Paulo 12/09/13

 
Nuevas subjetividades políticas

El común de las revueltas tiene más que ver con una nueva arquitectura de la convocatoria y la protesta que con componentes ideológicos.

Manifestación del Movimento Passe Livre el pasado 20 de junio / Gianluca Ramalho Misiti (Grmisiti)

¿Cómo influyó la acampada en la plaza Taksim de Estambul en el alzamiento de Brasil? ¿El surgimiento repentino de los Indignados de Perú se explica como contagio regional? ¿Existe algún punto en común de las protestas de los tres países anteriores y las manifestaciones de Bulgaria contra su Gobierno? Los analistas suelen buscar motivos concretos para explicar las revueltas de los últimos tiempos. Y transforman el diagnóstico inicial en tesis irrefutable. Estambul se levantó para proteger el parque Gezi de la mercantilización neoliberal. Las urbes brasileñas se alzaron contra la subida del precio del transporte. Los peruanos se indignaron frente a un Gobierno que intentó repartir cargos públicos de forma poca transparente. Los búlgaros cercan el congreso durante semanas para protestar contra el aumento exagerado de las facturas de agua y gas y el contubernio de la clase política con grupos mafiosos. ¿Pero explican dichas causas las intensas protestas de los últimos meses?

Los motivos concretos nos presentarían cuatro rebeliones casi inconexas. Tal vez podríamos intentar unir las piezas sueltas de Turquía y Brasil bajo el prisma de Las ciudades rebeldes de las que habla David Harvey, con la privatización del procomún como combustible de la indignación colectiva. El deseo de una democracia más participativa, quizá, podría ser común a los cuatro procesos. Sin embargo, la lógica causa-efecto no explica unas revueltas no lineales ni dicotómicas. No explica unas protestas plurales y transversales que se salen del eje derecha-izquierda. El punto común de todas las revueltas tiene más que ver con una nueva arquitectura de las convocatorias y las protestas que con componentes ideológicos o motivos concretos.

En todas estas protestas los viejos mediadores (sindicatos, partidos políticos, grupos estructurados) son casi irrelevantes

¿Qué tienen en común las revueltas de Bulgaria, Brasil, Turquía y Perú? En primer lugar, en todas las protestas los viejos mediadores (sindicatos, partidos políticos, grupos estructurados) son casi irrelevantes. En Brasil y en Turquía, ningún colectivo social clásico influyó en las convocatorias de las primeras manifestaciones. En Perú, la convocatoria que llenó las calles de Lima nació en las redes sociales, listas de correos y grupos no ideológicos. Y cuando un periodista insinuó el liderazgo de la activista de derechos humanos Silvia Santisteban, una de las convocantes, la respuesta fue nítida: “Nosotros convocamos, no lideramos”.

Otro detalle importante: las convocatorias iniciales de todas las revueltas se construyeron alrededor de causas concretas y de fácil adhesión. En los lemas, que funcionaban como el máximo común divisor matemático, podían convivir incluso ideologías antagonistas. La agregación sustituye a la división. Lo “pro” a lo “anti”. Los seguidores de los equipos de fútbol de Estambul y de São Paulo desfilaron juntos en las calles, olvidando viejos rencores. Y el “No es por 0,20 centavos, es por derechos” (es más que por el aumento del transporte) de las manifestaciones de Brasil funcionó como el “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros” del 15M español.

Por otro lado, el estallido de la violencia policial, ignorada por los grandes medios de comunicación y divulgada en Internet, transformó las manifestaciones iniciales de Estambul y São Paulo en lo que John Robb denomina “revueltas de código abierto”. Revueltas corales, policéntricas, abiertas, donde ningún grupo consigue imponer su agenda. Protestas en las que los propios ciudadanos se auto-convocan en red. Protestas en las que la auto comunicación de masas de la que habla Manuel Castells pone en entredicho a los medios de comunicación y despedaza los consensos fabricados por el Estado, los medios o el mercado.

Un estudio del núcleo Interagentes de São Paulo sobre las protestas de junio de Brasil prueba que el Movimiento Passe Livre perdió el liderazgo en las convocatorias y conversaciones en red justo después de la violencia policial del día 13 de junio. El incidente abrió espacio a muchas otras causas y malestares. En la histórica manifestación del 17 de junio (#17J ) de Brasil millones de personas abarrotaron las calles con un grito apartidista y carteles plurales que excedían las peticiones iniciales contra la subida del precio del transporte. De la educación a la sexualidad, de la salud a la transparencia democrática. Todo cabía en el “No es por veinte centavos, es por derechos”.

Lo mismo ocurrió en los primeros días del incipiente movimiento #DirenGezi de Turquía. Tras el uso de gas lacrimógeno por parte de la policía, la defensa de un parque se convirtió en la lucha por derechos civiles, por una democracia más transparente y por otro modelo económico. #Diren (resistencia) empezó a usarse para muchas otras causas.

El estudio Tecnopolítica: La potencia de las multitudes conectadas, de Javier Toret y el grupo 15Mdatanalysis del 15M, incluye claves teóricas sobre los comunes de las revueltas en red: “Esta multitud conectada tiene una anatomía híbrida, física y virtual, en la que destacan las identidades colectivas, posee forma de red y la capacidad de producir activaciones emocionales, convirtiendo el malestar en empoderamiento”.

¿Qué tienen en común las revueltas de Bulgaria, Brasil, Turquía y Perú? Otro punto común podría ser la no destrucción del código del poder. “¿Acaso la mejor subversión no es la de alterar los código en vez de destruirlos?”, escribía el pensador francés Roland Barthes en los años sesenta. Las multitudes conectadas, ensamblando emociones, no destruyen el código. Lo alteran. Lo remezclan.

Hacer yoga en la puerta del Congreso búlgaro o en el pleno municipal ocupado de Niterói (Río de Janeiro) –que ha ocurrido recientemente– puede ser más revolucionario que tomar el poder. Celebrar una asamblea horizontal en un pleno municipal ocupado –algo que ha ocurrido en decenas de plenos de Brasil– es una ambiciosa alteración del código político. Lo mismo ocurre en el ámbito lingüístico. ¿Acaso hay algo más parecido a la guerrilla semiológica que pregonaba Umberto Eco que los mecanismos activados por las revueltas en red?

Alterar, remezclar, hackear. Viralizar.

Cuando el Gobierno turco llama ‘chapullers’ a los manifestantes, la multitud se apropia del código, se auto-proclama chapulling movement y crea la Chapull.tv. Cuando los medios brasileños llaman “vândalos” a los manifestantes, la multitud remezcla el vandalismo (“vandalismo es lo que hacen con tu padre en la cola del médico”) y crea las ‘vândalos news’. Es cierto que en Brasil ha habido enfrentamientos violentos entre policías y manifestantes e incluso acciones concretas de violencia urbana, vinculada principalmente a grupos anticapitalistas Black Bloc. Sin embargo, el carácter pacífico de las manifestaciones ha predominado.Y la alteración de los códigos del poder, y no su destrucción, ha sido la tónica.

Los Indignados peruanos transforman la “repartija” (como se conoció el intento de repartir cargos políticos sin transparencia) en la ‘lagartija’, un icono irónico para viralizar emocionalmente la convocatoria. Los búlgaros llevaron sandías a las puerta del parlamento el día 45 de las protestas. Y la convirtieron en metáfora común, en arma colectiva. Watermelon (диня, Dinya) suena similar a ‘día’ (ден, den) y “año” (година, Godina). Los comunistas gobernaron durante 45 años. Los búlgaros rodearon el parlamento durante 45 días. El país estaba, pues, maduro para un cambio de ciclo. El icono circula en redes emotivas, analógicas, digitales. Y refuerza el grito común “Stop mafia” que desde enero resuena en toda Bulgaria contra la élite política que se reparte el poder con diferentes grupos monopolísticos.

“Somos una nueva horizontalidad que busca forma”, parecen susurrar las calles. Somos un deseo de democracia distribuida. Somos una nueva gramática social

Por si fuera poco, todas las revueltas están conectadas de alguna forma. Aquella bandera brasileña en la plaza Taksim de Estambul o el grito “Brasil va a ser otra Turquía” de las manifestaciones brasileñas servirían de metáfora. Pero el estudio de redes realizado por Interagentes de São Paulo contiene una prueba: en la convocatoria del primer acto contra la subida del precio del transporte (6 de junio) de São Paulo hubo dos cuentas de Facebook de Turquía entre las diez más influyentes: Diren Gezi Parkı y Recep Tayyip Erdoğan – Türkiye’nin Gururu. En el caso del levantamiento de Perú, la clave empírica de la conexión podría venir de un pasado más remoto: el hashtag usado en Twitter para movilizar fue #TomaLaCalle, el mismo que llevó a miles de españoles a las calles en mayo de 2011. Del #TomaLaCalle del 15M al #VemPraRua (el hashtag más habitual de Brasil), el flujo de las redes a las calles es uno de los grandes comunes de todas las revueltas. Protestas que sobrepasan el formato de manifestación y componen, como revela el estudio Tecnopolítica de Javier Toret, “un sistema red mutante, con fronteras móviles, híbrido, cyborg, un cuerpo colectivo que resiste al tiempo y que puede extenderse en el espacio”.

Puede que la revolución global no haya hecho más que empezar. Puede que apenas podamos intuir su flujo imprevisible observando pequeños detalles. Gestos, gritos, iconos, fotografías, streamings. “Yo no soy nadie”, le dijo a un medio brasileño uno de los miembros del Movimento Passe Livre. Somos el 99%, gritaban las redes-calles de Occupy Wall Street. “Somos una nueva horizontalidad que busca forma”, parecen susurrar las calles. Somos un deseo de democracia distribuida. Somos una nueva gramática social. “Somos parte de una lucha mayor, de una lucha mundial”, como gritó una multitud sin líderes desde el techo del Congreso brasileño la madrugada del 18 de junio.

El sociólogo Peter Pal, describiendo lo que está pasando en Brasil, nos ayuda a entender mejor el prototipo de la revolución en red que sacude el mundo: “Tal vez esté (re) naciendo otra subjetividad política y colectiva, aquí y en otros puntos del planeta, para la que carecemos de categorías. Más insurrecta, de movimiento más de que partido, de flujo más de que disciplina, de impulso más de que finalidades, con un poder de convocación incomún, sin que eso garantice nada, mucho menos que ella se transforme en el nuevo sujeto de la historia”.

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