Un corderito disfrazado de lobo: Violeta Parra. Gerardo Saravia Editor revista Ideele

Fuente: Revista Ideele

Violeta Parra.

Continúa puliendo noche y día
Tus tolomiros de madera sagrada
Sin aflicción
sin lágrimas inútiles

O si quieres con lágrimas ardientes
Y recuerda que eres
Un corderillo disfrazado de lobo.

Nicanor Parra

 

Un texto escrito de rodillas.

Hace algunos días se estrenó en Lima la película Violeta se fue a los cielos. A pesar de que fue proyectada en salas comerciales, el filme pasó sin pena ni gloria por nuestra cartelera. Todo lo contrario de lo que fue la vida de la cantautora chilena: harta pena y mucha gloria.

La indiferencia no es extraña en un mundo en el que se han domesticado los sentidos. A nuestros oídos se los ha acostumbrado a un sonido estandarizado. Hoy todo sabe a lo mismo. Bravo por la música.

El legado de Violeta Parra, en cambio, no conoce medianías. Sabe a miel y a hiel. La autora de aquel “Gracias a la vida” fue la misma del “Maldigo del alto cielo”, donde arremetía contra lo mismo que la vida tanto le había dado. Ambas canciones forman parte de su último LP, 14 meses antes de su muerte.

Su hermano preferido, Nicanor Parra, sin duda el ser que más conoció y comprendió a Violeta, la describía con esta bella y contradictoria frase: un corderillo disfrazado de lobo. Porque eso era Violeta: detrás de esa iracundia y esa violencia había un corazón inflamado, rotundo, gigante, hermoso.

Empecemos por el final: Violeta se mató de un tiro en la boca. Lo hizo de purito amor. Lo hizo con rabia infinita. En nuestra sociedad el suicidio es una mala palabra. Los homenajes suelen omitir esta molestia: no vaya a ser contagiosa. Como si el suicidio no fuese también un deseo impotente de renacimiento. Aunque no queramos darnos cuenta, el tipo de vida que hemos construido nos impele a convivir con esa especie de “salida de emergencia en caso de sismo” que es el matarse a uno mismo.

Y vaya que la vida de Violeta estuvo repleta de terremotos, como si se hubiera fundido con esa característica tan propia de su terruño. Pero llega un momento en que ni el cuerpo ni el alma resisten tanto samaqueo. El corazón se lo hizo trizas ese suizo carapálida de quien tanto se había enamorado. Se lo hizo trizas, también, ese Chile fronterizo al que con tanto desgarro describía.

Linda se ve la Patria, señor turista, pero no le han mostrado, las callampitas…
Mientras gastan millones en un momento, de hambre se muere gente que es un portento.
Mucho dinero en parques municipales, y la miseria es grande en los hospitales.
Al medio de Alameda de las Delicias Chile limita al centro de la injusticia.

A pesar de todo el esfuerzo que había dedicado a rescatar su música y sus entrañas, Parra se encontró un día cara a cara con la espalda desnuda y peluda de su larguirucho país. Sus últimos días los pasó abandonada en esa carpa enorme y cantarina en el barrio La Reina, que con tanto esfuerzo había levantado.

La vida de la Viola –como la llamaba su hermano Nicanor– tuvo demasiadas noches, pero cada una de ellas solo sirve para reafirmar el brillo perpetuo y fecundo de uno de los seres más extraordinarios que ha dado este mundo. Esta hoja está escrita a sus pies y de rodillas.

Lado A
Violeta pasó sus primeros años de vida en San Carlos, Chillán, Lautaro y, finalmente, en Vista Alegre. Su infancia no solo le dejó indelebles huellas en el alma, sino también en su cara pelada. Una viruela mal tratada contraída a los 3 años de edad le dejó hendiduras en el rostro. No tan grandes como muestra la película, dice su nieta Tita, pero sí que la resintieron. Es difícil imaginarse a una personalidad tan desinhibida como la de Violeta sufriendo en silencio por sentirse fea.

Pero la viruela fue solo una de las tantas asperezas con las que tuvo lidiar en su niñez. A pesar de no ser la hija mayor –fue la tercera de diez hermanos (más dos medios hermanos)–, Violeta asumió temprano la responsabilidad de todos ellos: era como la lugarteniente de una sufrida madre que tenía que lidiar con los pesos cotidianos, la bebida del marido y los hijos que regularmente traía al mundo.

Las peleas de la pareja Parra-Sandoval eran constantes, pero siempre se reconciliaban y el amiste era de aquellos. Muchas veces acababa con un nuevo bebé en el mundo. Pero así como venían, también se iban. Hubo un acontecimiento que fue para Violeta motivo de mucha vergüenza posterior. Un día en que su padre llegó pasado de botellas tuvo un altercado con su madre que estaba haciendo dormir a su hermanita recién nacida. La pelea acabó en una tunda a la madre y con la pequeña en el suelo.

El golpe tuvo consecuencias vitales: la niña no se desarrolló normalmente. En esos tiempos no existía mucha sensibilización con los niños especiales, y la madre tenía solo dos ojos y demasiadas obligaciones. La hermanita, hasta el día de su muerte, creció abandonada a sus hermanos, para quienes era un juguete más.

Violeta, tan rebelde e implacable con los hombres, calló en las 7 notas los maltratos de papá. La fascinación por los acordes de guitarra que desde niña disfrutó fue perpetua. Don Nicanor Parra era artista a tiempo completo y profesor de primaria en las horas de trabajo. Su afición por la bebida, que era bastante y notoria, jugaba en pared con su devoción por la música. A sus hijos los puso desde pequeños a cantar y a tocar. Violeta fue su alumna más aplicada.

Tuvo desde niña un carácter difícil. El liderazgo sobre sus hermanos lo tomó muy en serio, más aún cuando el primogénito se fue a estudiar a Santiago. Violeta alentó a sus hermanos a trabajar desde pequeños para ayudar a la madre. Lo hicieron con lo único que sabían: la música. Los Parrita entonces se fueron ganando sus cobres en plazas y circos. Y pobre de aquel que no hiciera caso a la directora de orquesta.

Pero esta pequeña vino con alas al mundo. A los 14 años de edad se fue de casa rumbo a la capital, donde dejó con la boca abierta a su hermano Nicanor, quien por ese entonces estaba estudiando en el Internado, gracias a una beca conseguida por sus méritos académicos.

La palabra de Parra era de temer, y sus oídos también. Cuando adquiría un compromiso, nada la detenía. Era testaruda y pensaba que los demás también le daban el mismo valor que ella a las palabras. Por eso cuando Nicanor les dijo, al partir, que los esperaría en Santiago y les brindaría cobijo, ella le tomó el apunte y a la primera oportunidad que hubo empacó sus cosas y sus sueños y se fue a mudar tras él. El hermano mayor, que con más buena intención que convicción se había ofrecido a acoger a su familia, observaba turulato a su pequeña hermana que había llegado de tan lejos a cobrarle la promesa.

Nicanor hizo lo que pudo, y Violeta puso de su parte para lidiar con la gran ciudad, con la escasez y con ella misma.

A los 3 años de su estadía en la ciudad, Viola se casó. Su primer gran amor fue su primer marido. Se trataba de un trabajador de ferrocarriles que la engañó diciéndole que era conductor de tren. A Violeta no le venían con cuentos, pero en ese momento su fuego interior aún estaba sofocado por los rezagos de una educación que buscaba siempre proteger el matrimonio.

Aguantó hasta cuando ya no pudo más. Ángel e Isabel fueron los hijos que le dejó Luis Cereceda.

Pero la decepción y los hijos no fueron lo único que heredó de su primera pareja. Además de conductor trucho, Cereceda también era comunista, lo cual en ese tiempo tenía cierto prestigio, al menos en el círculo de los Parra. Fue él quien guió los primeros pasos de Violeta en un compromiso político que ella jamás abandonó.

A pesar de todo el esfuerzo que le había dedicado en rescatar su música y sus entrañas, Parra se encontró un día cara a cara con la espalda desnuda y peluda de su larguirucho país. Sus últimos días los paso abandonada en esa carpa enorme y cantarina en el barrio La Reina, que con tanto esfuerzo había levantado.

Lado B
Violeta no fue un ser de su tiempo. En una nación que se ha caracterizado por querer borrar del mapa a su población originaria, Violeta se encargó de rescatar la tradición campesina. En un país en el que la revolución femenina aún no había cuajado, Violeta fue desenfadada y hasta desenfrenada.

“Ella se enamoraba todo el tiempo. Era una mujer que no podía vivir sin amor. Hay dos cosas sin las que Violeta no podía pasar el tiempo: sin cantar y sin un hombre a su lado haciéndole el amor. Las noches debía pasarlas con ese hombre, atrincada y apretujada a él”, cuenta su biógrafa Mónica Echeverría.

Tuvo muchos amantes furtivos, de media semana, de media luna y hasta de medio pelo. A todos ellos entregaba su cuerpo, pero a pocos su corazón. Éste, completito, lo tenía reservado para el suizo Gilbert Favré, y la vida se encargó de cobrarle una hipoteca que resultó demasiado cara.

Conoció al rubio en una de esas tantas noches. Él tocaba clarinete, y ella le enseñó la quena. Apenas masticaba el castellano, pero Violeta se quedó prendada de él y lo amó hasta decir basta. Y el basta llegaría tiempo después como un fulminante balazo en la boca.

Pero su amor muchas veces salía magullado y la Viola no perdonaba. Iracunda como ella sola, podía reaccionar de una manera feroz cada vez que sentía que le estaban pisando el poncho. Cuando las palabras no le servían, se ayudaba con gritos, con las manos y con cuanto objeto estuviera a su alcance. Inventó el rompimiento de las guitarras mucho antes que los rockeros. Si alguna mala pasada le hacían, Viola les dejaba un fino recuerdo. Quienes la conocieron calculan que se gastó al menos 14 guitarras en las tundas a los jugadorazos. O se rompía la guitarra o se rompía la cara cuando la Parra andaba con retos.

“Volver a los 17” es, quizá, el más extraordinario himno al amor que se haya escuchado. Lo hizo entre la bruma y el espanto. No lo compuso pensando en aquellos 17 que sabía que nunca volverían, contradictoria ella, sino como un homenaje a esa ilusión irrepetible.

“El amor es torbellino / de pureza original, / hasta el feroz animal / susurra su dulce trino, / detiene a los peregrinos, / libera a los prisioneros, /el amor con sus esmeros / al viejo lo vuelve niño / y al malo solo el cariño/ lo vuelve puro y sincero”.

***

Una de las ausencias más notorias de la película de Wood es el lado militante de Violeta, tal como lo hizo notar Tita:

“El contexto social y político de la época es pasado por alto completamente, como si en aquellos años solo se tratase de un Chile lleno de tierra y de ahí uno se sube a un avión a Europa”.

Es que resulta difícil reconstruir a la Violeta enamorada y sacarla de aquella cargada trama. La mujer que ama, que rabia, que lucha, que se mata, lo hace por amor, pero el amor es más amplio en la vida de Violeta que el episodio final de amor no correspondido.

La relación con su país fue complicada. De la misma manera con que ella cargó ad honorem con la responsabilidad de recorrer su patria recolectando y registrando sus canciones campesinas, también odió una miseria que no la aprendió en las células de su partido, sino que la sufrió durante su vida entera.

Violeta fue un genio. Su aporte a la cultura latinoamericana está subvalorado. Parra se recorrió desde la Chi hasta la Le rescatando del olvido una tradición popular que poco a poco se iba muriendo de muerte natural y con el tiro de gracia de un Estado acomplejado que nunca quiso mirar adentro. En estos tiempos sería raro   encontrar a una persona con esa pasión no rentada.

Pero Violeta no era aculturada, y eso sustenta aún más su genialidad. Cantante, compositora, poeta, pintora, arpillera, investigadora y apenas leía. ¿Acaso lo necesitaba? Nicanor cuenta que su hermana no era muy aficionada a las letras y, en general, a lo que en nuestra sociedad se valora como “cultura”. Ni siquiera sabía qué era el Museo Louvre en Francia, y cuando sus cuadros se expusieron en él ni siquiera le interesó recorrerlo.

“Yo tuve que llevarla poco menos que a la fuerza para que viera La victoria de Samotracia y La Mona Lisa; a ese extremo. Pero de todas maneras, ella veía con el rabo del ojo”.

“Leyó poco. Ella no tuvo una debilidad por leer novelas tampoco. Algo leyó pero literatura, más bien de desecho. Yo creo que ni al propio Neruda lo conoció a fondo.”

(Conversaciones de Nicanor Parra con Luis Morales.)

En realidad, tuvo una historia de recelo con Pablo Neruda. Cuentan que él nunca la tragó. Es que el Nobel chileno estaba acostumbrado a ser la estrella en todas las reuniones. Pero ¿quién podía resistirse de adorar a Violeta cuando empuñaba la guitarra? Aunque, a decir de Nicanor, al último el poeta se quiso subir al coche con el poema que le dedicó.

Lo de Violeta no era la cultura de salones sino la cultura popular, y no era sectaria. Cuando le enseñaron el cuatro venezolano, ella aprendió a tocarlo y se lo llevó para su tierra y lo bautizó como “guitarrilla”.

Violeta no era una aculturada, oh coincidencia, al igual que su colega de pasiones, nuestro José María Arguedas, quien se fue a compartir destino con ella dos años después:

“Ella es lo más chileno de lo más chileno que yo tengo la posibilidad de sentir; sin embargo, es, al mismo tiempo, lo más universal que he conocido en Chile. En ese sentido es, sin duda –y dispensen la vehemencia con que hablo, porque yo no soy un científico, soy sobre todo un modesto creador–, que la obra de Violeta Parra se convierte así en una fuente, la más iluminadora, la más fecunda, para todo tipo de creador. Porque allí se encuentra la palpitación de la gente más pretérita, de la gente más menospreciada, más segregada, que por lo mismo de haber creado en ese estado un tanto de marginalidad, de sufrimiento, crea obras que constituyen un mensaje pleno de fuerza”.

Violeta nació con dos dientes mágicos y unas alas inconmensurables. Pero nadie se dio cuenta de ello. Los dientes eran para alimentarse y defenderse. Las alas, para volar alto, muy alto. Tanto y tanto que se fue a los cielos.

La carta
A Nicanor Parra, el antipoeta chileno, le mandaron una carta el 5 de febrero de 1967. La carta no le hablaba ni del hermano preso ni de las tantas injusticias por las que pasaba Chile. Tampoco le hablaba de la ilusión que de a poquitos se había apropiado de muchos de sus compañeros. Su candidato iba tomando cada vez más fuerza y el día del triunfo andaba cerca. Violeta se mató en la hora penúltima de la esperanza, pero ella ya no tenía fuerzas ni para gritar victoria.

La carta a Nicanor es irreproducible. Dicen que está guardada bajo siete llaves. Dicen que no quiere mostrarla por amor a su hermana. Que en la carta insulta a todo el mundo. Hasta a sus propios hijos. Que hiere susceptibilidades. Que muestra su peor rostro. Que estaba muy deprimida y que no era ella. Que no dejaba títere sin cabeza. Nicanor duda y calla. Dicen que le quiere responder directamente a su hermana, en los cielos.
No importa: yo me quedo con esta otra carta. Gracias a tu vida, Violeta Parra. Nos diste tanto. Todo.

Pd: Creo que aquellos que dicen que Violeta era excelente compositora, pero que su voz no era buena, están escupiendo al cielo (de todo corazón los maldigo del alto cielo). En ambas facetas Parra es inalcanzable. Siento fraguadas sus  canciones en otras voces, salvo en aquellas que le rinden tributo.  Como si las  letras, tono y canto  de Violeta tuvieran una armonía y un nivel de cocción exacto, de modo que cualquier cambio termina por agriar sus bellas canciones. Me refiero, sobre todo, a una esforzada voz tucumana. Lo siento.

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