Entrevista a Max Hernández de Enrique Patriau.

Fuente: La República

“Con estos desniveles educativos, es difícil que la democracia se valore”

lección. A propósito de su rol en la comisión Uchuraccay, Hernández afirma que la búsqueda de la propia identidad en la Historia es un elemento fundamental para la democracia.
lección. A propósito de su rol en la comisión Uchuraccay, Hernández afirma que la búsqueda de la propia identidad en la Historia es un elemento fundamental para la democracia.

Max Hernández. Psiconalista. Ex secretario ejecutivo del Acuerdo Nacional y actual miembro de su comité consultivo.

La cita es a las 8:50 am, puntualidad inglesa. Max Hernández nos recibe en su estudio miraflorino, con su repleta biblioteca. En la conversación se van sucediendo el agudo observador y el brillante psicoanalista. Todo junto. “Mi deformación profesional es terrible”, advierte. En el contexto de una democracia –la peruana– que no termina de cuajar, Hernández es un convencido del diálogo como solución para arribar a acuerdos duraderos. Cree que el presidente Ollanta Humala no es alguien muy proclive a dialogar y que en el caso de la primera dama Nadine Heredia se aprecia una “excesiva exposición”. También hay algunos minutos para la poesía, con cita a Quevedo incluida.

En una carta suya que Mirko Lauer reproduce en su columna, advierte que la reciente crisis ministerial puso de manifiesto problemas estructurales del país. Dice que no estamos adscritos al “credo democrático”. ¿Por qué cree que nuestra democracia es tan frágil?

Tengo la impresión de que la base de nuestras instituciones republicanas estuvo demasiado marcada por la herencia colonial y que nuestra democracia tuvo una cierta cualidad griega. Los griegos tenían una democracia que no comprendía a los esclavos, y acá la visión republicana incluyó fundamentalmente a las élites. Una prueba es que uno de los periodos de mayor importancia democrática en el país fue la llamada República Aristocrática. Armando Villanueva criticaba a Jorge Basadre porque, dice, debió llamarla república plutocrática. Lo fundamental es que el cultivo de la lógica democrática que primó en esos años no democratizó al país.

Una paradoja.

Lo es.

Puede ocurrir lo contrario. Hay autoritarismos más inclusivos.

Exactamente. Leguía fue un gobierno autoritario, al final incluso dictatorial, pero fue democratizador porque abrió cauce a las clases medias.

Lo mismo se dice de los populismos, que pueden tener una raíz autoritaria y ser inclusivos.

Es muy actual lo de los populismos. A mi manera de entender, mientras no resolvamos esta paradoja, de que la democracia termina siendo vista como una cosa de élites, una versión aristocrática de la poliarquía de Dahl, la gente seguirá diciendo que los autoritarismos son más incluyentes…

Es lo que se dice de Fujimori.  

Hablé de Leguía y podríamos mencionar a Velasco, Fujimori. Debemos digerir esta paradoja y recordar, además, que la democracia ha sido una conquista de incursiones populares en la que partidos muy vinculados con la izquierda jugaron un papel importante, en los treintas y cuarentas.  Por la desgracia de Sendero Luminoso suele plantearse la ecuación de que cualquier protesta popular con tintes de izquierda equivale a abrirle la puerta al terrorismo. En fin, no sé si le he respondido su pregunta. Como verá, mi deformación profesional es  una cosa terrible.

¿Qué  percibe que no le gusta al peruano de la democracia? ¿Ha pensado en eso?

Somos un país enormemente diverso y la diversidad es un inmenso valor. Claro, la diversidad como concepto abstracto es muy atractiva y valiosa, aunque en la práctica es un problema porque es muy difícil reconocer a un otro distinto de mí. Es más fácil aceptar a un otro cuando es mi imagen o mi reflejo. La diversidad cultural, étnica, de lenguas y acentos, hace que la ficción legal de la democracia, de que todos somos iguales cuando en realidad somos diferentes…

Somos iguales en derechos, digamos.

De acuerdo, pero esa ficción, necesaria, de que todos somos iguales en derechos y oportunidades, es cuestionada porque las evidencias inmediatas subrayan que no es así. Igual, hemos avanzado mucho. Tengo una edad respetable y he visto cambios sustanciales. Ahora hay un sentido mucho mayor de la democracia, aunque se exaltan muchas veces comportamientos abominables como el racismo. Sin embargo, el hecho de que se denuncien esos comportamientos quiere decir que no es la situación aceptable o prevalente.

Ah, claro, antes se ocultaba o toleraba…

Me decían ayer (jueves) que en el Congreso se ha condecorado a un homofóbico recalcitrante. No sé qué más ha hecho ese señor para recibir un reconocimiento público, pero si es solamente por su homofobia, no pues, eso no se hace. Otra cosa: si tenemos los desniveles educativos que tenemos, es bien difícil que la democracia se valore. Cada vez es más clara la nefasta influencia de la desnutrición crónica infantil sobre las capacidades futuras de los niños. Hay una expresión horrible, que revela la metafísica de este momento mundial, donde todo es materia, mercancía, utilidad: material humano. Bueno, ¿con ese material humano cómo vamos a tener éxitos educativos? Eso afecta, desde luego.
Si el 2016 finalmente elegimos democráticamente a un nuevo gobierno, será una buena noticia.

Romperíamos un récord.

Es algo muy importante. Hay que cuidarlo. Lo que pasa es que hay demasiada desconfianza y sospecha. El hecho de que, antes, las tensiones entre el Ejecutivo y el Legislativo fueran poco menos que la antesala de un golpe de Estado, hicieron suponer que la reciente crisis, con los votos en abstención, podría derivar en un golpe, que se trataba de una situación institucional gravísima…

La hipérbole disfrazada de análisis, algo muy común en el Perú, ¿no?

Y ese es otro tema. Tenemos un problema con el lenguaje. Yo no voy a olvidarme una vez que estaba en un ómnibus para turistas, en Madrid, cuando de pronto vimos que un ciclista se cayó y se raspó la cara. La tenía roja. Entonces, una chica peruana gritó: “se ha destrozado la cara”. Y otra le siguió: “qué horror”. Y un español que estaba ahí les dijo: “hombre, que se ha desollado la mejilla” (risas). Esta tendencia a la hipérbole que tenemos es preocupante. Para cierta gente la  hipérbole tiene el valor de una descripción exacta de lo que ocurre.  ¿Gravísima crisis constitucional? Le cuento otra, estaba en Roma, en medio de una crisis ministerial, y le pregunté a un gran amigo mío: “¿qué va a pasar con Italia?”. Me miró, con un aire…

¿Condescendiente?    

De condescendencia amical, y me dijo: “Max, nosotros hemos digerido hasta a los bárbaros”. Claro, ¿cómo no iban a digerir una pequeña crisis? Esto se lo menciono porque nosotros también somos una civilización vieja. Tenemos raigambres autóctonas, hispanas, y debiéramos pensar más como una sociedad vieja.

En esa carta que reproduce Lauer, usted  también se pregunta qué hacer para que Ollanta Humala se dé plena cuenta de que es el Presidente.

Es que él es el presidente de todos los peruanos y eso implica dialogar con todos los que representan a las fuerzas políticas.

¿Es poco proclive al diálogo el presidente Humala?

No ha utilizado espacios de diálogo y no ha practicado él mismo el diálogo. Cuando era dirigente estudiantil leíamos los discursos de un patricio argentino, Belisario Roldán, con una serie de metáforas absolutamente deslumbrantes. Hay gente, en cambio, a la que no le gusta mucho hablar. Pero una cosa es hablar y otra dialogar. Preocuparse por lo que el otro sostiene o defiende no desdibuja la imagen presidencial, al contrario, la consolida, le da fuerza. De repente, mis años en el Acuerdo Nacional, como dicen algunos amigos, han hecho que pierda el filo, que crea que todo se resuelva dialogando, y puede que haya algo de eso…

¿Qué sobrevalore el diálogo?

Yo sé que es mucho más fácil intercambiar palabras que decidir, pero hay medidas que, si se pudieran dialogar de antemano, tendrían un mayor respaldo. Me alegra mucho que se solucionara lo de La Parada. Ahora, si Susana Villarán, una vez elegida alcalde, hubiese propiciado un acuerdo edil con ciertos puntos entre los cuales se incluyera resolver el problema de La Parada, todas las fuerzas políticas se hubieran comprometido por tratarse de una necesidad de bien común, y de repente no hubiese ocurrido el episodio de la intervención fallida que recordamos.

Lo que yo siento es que la idea del diálogo está muy socorrida. Es muy importante dialogar, por cierto, aunque se vende casi como la solución milagrosa.

Evidentemente, si planteo solucionar un problema de alta tensión con un diálogo ad hoc, no funcionará. A veces se llega a una situación en la que un grupo, para hacerse oír, bloquea carreteras. Entonces se crea una mesa de diálogo, se arriba a un acuerdo forzado que, siendo cínicos, las autoridades y quienes reclaman saben que no se cumplirá, por lo que en seis meses volverá a surgir el problema. Ese es un sistema en permanente funcionamiento, pero a eso no lo podemos llamar diálogo.

No sé, es como llamarle amor a un ‘choque y fuga’.

No puedo dejar de preguntarle por Nadine Heredia. Cuando observa Palacio de Gobierno, ¿ve a un Presidente o a una pareja presidencial?  

Nadine es una mujer joven, atractiva, y me imagino que le gusta el calor del público…

A todo político le gusta el calor público. Ella lo es.

No solamente al político. Yo, como psicoanalista, debería estar encerrado en mi consultorio, manteniendo el perfil público más bajo, pero si me meto en estas cosas es que hay algo que me gusta.

Por eso no puedo criticar que a alguien le guste salir en público. Sí creo que ha debido mantener una actitud de menor exposición mediática. En una situación hipotética, ¿qué pasaría si un presidente X consultara absolutamente todo con su esposa Z en privado? ¿Alguien diría algo? Creo que hay una excesiva exposición en el caso de la señora Nadine. Por supuesto, alguien puede criticar que me refiera a este tema como un asunto de forma. Podría citar una frase de Fernando Belaunde: “en política, a veces, la forma es el fondo”.  La Constitución dice que el Presidente personifica a la nación, y la nación, señor, no se casa con nadie.

En su último libro ‘En los márgenes de nuestra memoria histórica’, usted lleva a el Perú al diván…

No soy tan vanidoso como para creer que el Perú vendría a mi diván (risas).

A lo que iba, es que le dedica un gran espacio a Uchuraccay. Usted integró la comisión investigadora, con Mario Vargas Llosa. Debe ser el caso que más lo marcó en su carrera.

Sí, es cierto… es cierto. Yo sí creo que lo que se dijo en ese informe fue válido. No se intentó matar a los periodistas porque hubo una decisión, porque iban a descubrir una verdad tremebunda. Fue un conjunto brutal de circunstancias muy lamentables. Sí, siento que no tuvimos la claridad de ver lo que pasaba en ese momento en el Perú. Fue uno de los momentos más difíciles, sí. Pero quiero subrayar el compromiso de Mario Vargas Llosa con la búsqueda de la verdad. Tengo el recuerdo, nítido, de una conversación que tuvimos, en una noche de insomnio…

¿Sobre Uchuraccay?

Sí, allá en Huamanga. El intento de Mario de explicar lo que ocurrió era claro, comprometido. Uchuraccay es como una gran cala en la profundidad histórica del Perú, un ejemplo de que los problemas acumulados de larga data pueden reventar de una manera terrible. Por eso sigo creyendo que el diálogo, la búsqueda de la propia identidad en la Historia, son elementos fundamentales para la democracia.

“CUANDO ME PSICOANALICÉ, NO ME GUSTÓ MUCHO LO QUE ENCONTRÉ…PERO TAMPOCO ERA PARA TIRARME PIEDRAS”

En su reciente libro también explora la guerra con Chile, y habla de la rabia narcisista, esa que se expresa hacia adentro. ¿El reciente fallo de La Haya puede ayudar a superarla?

El historiador Daniel Parodi plantea cómo adentrándose en lo que ocurrió en la guerra fue resolviendo un conflicto interno que no le permitía ser neutral, en la medida de lo posible. Igual, usted sabe que a los psicoanalistas nos enseñan a ser neutrales frente al paciente. Es muy difícil. Lo que yo he querido hacer es aproximarme un poco a la historia.

¿Pero usted cree que tras el fallo de la Haya ese rencor, hacia afuera y también hacia dentro, puede ser dejado atrás?

De todas maneras. Esa rabia narcisista la hemos cultivado. Hay cartas terribles de Ricardo Palma, que alguna vez me hizo leer Nelson Manrique, en donde dice que con esta población nunca vamos a ganar la guerra. Ese tipo de cosas siguen reverberando, pero tenemos que dejarnos de vainas ya.

¿Usted se psicoanaliza?

Claro, para ser psicoanalista tenemos que pasar por un psicoanálisis personal.

¿Y le gustó lo que encontró?

No mucho. Pero tampoco era para tirarme piedras. Hay cosas feas que me siguen dando vueltas. Uno dice: “caray, debí haber sido mejor, pude haber sido mejor”. Y uno aprende a perdonarse. Es fundamental…

¿Perdonarse?

Uno mismo. Un análisis no es una cita con el analista, es una cita con uno mismo, de tal manera que uno nunca llega tarde. Uno puede quedarse callado, mentir en la cita, pero está. El problema de Narciso no fue que estaba enamorado de sí mismo. Eso sería hasta respetable. Lo que pasó es que se olvidó de su verdad fundamental y prefirió su imagen. El psicoanálisis enseña que la imagen es eso, imagen, y que hay una verdad más importante en uno, llena de claroscuros. Yo siempre cito a Quevedo, cuando dice: “nada me desengaña, el mundo me ha hechizado”.

Su relación con la poesía es muy intensa. ¿Lee mucho a su hermano Luis?

Sí, claro. Mis hijos tienen la impronta poética de su tío Lucho y de su tío César Calvo. Si me pidiera un eslogan de campaña, le diría: “solamente la poesía salvará al Perú”. Esa frase la decíamos en la casa, con Carlos, el hermano menor.

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