Los estigmas de la guerra unen y separan a estas mujeres. Mario Munive (*). La República. Viernes, 01 de agosto de 2014 | 6:57 am

Fuente: La República

Enero de 2012. En las alturas de Andahuaylas, Flor Gonzales y Josefin Ekermann, sobrina de Augusta La Torre, durante el rodaje del documental que cuenta sus historias.
Enero de 2012. En las alturas de Andahuaylas, Flor Gonzales y Josefin Ekermann, sobrina de Augusta La Torre, durante el rodaje del documental que cuenta sus historias.
Josefin Ekermann nació en Estocolmo y lleva sobre sus espaldas una herencia tan pesada como una cruz: ser la sobrina de Augusta La Torre y sobrina política de Abimael Guzmán, fundadores de Sendero Luminoso. Flor Gonzales sabe que su hermano murió en El Frontón, pero ignora dónde están sus restos y su recuerdo duele como una herida abierta.

Desde orillas opuestas, ambas buscaban respuestas a preguntas que surgieron en la infancia. Mikael Wiström, un cineasta sueco, las convenció de hacer un viaje hacia la verdad. Ese es el eje de “Tempestad en los Andes”, un documental estremecedor que será presentado en el próximo Festival de Cine de Lima. Aquí la historia detrás de cámaras que, literalmente, cambió la vida de sus protagonistas.

En uno de los recuerdos más lejanos que conserva de su infancia, Josefin está en una guardería de Estocolmo pintando una bandera roja. Tiene cuatro años y vincula esa bandera con el Perú. Julio, su padre, le hablará de un país al otro lado del mundo donde un grupo guerrillero inició una revolución en favor de los pobres. Sus tíos también le van a narrar historias de hombres que murieron luchando por ideales. En todos esos relatos no se distingue fronteras entre ficción y realidad. Mitos y parábolas se mezclan con hechos y fechas perfectamente verificables. Una mujer de singular belleza y temperamento es mencionada a menudo como el mayor motivo de orgullo familiar. Su nombre es Augusta La Torre, la hermana de su padre, la esposa de Abimael Guzmán, la “Camarada Norah”, la número dos en la estructura jerárquica de Sendero Luminoso.

En 1988, mientras la vida de Augusta se extinguía en algún lugar del Perú, su sobrina abría los ojos al mundo en un hospital de Estocolmo. En memoria de quien partía la llamaron Josefin Augusta. Llevar el nombre de su tía paterna va a ser un estigma que hoy, 26 años después, la acompaña como una cicatriz sobre la frente.

Josefin contempla una foto en la que ella aparece en 1990, cuando apenas tenía dos años. Una bandera roja le cubre parte de la frente y ella coge un extremo del estandarte. Va sentada en un cochecito durante una manifestación de apoyo a la lucha armada en el Perú. Entonces su familia paterna vivía inmersa en una ola febril de activismo político a favor de Sendero Luminoso. Ella crecería dentro de una burbuja de fervores y verdades inconmovibles. En algún momento de su adolescencia la burbuja estalló. Y esta muchacha empezó a dudar de la historia oficial que se contaba en casa. Su incredulidad desnudó contradicciones y sembró la desconfianza. ¿Cuánto de fantasía contenían las versiones sobre aquella guerra iniciada en el Perú por la tía Augusta? Se lo preguntó muchas veces a su padre y nunca encontró respuestas. La verdad estaba a miles de kilómetros, en un país que despertaría en ella un interés persistente.

VIVIR LEJOS DE LA VERDAD 
Absorta en esa búsqueda, pronto descubrió los documentales de Mikael Wiström, un cineasta sueco obsesionado con el Perú. En 1974 Mikael conoció a dos recicladores en un basural de Chorrillos. Con ellos se fundió en una amistad perdurable. Años más tarde registraría en décadas distintas la historia de Daniel y Natividad Barrientos, esa pareja de migrantes andinos marcados por la extrema pobreza, y en medio de una tenaz lucha por la sobrevivencia. Pocos suecos sabían tanto del Perú como este hombre que admitía haber encontrado en el mundo andino la otra mitad de su vida. Josefin decidió escribirle, le contó quién era y su deseo de conocerlo.

Mikael leyó el mensaje en una cabina pública de Uripa, en Andahuaylas. Una vez a la semana llegaba a este lugar para aprovisionarse de alimentos y revisar su correo personal. Estaba allí para filmar la historia de la familia Gonzales Barbarán. A principios de los ochenta, cuando Sendero inició su escalada violenta, Samuel, el patriarca, le propuso a Claudio, su hijo mayor, irse a estudiar a Lima. No le fue difícil ingresar a La Cantuta; era un muchacho aplicado. Para entonces el miedo se respiraba en Andahuaylas. Militares y senderistas entraban a las comunidades, aterrorizaban a la población y asesinaban a campesinos inocentes. La muerte rondaba a los Gonzales Barbarán cuando Samuel decidió migrar a la capital con la familia a cuestas. Pronto, el largo brazo de la violencia los iba a alcanzar en Lima.

En marzo de 1986 Claudio fue detenido y acusado de pertenecer a Sendero Luminoso. Tres meses después murió en El Frontón, durante el brutal operativo militar que acabó con la vida de 118 reclusos. Flor tenía ocho años cuando su hermano se convirtió en un recuerdo, una sombra que hasta hoy la cubre de dolor y amargura. A su edad no entendía mucho sobre las ideas que Claudio pudo haber abrazado tras su llegada a Lima. Con el tiempo se preguntaría: ¿Por qué lo detuvieron? ¿Militaba en Sendero Luminoso? ¿Qué pruebas tenía la policía para incriminarlo? ¿No merecía acaso un juicio justo? Saber qué pasó con su hermano se convirtió para ella en una asignatura pendiente.

Veinticuatro años después, Flor y su familia estaban otra vez en Andahuaylas convocados –por Mikael Wiström– para reconstruir la historia del hermano ausente. Samuel y Simeona, sus padres, se reunían con viejos amigos del alma. Todos habían formado parte de una vigorosa organización campesina. En julio de 1974 ellos fueron protagonistas de las tomas de tierras. Ocuparon setenta haciendas y expulsaron a los terratenientes. Cientos de imágenes de esa gesta colectiva permanecen en Suecia, un archivo privado. Las captó un joven rubio y melenudo, por entonces cooperante de los Traperos de Emaus. Era Mikael, tenía 24 años y, provisto de una Leica clásica, viajaba de aquí para allá descubriendo el Perú. Después de casi cuarenta años, los campesinos que entonces se movilizaron contra los gamonales lo reconocieron. Y empezaron a reír. Todos estaban más viejos. Era el momento propicio para recordar; Mikael filmaba cada testimonio. Samuel, por ejemplo, evocó la llegada de Augusta La Torre a las comunidades de Andahuaylas. Era una mujer bella y resuelta. Apareció en octubre de 1978 al mando de un puñado de senderistas. Buscaban adoctrinar a la población campesina y reclutar cuadros para el partido. Un año después Augusta volvió para anunciar el inicio de la guerra popular.

UN VIAJE A LA REALIDAD
El mensaje de Josefin que Mikael encontró en la bandeja de su correo lo dejó sorprendido. Ella le había resumido en unas líneas la historia de su familia. Él no salía de su asombro y se dispuso a responderle. Conocía bien la historia de Sendero Luminoso y no imaginaba que podía establecer contacto con la familia en cuya casa nació el grupo maoísta más letal de América Latina. No le reveló dónde se encontraba ni la historia que estaba filmando. Solo le propuso reunirse dos semanas después en un café de Estocolmo.

Josefin estudiaba relaciones internacionales en la Universidad de Leeds, en Gran Bretaña. También llevaba cursos de chino mandarín –un idioma que su tía Augusta sin duda conoció durante su estancia en la China de Mao Tse Tung–. Le interesaba la política, pero solo como tema de estudio. La impresión que dejó fue la de una muchacha sensible y con ideas propias. Mikael entendió que ella no estaba de acuerdo con la defensa que Julio, su padre, hacía de Abimael Guzmán. No quería seguir cargando la cruz que implicaba negar lo que ocurrió en el Perú en los ochenta.

En otro encuentro Mikael le contó detalles del documental basado en Flor y los Gonzales Barbarán. Ellos necesitaban saber la verdad sobre la muerte de Claudio y demostrar su inocencia. Flor compartía ese anhelo con sus padres y hermanos, pero era ella la que mayor determinación mostraba. Josefin lo escuchaba conmovida. Luego le propuso viajar al Perú para conocer a Flor y unir sus historias. Ambas, reflexionó, buscaban respuestas a los enigmas de la infancia. No fue difícil convencerla. Era la invitación que ella estaba esperando.

UN LEGADO FAMILIAR
La aparición de Josefin le dio un giro inesperado al proyecto de Mikael. Decidió incluir su testimonio en el documental. Su historia era tan intensa como la de Flor. Y pensó que si conocía tanto a los Gonzales Barbarán, también debía intentar un acercamiento a la familia La Torre Carrasco, refugiada en Suecia desde los ochenta. No sería fácil, pero algo jugó a favor suyo: los documentales dedicados a Daniel y Natividad, esa pareja de recicladores con los que mantenía una relación entrañable. Julio, el padre de Josefin, también había quedado conmovido con esas historias. Y pasó de la desconfianza inicial al interés por conocer a Mikael. En el primer encuentro fue muy cauto y mantuvo distancia. No quería que su hija viaje al Perú por temor a que descubra la verdad. Aun así, aceptó aparecer en el documental. No solo él, también María, su esposa, y su hija Norah, la hermana menor de Josefin.

Julio había salido de Ayacucho en 1974 para estudiar derecho en la Unión Soviética. De vacaciones en Estocolmo conoció a María, la mujer con la que más tarde se casó. A principios de los ochenta, cuando Sendero Luminoso inició sus acciones armadas, él tomó contacto con sus hermanos y preguntó si debía volver para sumarse a la lucha. Le respondieron que en Suecia podía ser más útil a la causa. Y así fue. Nunca más se planteó regresar. En 1984, Carlos La Torre; su esposa, Delia Carrasco, y seis de sus hijos abandonaron el Perú. Solo Augusta se quedó al lado de Abimael Guzmán.

Mikael también logró convencer a la familia de algo que parecía imposible: hablar con Delia Carrasco. En dos oportunidades entrevistó a la madre del clan en un modesto suburbio de Estocolmo. Delia también dejó de lado los recelos y llegó a la confidencia personal durante estos encuentros. Recordó que mantuvo contacto con Augusta a mediados de los ochenta. Por teléfono o por carta, se enteró de sus desavenencias con Elena Iparraguirre y de pugnas internas que trascendían lo partidario y derivaron en una disputa sentimental. Llamó “bruja” a la adversaria de su hija y añadió que Guzmán “tampoco era un santo”. Algo que también sorprendió a Mikael fue la revelación de las conversaciones telefónicas que ella sostuvo con Guzmán en los primeros años de este siglo.

“Mamá Delia”, como la llaman en casa, siempre ha querido saber cómo murió su hija y dónde fueron sepultados sus restos. Ahora vive para recordarla. De su memoria brotan anécdotas de una infancia feliz en Iribamba, la hacienda que la familia tenía en Huanta, y donde sus hijos crecieron. Animada por las remembranzas, Delia le mostró a Mikael fotografías que nunca antes habían salido del entorno familiar; allí aparecen Augusta y Abimael el 3 de febrero de 1964, el día de su boda.

LA IMAGEN DE AUGUSTA
El recuerdo que se ha construido de Augusta es contradictorio. En principio la describen apasionada, rebelde y algo irreverente, en conflicto con la estamentaria sociedad ayacuchana. Hablaba quechua con solvencia y andaba sola por las comunidades. Pero hay otra imagen de su vida que la muestra sumisa y a lo mejor más próxima a la inherente contradicción que rodea la condición humana. Allí se la ve dominada primero por la influencia de su padre, Carlos La Torre, un dirigente del partido comunista, de tendencia moscovita, y más tarde abducida por la personalidad autoritaria y patriarcal de su profesor de filosofía, Abimael Guzmán. Habrá quien la recuerde, poco después de casarse, caminando detrás de su esposo por las calles de Huamanga.

Augusta La Torre Carrasco y Claudio Gonzales Barbarán son dos nombres que unen y separan a las protagonistas de esta historia. Josefin vino al Perú para saber por qué el sueño de redención colectiva de su tía paterna terminó transformado en una torva y sanguinaria pesadilla. Flor solo podrá encontrar algo de sosiego si el Estado que asesinó a su hermano es capaz de reconocer su condición de víctima y revela el lugar donde están sus restos. Las dos buscan respuestas y no se cansan de preguntar. Pero el destino de Augusta y Claudio también abre un abismo. Ella era hija de un hombre pudiente, un hacendado comunista; él era hijo de un campesino pobre que luchaba por la tierra. Augusta inició una guerra que costó miles de vidas; Claudio fue una de sus víctimas.

DOLOROSA LIBERACIÓN
En “Tempestad en los Andes”, el documental de Mikael Wiström que se proyectará en el Festival de Cine de Lima, se muestra la llegada de Josefin al Perú y su encuentro con Flor y su familia en un barrio del ex fundo Bocanegra, en el Callao. Fue un episodio áspero. Flor hubiese preferido no conocerla. Le recuerda su pertenencia a una familia asociada a la ola de violencia que tanto daño les hizo. Josefin buscará una explicación: no ha viajado miles de kilómetros para defender una causa en la que no cree; está aquí para descubrir lo que le ocultaron. A partir de este momento, cada puerta que ella abra hacia la verdad será un ejercicio doloroso, pero al mismo tiempo liberador.

Con la distancia instalada desde el primer encuentro, ambas iniciarán una travesía por Ayacucho, Apurímac y Huancavelica. Flor llegará hasta El Frontón para recordar a Claudio. Josefin hablará con los que conocieron a Augusta. Las dos, a su momento, harán preguntas incómodas. Van a desenterrar el pasado para explicar el contexto social que desató la barbarie. El viaje las llevará así de una verdad a otra, despejará sombras y les permitirá finalmente reconciliarse.

Josefin se graduó este año con una tesis sobre el rol de las mujeres en Sendero Luminoso. Ha vuelto a Suecia y vive con sus padres. La relación con ellos es diplomática, pero tensa. Tiene prohibido visitar a “Mamá Delia”. Flor enseña inglés en un colegio secundario del Callao. Y Samuel, su padre, volvió a las comunidades de Andahuaylas donde transcurrieron los mejores años de su vida.

Luego de dar su testimonio para el documental, Julio cambió de opinión y exigió que no se incluyan sus declaraciones; esta era una potestad que ya había sido acordada con Mikael. En el fondo, su intención, y la de sus hermanos, ha sido impedir que la película se difunda. En el último año ellos han ejercido presiones de manera sostenida. Primero buscaron a los directivos de la televisión sueca y pidieron cancelar la producción. Luego un abogado, que resultó ser sobrino de la difunta Augusta, le advirtió a Mikael que debía cuidarse mucho dado que estaba difamando a su familia.

En blogs y páginas webs Mikael ha sido acusado de ser agente de la CIA, traficar con la memoria de Augusta, tergiversar los hechos de su vida y enlodar su imagen y recuerdo. “Tempestad en los Andes” será estrenada en Lima el próximo miércoles 13 de agosto. Josefin no podrá estar presente, pero Flor sí estará en primera fila.

(*) Periodista y docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

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