Somos la generación Cero. Silvia Blanco. El País-Domingo de 29/03/09

REPORTAJE: GENERACIÓN CERO

Somos la generación Cero

Tienen menos de 30 años. Pero están condenados a seguir formándose, a vivir con sus padres aún más tiempo y a esperar. Porque terminan sus estudios en plena crisis. Y sin oportunidades

SILVIA BLANCO 29/03/2009

Una de las primeras cosas en las que se fija un seleccionador de personal tras escudriñar un currículum vitae es en los huecos. En los periodos en blanco, interrumpidos. En lo que no se ha contado de esa más o menos organizada relación de diplomas, títulos, cursos y cargos encabezada por una foto. Si los encuentra, en algún momento de la entrevista preguntará al candidato: “¿y aquí qué pasó?”.

Para miles de jóvenes -al menos, 200.000 personas buscan su primer empleo en España-, lo que pasó empezó mientras se consumía, lentamente, el verano de 2008. Entonces, los universitarios hicieron sus últimos exámenes de la carrera, los graduados en FP obtuvieron sus títulos, los becarios recibieron su palmadita en la espalda. Ellos, junto a los que en unos meses acabarán su formación, podrán dar al entrevistador esta, aunque exacta, improbable respuesta: “Hubo una contracción mundial del crédito interbancario. En apenas seis meses, las empresas dejaron de pagar a sus proveedores. Los proveedores y las empresas dejaron de pagar a sus empleados. Se alcanzó la cifra de 3,5 millones de parados; un tercio de ellos, jóvenes. Sin saberlo, yo formé parte de una generación cero, no por perder mi puesto; simplemente, no pude empezar a trabajar”.

Jorge Sánchez llega en su bici. Vive en Madrid, tiene 29 años y terminó Arquitectura en mayo de 2008. Los licenciados en esta carrera llevaban tiempo desafiando aquello de que los comienzos siempre son difíciles. Por muy burbuja, o delirante, o insostenible que fuera el crecimiento urbanístico español, lo cierto es que seguía engullendo promociones enteras de arquitectos año tras año. Ahora no. “En nueve meses no me han llamado de ningún sitio, cuando hasta hace poco era terminar, chasquear los dedos y tener ofertas”, cuenta perplejo. “Vivo con los ingresos de mi novia y he mandado solicitudes a todos los estudios, constructoras, organizaciones de voluntariado… incluso para trabajar en Dubai, Marruecos, China, Rumania, Argelia… y nada”.

Jorge no tiene sólo un título. Dilató sus estudios -la media son siete años, él acabó en 10- para poder vivir un año en Marruecos mientras hacía el proyecto; estuvo seis meses becado en el Illinois Institute of Technology de Chicago; ganó un concurso en la Bienal Iberoamericana; ayudó a instalar programas de ordenador durante un mes en Australia. Eso también es formación. Y hablar inglés y francés. Y ser inquieto. Y participar en programas de desarrollo sostenible con asociaciones de barrio. Pero al mercado le da igual. Comparte la sensación de incredulidad con Bárbara Aguado-Muñoz, también arquitecta, de 27 años. “Ha sido una sorpresa brutal”, cuenta ella. “Dejé pasar el verano, confiada en que en un mes como máximo encontraría algo. Pero lo que encontré fue una gran escasez de ofertas, con 300 candidatos para cada una. Me he planteado opositar, pero no salen plazas. Parezco la chica de los cursos. He hecho cinco en seis meses, gratuitos, claro, porque no tengo un euro. Busqué para trabajar con ONG en reconstrucción tras desastres naturales y proyectos, y tampoco. Y en todas partes te piden tres años de experiencia, que no tenemos. Además, para esos puestos ahora compites con gente que tiene 10 años de trabajo, porque lo han perdido”.

España es el país de la Unión Europea con mayor número de jóvenes en paro. El último dato oficial, el que proporciona el Instituto Nacional de Estadística (INE), es de octubre a diciembre de 2008. En ese momento ya había 1.206.000 menores de 30 años desempleados, con una tasa del 22,17%. En el caso de menores de 25, que es la horquilla de edad que Eurostat (la agencia estadística europea) utiliza para hablar de paro juvenil, la tasa era del 30,4% en enero. El porcentaje alcanzará el 31,5% ahora en marzo, y para el segundo trimestre de 2009, el 33,2%. Ésta es una proyección del IESE-Adecco, pero la mayoría coincide en que el panorama es así de crudo. El problema es que ahora mismo, lo que más preocupa ya no es cobrar los 762 euros al mes brutos que la Agencia Nacional de Evaluación de Calidad y Acreditación (ANECA) estima que percibe de media un recién titulado; preocupa que ni siquiera vaya a haber la oportunidad de ser el becario del becario. “No va a haber reactivación hasta 2011 o 2012. Los jóvenes ya acusan el problema de la temporalidad y de los bajos sueldos. Pero este año no va a haber puestos de trabajo precarios; es que no va a haber”, pronostica José Ramón Pin, experto del IESE.

María José Almarcha se levanta todos los días a las nueve. Tiene 25 años. Con la taza de café aún en la mano, enciende el ordenador e inicia el meticuloso ritual que ocupa sus mañanas desde que acabó la licenciatura en Matemáticas en noviembre. “Tu nueva vida te espera”, dice en un portal de empleo. Clic. Buscar puestos: por comunidad autónoma: Madrid (849). Clic. Sin experiencia (94). Con experiencia (438). Va a ser sin experiencia. Clic. Licenciados o ingenieros (6). Clic. “Hasta las 11.30 me dedico a entrar en todas las páginas de ETT y de trabajo que existen. Luego miro en las de cada comunidad autónoma por si sale una bolsa de trabajo o se ofrece algún puesto de profesora, de programadora, de lo que sea. Incluso veo la de AENA, para controlador aéreo, o la del ICEX, para becas de comercio en el extranjero. Resolución por aquí, solicitud por allá… es para volverse loca, no hay un servicio público centralizado, hay que ir mirando casi pueblo a pueblo”, critica. “Además, cuando ya llevas tiempo, como yo, casi te las aprendes. Aunque ponga que hay 43 puestos en una categoría, en realidad llevan meses ahí. A la semana salen una o dos nuevas como mucho”.

Cero empleo, cero perspectivas. Hace cuatro meses, María José vivía en un piso con otras estudiantes en Alicante y estaba a punto de acabar una carrera con buenas expectativas de empleo. “Es dura, cuesta mucho esfuerzo, pero puedes trabajar en un banco, o en optimizar recursos para grandes empresas, la rama de programación… ofrece versatilidad”, cuenta. Ella es la primera licenciada de su familia. Y lo último que se le pasaba por la cabeza entonces era que, en vez de iniciar su vida profesional, se vería a sí misma pidiéndole 20 euros a su madre para salir un sábado. Aún hoy lo encuentra “ridículo”. “En poco tiempo cambian tus esperanzas y tus opciones de futuro. Desde que empezó la recesión no sólo no contratan, sino que despiden. Lo que más me agobia es la incertidumbre. ¿Hasta cuándo va a durar esto? ¿Un año, dos, dependiendo de mis padres? ¿Renunciando a irme de vacaciones con mis amigos este verano a Ámsterdam? No sé”.

Es mediodía. Empieza la primavera. En medio de la calle, un grupo de chavales celebra algo entre risas y una litrona de cerveza colectiva. “¡Nosotros nos vamos de España!”, responden dos de ellos cuando se les pregunta de qué va la fiesta. Hace diez minutos que Cristina Blanco, de 20 años, y su novio, Samuel Sesén, de 25, han terminado sus estudios -FP de grado superior- de fotografía en la Escuela de Arte 10, en Madrid. Samuel explica su renovada y personal versión de Vente a Alemania, Pepe: “Me fui a Hamburgo el 15 de diciembre. La idea era llevar mi book por varias empresas, y allí, a la primera, me contrataron. Voy a cobrar 500 euros a la semana, algo impensable aquí. Antes de Alemania me pateé todas las agencias de publicidad donde pudieran necesitar fotógrafos, he visto todas las ofertas en Internet. Aquí no hay proyección, no se apuesta por la ambición y el talento”, comenta. Cristina no va a trabajar como fotógrafa. Ella no habla alemán, como su novio. Pero está convencida de que en Hamburgo va a tener más oportunidades. “Allí ya tengo empleo y me dan cursos gratis de alemán. Voy a trabajar en un hotel. Aquí te pedirían un máster hasta para hacer camas. El trabajo me lo encontró otra española, una mujer que emigró allí por otra crisis, en los setenta. Es bonito, ¿no?”, dice.

“La economía del conocimiento se plasma en las personas”. Esto es un aula. Pequeña: mesa, tarima y un montón de sillas con reposabrazos para escribir. Al otro lado de la mesa escucha una treintena de chicas. Él, el que habla, es Javier Morales, responsable de proyectos de la Fundación de la Universidad Politécnica de Madrid. Un ingeniero que conoce las exigencias de un mercado global. Ellas son menores de 28 años y tienen poca o ninguna experiencia laboral. Asisten a un programa extraordinario de orientación para el empleo. Extraordinario porque es la primera vez que se pone en marcha específicamente para ingenieras superiores o arquitectas. “Estamos desbordados. La previsión era atender a unas 300 chicas. Pero en sólo 18 días, entre el 22 de enero y el 11 de febrero, se apuntaron 124 más”, comenta más tarde Morales. “Los que salen de carreras técnicas no se plantean el paro, y es dramático, porque no lo entienden: han hecho los deberes, han terminado una carrera larga en la que han invertido muchos años”, agrega.

Vanesa Iino, de 26 años, es una de las asistentes. Terminó hace cuatro meses, en diciembre, cuando la desaceleración era ya toda una recesión. “No estaba desanimada, los compañeros que se habían licenciado en septiembre se iban colocando, pero sólo hay puestos en los que te piden tres años como mínimo de experiencia. ¿Cómo lo voy a hacer? Ahora he conseguido un empleo como gestora telefónica: llamo a morosos. La gente de mi entorno se sorprende, y me dice: ‘¿Una ingeniera química trabajando de telefonista?’. Así puedo ahorrar para hacer un máster en energías renovables y estudiar idiomas por las mañanas, para completar currículo”, explica.

Puede que a algunas ramas de ingenieros, como los industriales, la precariedad del mercado laboral juvenil no les haya estado afectando demasiado antes de la crisis. Pero en otras carreras, más que sorpresa hay resignación. Aída López, de 22 años, es estudiante de quinto curso de Periodismo en la Universidad Complutense. En enero estaba en su última semana de prácticas después de seis meses en un periódico digital. Descubrió que aquello le gustaba, que estaba aprendiendo. Días después, ADN.es cerró. A la calle. “Ni el jefe lo sabía, porque me había ofrecido renovar”, cuenta. Éste fue su primer contacto con el mundo laboral, trabajaba cinco horas diarias por 300 euros mensuales. Ella había decidido rechazar la continuidad en la empresa para poder terminar la carrera sin agobios, antes de saber que, una vez se licenciara, esa posible puerta abierta, “porque ya te conocen”, iba a acabar en un portazo.

Una lógica perversa del sistema llevaría a pensar que, en época de brutal destrucción de empleo, los jóvenes sin experiencia constituyen una mano de obra muy barata y cualificada. Esto funciona así sólo en parte. “Junto a los mayores de 55 años, quienes buscan ahora su primer empleo son los más afectados por la crisis”, afirma María Benjumea, directora de Infoempleo. “Aunque no hay parálisis, se contrata lo mínimo posible. Y lo que se busca es productividad. A los jóvenes hay que enseñarles, pasa un buen tiempo hasta que empiezas a ser rentable”.

Hace un mes hubo una feria del empleo para estudiantes y graduados de formación profesional. Sólo en el primer día, hubo 15.000 visitantes; el año pasado, en los dos días, 16.000. Las empresas han hecho lo contrario, han acudido 70 en vez del centenar del año anterior, y han reducido el número de ofertas.

David Toro, de 19 años, es uno de los miles de chavales que peregrinaban con su currículo por una inmensa sala habitada por stands, rebosantes de lemas como “Queremos gente como tú” y toda variante de futuros, porvenires y mañanas. Está a punto de acabar el grado superior de Administración y Finanzas. “Esto de la crisis lo veía como algo lejano, pero ahora no hacen más que decirme que gracias por venir, que estoy en su base de datos, que más adelante ya se verá y, como mucho, que igual me llaman para un pico de trabajo, para ayudar los fines de semana”, explica mientras hace cola para que apilen su currículo en un stand. Él es un pragmático, casi un optimista: “Bien mirado, mejor que mi primera crisis me pille ahora, que vivo con mis padres y no pago piso ni coche”. Está haciendo prácticas en unos grandes almacenes, “una oportunidad”, dice. Marta Tejero, de la misma edad, está decepcionada. Ha estudiado para ser auxiliar de farmacia, y acabó “en diciembre, en plena crisis”. “Nos lo pintaron muy bonito, nos dijeron que había muchas salidas, pero ahora veo que no. Así que casi he dejado de buscar de lo mío, y miro de todo, camarera o lo que sea, pero nada. Si el año que viene sigo igual, me pongo a estudiar otra cosa”, cuenta.

La opción de Marta es el gran plan B de toda una generación. La formación se ha convertido en una trinchera que permite evitar el temido socavón en el currículo mientras ahí fuera se refunda el capitalismo. Por eso se ha duplicado el interés por acceder a una carrera universitaria, según datos de Emagister, uno de los principales portales de formación de la Red en España. O en los posgrados, cuya demanda ha subido un 25%, la mayoría de ellos solicitados por recién titulados, con poco más de veinte años.

Como Marta, María José y todos los demás que se plantean seguir estudiando pueden hacerlo porque su familia les apoya. Porque María José depende de sus padres, excepto los 200 o 300 euros que consigue dando clases particulares a niños para sus gastos. Pero otros no van a poder. Porque uno de los efectos de la crisis es que ahondará en las desigualdades sociales. Ya era una tendencia el año pasado que “los hijos de las familias de clases acomodadas, si el mercado no les ofrece unas buenas condiciones laborales, prefieren seguir estudiando. Además tienen contactos, redes de conocidos que les pueden ayudar, y esto sigue siendo muy importante”, explica la socióloga Almudena Moreno, coautora del informe Juventud 2008. Un dato de ese estudio: sólo el 8,4% de los hijos de padres sin formación universitaria accede a la Universidad.

-¿Qué tal ha ido hoy?

-Pues me he inscrito en 16 ofertas de trabajo. No me llaman nunca, pero en fin.

-Bueno, paciencia. Iremos tirando. Si hemos salido adelante cuando sólo trabajaba tu padre, ahora con los dos irá mejor. Tú sigue intentándolo.

Ésta es una de las conversaciones estelares en casa de María José a la hora de cenar. Y se repite en la familia de Bárbara, la arquitecta: “A veces te dicen: ‘¿pero estás buscando, haces lo suficiente?’, y otras te comprenden y te apoyan, porque ven lo que hay”. O en la de Jorge, el arquitecto: “Los padres están como si volvieras a tener 10 años, en plan ‘algo saldrá, hijo, no te preocupes”.

En España, la idea de emancipación tiene más que ver con colocarse que con iniciar un proyecto vital de forma autónoma como sí ocurre en los países nórdicos. La crisis va a reforzar la independencia tardía. “Los hijos de clases acomodadas estudian más, se preparan para salir y crean un hogar dentro del hogar. Los demás adelantan las decisiones y se van de casa muy pronto. En una crisis, los que pueden se quedan, pero es que pueden porque la casa es más grande, tienen dos baños, una habitación propia, ADSL. En cambio, en casas más pequeñas hay más conflictos y se sale antes”, explica Andreu López, coordinador del informe Juventud 2008.

Muchos no han salido. Pero otros están teniendo que volver a casa. Marta Orihuel, de 24 años, es licenciada en Ciencias Ambientales. El año pasado hizo un máster en Bilbao en cooperación internacional. Al acabar, en noviembre, quería quedarse allí y trabajar. “La crisis me ha machacado, porque mis padres me tienen que pagar ahora el crédito que pedí del máster. Entre vivir allí un año y el precio del curso son más de 10.000 euros. He vuelto a casa, a Madrid, para no gastar más que lo justo”. No es derrochadora. Se mueve en bici, cena y come en casa, va a fiestas en casas en vez de a discotecas. “Quiero emanciparme poco a poco y estoy en una cooperativa apostando por el autoempleo, aunque aún no es rentable. Me niego a entrar en la rueda de ‘consigo un trabajo, pago una hipoteca, un coche,tengo hijos y 30 días de vacaciones’. Y si eso es lo que está en crisis con esta crisis, pues bienvenida sea”.

La previsión es que en 2011 la economía mundial comience a recuperarse. Para entonces, los recién titulados de ahora, o los que van a serlo este año, sabrán mucho de flexibilidad. Tendrán unos cuantos cursos, másteres y posgrados más. Habrán vivido más tiempo con sus padres. Puede que hayan cambiado sus hábitos de consumo. El objetivo final de una entrevista de trabajo es saber quién hay detrás de ese currículo. Está por ver cómo responderán esos miles de jóvenes a aquello de “¿y aquí qué pasó?”. Ya no será su primera crisis. Al menos en eso tendrán experiencia. –

España tiene el desempleo juvenil más elevado de la Unión Europea

 

La letanía de males que aquejan a quien busca su primer empleo, incluso en época de crecimiento económico, no es nueva: salarios mínimos, relaciones laborales disfrazadas de becas, sobrecualificación y contratos provisionales (un 50,8% entre los menores de 30 años, según el Observatorio de Empleo del Consejo de la Juventud). Pero la crisis lo va a agravar. Los que acaben este año se van a encontrar con la herencia, gestada en los últimos diez años, de “un mercado totalmente desregularizado, en el que sí, se ha generado mucho empleo, pero sin valor añadido. Los jóvenes están en puestos de trabajo muy baratos, son los más vulnerables y sustituibles por otras personas. Muchos están en categorías inferiores aunque asuman responsabilidad y cubran puestos de trabajo estructurales”, dice Pilar Duce, secretaria de Juventud de UGT. Además, se derrocha talento. “El desajuste entre la formación de los jóvenes y el primer empleo es muy alto, no se aprovecha la inversión educativa para el mercado y crea frustración”, comenta Almudena Moreno, coautora del informe Juventud 2008. En el resto de Europa, la situación también es preocupante. En Reino Unido, el Gobierno se propone rescatar, junto a los bancos, a los licenciados de 2009. Ha creado un fondo específico de 149,23 millones de euros para crear puestos de prácticas. En España, el director del Injuve, Gabriel Alconchel, destaca que se ha aumentado la cuantía destinada a becas en un 6%, se ha reformado la FP y se ha ampliado la red de oficinas de empleo y emancipación joven. Porque el paro juvenil “es una de las principales preocupaciones del Gobierno”.

 

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